Entrevista
Karina Sainz Borgo: "De nada vale escribir con furia si no la conduces a un lugar literario con valor"
Voz de la narrativa latinoamericana desde ‘La hija de la española’, acude a Murcia a punto de estrenarse en España una adaptación al cine y su novela ‘Nazarena’

La periodista y escritora venezolana Karina Sainz Borgo. / Diego Lafuente
A Karina Sainz Borgo (Caracas, 1982) le hubiera gustado vivir las revoluciones culturales del Mayo del 68 y la Primavera de Praga. Pero, inmediatamente, se dice: "Todo eso era un juego de niños respecto a lo que está pasando globalmente". Quizá por ello escribe con furia. La misma que necesitó para dar una bocanada de libertad dejando atrás Venezuela.
La escritora, periodista cultural y articulista de ABC, visita este martes, a las 19 horas, a su amigo catedrático de la Universidad de Murcia, crítico literario y académico correspondiente en la RAE, José María Pozuelo Yvancos, en el ciclo Voces de la literatura de la Fundación Cajamurcia, con entrada libre hasta completar aforo.
Acaba de estrenarse en América Aún es de noche en Caracas —"Que espero, que Dios bendiga a los productores, llegue a España a finales de marzo", implora al otro lado del teléfono desde su casa, invadida por su propio desorden de libros—, la adaptación al cine de su primera novela. La hija de la española (Lumen) la catapultó en 2019 con gran éxito de crítica, la traducción a más de una treintena de idiomas y el premio Grand Prix de l’Heroïne Madame Figaro. Colabora en la revista digital Zenda —fundada, entre otros, por Arturo Pérez-Reverte— y Onda Cero. En 2023 ganó el Premio de Periodismo David Gistau. Después llegaron El tercer país (Lumen) en 2021 y La isla del doctor Schubert (Lumen), en 2023. El 12 de febrero publica Nazarena (Alfaguara): "Es la novela para marcar un antes y un después en mi propio trabajo", asegura. Sobre literatura, el futuro de Venezuela y la polarización cultural habla una de las voces de la narrativa latinoamericana actual.
El ciclo lo conduce José María Pozuelo Yvancos. ¿Qué comparten entre los dos?
Es una relación muy hermosa. Una relación entre lectores. Pozuelo es, primero, una voz y una referencia en la crítica literaria y, además, en la del periódico donde yo trabajo. Así que lo hace ineludible. Pero también tenemos afectos en común. Siento una devoción inmensa por la obra de Javier Marías y él también, así que creo que de alguna manera también nos acercó.
La nueva novela comienza así: "Me llamo Nazarena, barro los patios durante la noche y maté a mi madre a dentelladas". ¿Dónde mete al lector desde esta primera línea?
Nazarena es un personaje, una voz. La séptima de ocho hermanas que viven en un pueblo de finales del siglo XIX del Caribe. Podría ser Venezuela, pero también otro lugar. Nazarena está loca, está enferma. Tiene una serie de manías, psicosis y traumas por una dinámica familiar que es tremendamente violenta entre las hermanas.
En 'Nazarena’ hay muchísimo sexo porque también hay muchísima más muerte
Ella nos está contando una historia de la que no nos podemos fiar del todo. Pasan cosas que parecen extraordinarias y mágicas, pero, insisto, nos las está contando alguien que no está bien de la cabeza y que ha sufrido una pérdida inmensa. Aparecen personajes, por ejemplo, de La hija de la española como una especie de juego.
La familia articula toda la trama, pero ha estado siempre presente en su obra. ¿Una obsesión?
Me gustan las historias familiares porque casi todas son historias políticas. Para esta novela me preparé muchísimo. Fue un proceso de leer y estudiar de manera consciente las sagas familiares. Desde Los Buddenbrook, que creo que me la leí, de verdad y sin mentirte, como unas tres veces [de casi 900 páginas], Los Malavoglia, Cien años de soledad. Trabajé también mucho a Lorca y no solo La casa de Bernarda Alba, con la que el lector identificará pequeños homenajes. Las mujeres de Lorca me parece que tienen una furia muy parecida a las del Caribe.
Respecto a sus otras novelas, ¿a dónde la ha llevado esta escritura?
Voy a decirte que me ha rescatado de un lugar en el que no me estaba gustando cómo escribía. Me ha rescatado. Ha sido un gimnasio. Estaba entrando en una especie de páramo en el que formalmente me movía siempre en unas claves de ‘thriller’ con las que no estaba contenta. Porque el ‘thriller’ es una cosa muy seria.
Nazarena, digamos, es además producto de un experimento anterior, La isla del doctor Schubert, con el que creo que todo el mundo debió pensar que me volví loca. No te diré que es fantasía porque no me lo parece, pero sí me parece que es una escritura que juega mucho más a la oscuridad, a lo irracional, a la violencia... Es más compleja. O por lo menos para mí es un ejercicio literario consciente.
¿Es la misma escritora que en La hija de la española o pesa el rotundo éxito de crítica que obtuvo?
A mí me gustaría que siguiese siendo la misma persona furiosa que escribe, porque mis libros tienen algo de furia, tienen un punto de furia. Solamente me gustaría domesticar esa furia, aprender a domarla y que me obedezca. De nada vale escribir furiosamente si no conduces esa furia a un lugar literario con valor.
En las tres novelas anteriores solo había muerte. Había mucha muerte. En esta hay muchísimo sexo. También porque hay mucha más muerte. Entonces hay como un carnaval. Es una novela muy intensa y, claro, esa intensidad requiere mucho trabajo. La novela es un purgatorio, como el de La Divina Comedia. Todo el mundo está intentando salvarse.
