Entrevista
Alicia Narejos: "De pequeños peleábamos por un trozo de patio, ahora por un pedazo de Groenlandia"
La coreógrafa, bailarina y creadora murciana estrena 'MAL' este sábado en el Teatro Circo de Murcia, una obra que revisita desde la danza-teatro el origen de la violencia, la infancia y las estructuras de poder

La bailarina y coreógrafa Alicia Narejos. / Gabriel Asensio
Bailarina y coreógrafa murciana, Alicia Narejos se mueve desde hace años entre el cuerpo y el pensamiento. Titulada en el Conservatorio Superior de Danza María de Ávila, ha desarrollado su trayectoria como intérprete en compañías como las de Antonio Ruz y Stocos, al tiempo que consolidaba una línea de trabajo marcada por la interdisciplinariedad, la investigación y la crítica social. Su interés por la danza como forma de conocimiento la ha llevado a ser una de las pocas creadoras de esta disciplina becadas en la Residencia de Estudiantes que otorgan el Ayuntamiento de Madrid y el Ministerio de Ciencia e Innovación, donde ha profundizado en la investigación performativa y el diálogo con otras áreas del saber.
Este sábado 24 de enero presenta MAL en el Teatro Circo de Murcia, una obra concebida hace casi una década y revisitada ahora desde una nueva madurez artística. A través de la danza-teatro, la pieza establece un paralelismo entre la infancia y el mundo adulto para interrogar el origen de la violencia, las creencias que nos absuelven y las estructuras que moldean nuestra humanidad.
MAL se estrena en un momento de madurez para usted como creadora. ¿Qué necesidad artística concreta le lleva a hacer esta obra ahora y no antes?
Es una obra que creé como proyecto de final de carrera, hace ya unos nueve años, pero por una lesión no pudo llegar a los escenarios. Era una idea muy rica y sentía que todavía no la había explorado del todo, o que quizá sea una de esas ideas que te acompañan siempre. Vi el momento cuando se convocaron, como cada año, las residencias de investigación de los Teatros del Canal. Me apetecía presentar algo y, en un impulso, pensé: voy a rescatar esta pieza, a ver si entra. Y efectivamente la cogieron, así que ya me vi ‘acorralada’: tenía que reponerla y revisitarla, porque después de tantos años yo ya he madurado, he bailado mucho, he aprendido más de la vida y ya no tengo la misma visión sobre los mismos conceptos. Además estaba el reto de hacer una obra de formato completo, porque en origen duraba unos veinte minutos y ahora dura cincuenta. Me junté con un par de bailarines en el estudio e intenté trabajar los mismos conceptos sin tener en cuenta lo que había hecho antes, para ver si la Alicia de hoy opinaba lo mismo que la Alicia del pasado. Y en muchas cosas coincidieron.
En la pieza se habla de estructuras que moldean y deforman nuestra humanidad. ¿Qué surge primero: la idea moral, la imagen, la pregunta o la sensación corporal?
El detonante inicial fue la película La cinta blanca, de Michael Haneke. Me llamó mucho la atención cómo trata la infancia, la educación y la represión, y ahí empecé a trabajar un paralelismo entre el mundo infantil y el mundo adulto y geopolítico. MAL es un gran ‘palabro’ que recoge muchas sutilezas. Podemos hablar del mal como maldad, como esa gran pregunta de si es inherente al ser humano o si es la sociedad la que nos corrompe, pero también de lo que le decimos a los niños cuando se salen de los códigos sociales que culturalmente hemos escrito. Hago una lectura occidental de lo que entendemos por ‘portarse mal’, pero también de cómo crecemos y seguimos sosteniendo los mismos conflictos y motivaciones, solo que a una escala más compleja. En la obra hay voces en off y escenas que funcionan como metáforas políticas. Es una obra bastante accesible para público no habituado a la danza, porque como es danza-teatro y trata temas universales, llega fácilmente: todos hemos sido niños y todos nos hemos peleado por un trozo de patio en el recreo, y años más tarde nos peleamos por un pedazo de Groenlandia o Cuba.
¿La observación del mal surge entonces de lo personal, de lo social o de lo político?
Un poco de todo. Hay una regresión a mi infancia y a la de los intérpretes, pero para buscar esa esencia que se conserva cuando crecemos: miedos, inseguridades, emociones básicas como el control o la competencia, que luego se trasladan a otro nivel de discusión. Todo eso viene de la infancia, pero también del contexto actual.
En la obra se cuestionan creencias que nos absuelven. ¿Qué tipo de creencias quería poner en cuestión desde el cuerpo?
Paradójicamente, llamándose MAL, me interesa cuestionar las dualidades, los binarismos. ¿Un niño que se porta mal es un niño malo? ¿Se le coloca ya una etiqueta? ¿Deja entonces de merecer cariño? Me interesa desdibujar esa frontera y preguntarme qué ha llevado a ese niño a ese lugar. Y, por supuesto, está la cuestión de si la maldad es o no inherente.
Durante años dudó entre la danza y la filosofía. ¿Aparece hoy esa tensión entre cuerpo y pensamiento en su trabajo?
Mirando hacia atrás, me doy cuenta de cómo todo va cobrando sentido y de que los intereses evolucionan. Tras mi paso por la residencia de estudiantes inicié un ciclo de mesas redondas centrado en la reflexión sobre la creatividad, invitando a científicos y artistas de distintas áreas. También he publicado mi primer paper, que saldrá en la editorial Octaedro. Me interesa la investigación performativa: no solo trasladar ideas al cuerpo, sino extraer aprendizajes del cuerpo para luego reflexionar sobre ellos.
En la residencia de estudiantes apenas ha habido presencia de la danza. ¿Sintió la presión de representar a una disciplina?
Sí. Antes que yo solo había estado Elena Córdoba, creo que treinta años atrás. Sentía la responsabilidad de dejar la danza en buen lugar y de visibilizarla como una forma de pensamiento. Creo que ahora empieza a ser posible porque la investigación a través de las artes está ganando valor y el cuerpo comienza a reconocerse como discurso propio.
En MAL, ¿el cuerpo termina resistiendo las estructuras que lo oprimen o acaba formando parte de ellas?
Trabajo con tres bailarines para generar roles —dominante, sumiso y oportunista—, pero no son rígidos. Todo es cambiante y no presento una conclusión cerrada. Es un final abierto. El cuerpo sintetiza estas cuestiones a través del gesto, la dinámica, la presencia o la mirada.
¿Se queda alguna pregunta abierta tras este estreno?
Muchas. Crear es hacerse una pregunta y jugar para intentar responderla, pero lo que sucede es que siempre se abren muchas más. El espectador también tiene la responsabilidad de construir sus propias conclusiones.
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