Exposiciones
Manuel Pérez, pintor: "Si me emociona, si me dice algo, si cambia algo en mí, eso es arte; si no, me aburre"
El pintor murciano expone El Árbol del Faro este viernes en la galería Bisel de Cartagena, y El Árbol el sábado en la galería La Luz de Murcia

Manuel Pérez, junto a dos de sus obras / Israel Sánchez
Nacido en Murcia en 1976, Manuel Pérez se formó como pintor en la Escuela de Arte de Murcia con Dionisio Paje y aprendió el oficio junto a Manolo Belzunce. Con su primera exposición individual a los 16 años y más de una decena de premios antes de cumplir los 25, lleva treinta años construyendo una obra que ha pasado por Shanghái, Nueva York, Roma, Chicago, Washington y Miami. Esta semana inaugura dos exposiciones casi simultáneas: El Árbol del Faro el viernes en la galería Bisel de Cartagena, y El Árbol el sábado en la galería La Luz de Murcia.
Esta semana inaugura dos exposiciones casi simultáneas: El Árbol del Faro en Bisel, Cartagena, y El Árbol en La Luz, Murcia. El árbol aparece en los dos títulos. ¿Qué es el árbol para usted en este momento?
Forman parte de la misma serie en la que estoy trabajando estos meses. Siempre me ha interesado el bosque, pero me apetecía centrarme en el árbol como individuo, como identidad, como símbolo de la vida. Supongo que estoy en una época de madurez y la pintura es una herramienta de autoconocimiento. Estoy en una época de incertidumbre, de adversidades, y son árboles que se resisten a los embates de la vida: la climatología adversa, el aire, la nieve. Árboles que se doblegan, pero para seguir vivos. Es un símbolo de resiliencia y de ganas de vivir.
¿Las dos exposiciones se necesitan mutuamente o cada una tiene identidad propia?
Es como cuando en un parto nacen gemelos o mellizos. Por separado tienen identidad propia, pero forman parte de un conjunto. En El Árbol del Faro hay un árbol doblegado por el viento, un pájaro, una silla aparentemente usada hace poco. Hay referencia a lo humano y a la naturaleza, una especie de literatura dentro de cada cuadro. Luego hay tres árboles como si dialogaran en grupo, una palmera agitada, el mar de fondo. Y el faro como símbolo de dirección, de referencia, de luz que está ahí. Son hijos distintos de la misma idea.
Se formó con el escultor Dionisio Paje y con Manolo Belzunce. ¿Qué le dejó cada uno que el otro no podía darle?
Con 11 años, en el estudio de Dionisio, el escultor me enseñó a pintar. Y Belzunce fue mi maestro espiritual: me enseñó el oficio, pero no solo el técnico, sino cómo funcionar como artista en la vida, cómo vivir del trabajo. Era como los griegos que iban al templo a contactar con los dioses y hacer preguntas. Me daba consejos sabios y vitales sobre cómo dedicarse a esto plenamente. Son dos enseñanzas que no se solapan: una te da la mano, la otra te da el camino.
En estos tiempos de guerra es más necesaria que nunca la obra artística
Su primera exposición individual fue con 16 años. ¿Qué pintaba entonces y qué queda de ese chico en lo que hace ahora?
La vida pasa y todo es un suspiro, pero tengo la misma energía y las mismas ganas de intentar pintar bien. Esa tensión que uno se provoca, de superarte a ti mismo, de explorar nuevos horizontes: la exigencia, la duda, la incertidumbre. Es lo que me impulsa, lo que hace que no me aburra. Lo que me mantiene con ganas de levantarme todos los días y seguir trabajando.
Después vinieron más de once premios antes de los 25 años. ¿Empuja o agobia?
Para nada me agobiaba, porque yo nunca he pintado para eso. Para mí el premio es mejorar un poco todos los días y mantener viva la llama. Provengo de una generación con mucho talento: fue una coincidencia donde grandes artistas estuvimos trabajando a la vez. Y con 20 años yo ya llevaba diez trabajando con seriedad, tenía una madurez que a lo mejor compañeros míos no tenían tanto. Los premios ayudan porque te abren a un público. Pero a nivel personal nunca me ha subido.
Le he leído que el color es su motivación y que su concepto de la pintura es rigurosamente abstracto. Pero pinta flores, árboles, retratos, parejas besándose. ¿Cómo se concilia eso?
La pintura en sí misma, el concepto, es abstracto, profundo, existencial, sea figurativa o no. Lo importante es el concepto. Yo soy una persona muy emocional y las emociones tienen que ver con el color, con la gama cromática. Eso se traduce en mi personalidad y mi manera de sentir. El tema es una excusa: lo que importa es lo que hay debajo.
¿Se puede alcanzar la belleza cuando algo ha nacido de algo feo, del conflicto o del desastre?
El conflicto es inherente al artista. Puede ser un desastre y ser bellísimo, puede causar inquietud y sin embargo el resultado tiene paz. Al fin y al cabo el arte es sanatorio y terapéutico, para el artista y para las personas que lo ven. Un árbol doblado por el viento puede transmitir belleza y esperanza. Es necesario que haya esa tensión para que la obra enganche, para que cuente algo.
Una exposición me cambió la vida, por eso me dedico a esto
Trabaja principalmente con acrílico porque permite inmediatez. ¿Qué pierde con esa inmediatez?
El acrílico es una pintura materialmente como muerta. Las pinturas al óleo son correosas y están vivas. En el acrílico la vida se la tiene que dar el artista: a través del movimiento, de la parte gestual. Pero la inmediatez tiene doble filo: si lo tienes que solucionar en tres toques, tienen que ser tres toques muy precisos. Lo que ganas por un lado lo pierdes en otro. Aquí estoy peleando con el acrílico y el resultado ya lo verá la gente.
Su obra ha pasado por Shanghái, Nueva York, Roma, Chicago, Washington. ¿Cómo se lee desde fuera la pintura de alguien que viene de Murcia?
Gusta mucho. La gente me identifica: dicen que tengo un lenguaje personal y que los temas conectan. Creo que es porque soy sincero en lo que hago, no trabajo tanto para los demás como para mí. Hay un equilibrio y funciona. Es también lo que me permite vivir.
Más de treinta exposiciones individuales en treinta años. ¿Hay alguna de la que haya aprendido más precisamente porque no funcionó?
Se aprende de todo. Sería mezquino y soberbio por mi parte no ser permeable a la realidad que me rodea, a la crítica, a la visión del espectador. Es muy positivo cuando hay una crítica constructiva, desde el cariño y desde la confianza, tanto de gente entendida como de gente que no está asociada al arte. Siempre ando con el oído puesto para aprender.
El arte se percibe a veces como elitista. ¿Cómo se acerca a la gente que no está habituada?
Trabajando. Haciendo exposiciones. Y luego la labor del periodista, del político: son los altavoces que facilitan la conexión. Hay veces que una exposición te puede cambiar la vida. A mí me cambió la vida. De hecho me dedico a esto. Estamos en tiempos de guerra y hoy más que nunca es necesaria la obra artística. Son cosas que no hacen daño a nadie y al contrario nos hacen crecer, nos humanizan.
¿La pintura es para usted una herramienta de autoconocimiento?
Se trata de ser lo más íntimo posible, lo más yo posible. Cuanto más desnudo, mejor, porque de eso se trata: de comunicar lo más profundo que uno porta dentro. Para mí tiene que haber una emoción primitiva y genuina. Si me emociona, si me dice algo, si cambia algo en mí, eso es arte. Si no, me aburre.
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