¿Es realismo mágico?
Yo no puedo decirle al lector esto sí o esto no. Es cierto que he crecido en una sensibilidad de la oralidad, de la cultura oral. Me recuerda mucho a lo que le pasaba a David Uclés en La península de las casas vacías. Cuando yo leí ese libro, por supuesto que hay muchas cosas que parecen fantásticas, pero también son muchas cosas del relato oral. El relato tiende a la hipérbole, a la leyenda, a si fue, mas nunca volvió... A mí me fascina escribir en esa clave. Creo que lo que realmente define esta novela es un viaje violento y bello.
De lo que también hablará es de Aún es de noche en Caracas, la adaptación de su primera novela. ¿Qué le ha parecido?
Siempre me regañan cuando digo esto, pero a mí me parece que la película es mejor que el libro. Mariana Rondón y Marite Ugaz, las dos directoras, reescribieron una serie de cosas en el libro que le dan mucha más fuerza. La película es infinitamente más política. Es muy, muy política. Una denuncia muy fuerte porque Adelaida Falcón realmente de lo que está hablando es de la historia de una persona que sobrevive. Entonces, claro, la gente se ve retratada en un espejo bastante feo. Y eso genera una especie de catarsis.
Una catarsis que ya están atravesando en Venezuela. El anuncio de una amnistía general para los presos políticos, ¿revive su esperanza de cambio?
Lo miro con prudencia. Pero si hay algo en lo que yo me sentí reparada escuchando las declaraciones de la representante del régimen dictatorial puesta allí para una transición (se niega a dirigirse a Delcy Rodríguez como presidenta), es cuando ella abarca el proceso de violencia política desde 1999. Admitís que habéis perseguido a todas las personas que se oponían a vosotros. Y eso me dio una sensación de satisfacción. Una satisfacción muy profunda.
No veo a Delcy Rodríguez como a Adolfo Suárez; a Marco Rubio le faltan lecturas
Ahora bien, si ella quiere cerrar El Helicoide (la mayor cárcel y centro de torturas de presos políticos en el país), con lo que no estoy de acuerdo es que eso se cierre como si no hubiese pasado. Al contrario. Lo que quisiera es que las mismas comisiones de derechos humanos que fueron expulsadas de Venezuela y amenazadas pudieran documentarlo y que nos pudiéramos enterar de lo que les hacían a la gente ahí dentro. Que eran cosas horrorosas.
¿Y qué tiene la novela para narrar todo ello y no otro género?
En el caso específico venezolano, parece que la novela actúa como un dispositivo mucho más efectivo al momento de transmitir el colapso. Para nosotros, los lectores en general, resultan mucho más vívidos, mucho más cercanos y mucho más humanos los mecanismos de la ficción. La realidad es tan cambiante, tan agresiva, tan difícil, incluso de obtener datos. Ese tipo de cosas son muy complicadas. Pero yo creo que la novela es una forma de conjugar el horror y el sufrimiento.
El secretario de Estado norteamericano Marco Rubio recordó la Transición española como ejemplo para Venezuela. En Sevilla se han cancelado las conferencias sobre la Guerra Civil. Sigue la revisión. Lo primero es que no veo a Delcy Rodríguez como a Adolfo Suárez. Creo que al señor Marco Rubio le faltan lecturas. Lo que ha ocurrido con la entrada en Sevilla es una muestra muy preocupante de no querer sentarse a hablar con alguien que piensa distinto. Es probablemente un mecanismo propio de los tiempos de polarización, de populismo, que son globales.
La novela es una forma de conjugar el horror y sufrimiento en Venezuela
Es muy preocupante que no podamos sentarnos a hablar, sobre todo porque por esa jornada yo las he visto y yo me he sentado a hablar con alguien como Juan Carlos Monedero, que está en las antípodas de lo que yo pienso. Entonces creo que no sentarse a una mesa es un signo de incivilidad, es un signo de fanatismo y un signo de censura.
¿Se ha polarizado la cultura?
Tengo la sensación de que el espacio cultural es el espacio simbólico. Hubo un momento en el que nos empeñamos en hablar de batalla cultural, que a mí me parecía como una visión muy propia del marxismo, ya que no hay una lucha de clases. Vamos a hacer una lucha simbólica. Entonces creo también que en España siempre ha habido una discusión muy fértil política en la cultura.
Lo que yo no había visto era un atrincheramiento en posiciones y también creo que eso es fruto de los tiempos que vivimos, o sea, creo que hay una tendencia global a llevar la discusión a una identitaria, tribal e ideologizante.
La lectura es fundacional en su vida.
[Risa nerviosa] Cuando más me preocupo es cuando no leo. Porque para escribir hay que leer, básicamente. Y he pasado momentos muy oscuros de mucha desesperanza en la novela. Llevo mucho tiempo a autores que necesito para mí misma. Pero si no leo, no escribo.
Y uno de sus propósitos este 2026 es ordenar su biblioteca. Tengo entendido que los tiene por todas partes.
¡Ah! Imposible. Mientras hablo contigo, estoy viendo los libros y me digo: "Lo que me está pasando es tan grave [ríe]". Un muy buen amigo me dice que ordene mi archivo. Yo le digo: "No, ¿qué dice?". Pero, cuando estoy buscando una novela, empiezo a sacarla y se viene abajo una pila. ¡Mi trabajo se vuelve ineficiente!
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