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Literatura

Victoria Clemente, escritora y gestora cultural: "La fragilidad no es un error; es el lugar desde el que podemos afrontar lo que nos pasa"

Acaba de publicar 'Una mirada en silencio', una reflexión fragmentaria sobre la pausa, la memoria y la ternura como forma de pensamiento

La escritora Victoria Clemente Legaz. | JUAN CARLOS CAVAL

La escritora Victoria Clemente Legaz. | JUAN CARLOS CAVAL

J.M. Lax Asís

Victoria Clemente Legaz es escritora, gestora y consultora cultural, especializada en instituciones culturales, innovación ciudadana y procesos de escucha. Trabaja en el Servicio de Cultura del Ayuntamiento de Murcia y colabora en laboratorios de innovación internacionales en América Latina. Una mirada en silencio es su último libro: una escritura fragmentaria y reflexiva que invita a la pausa y a la introspección. A través de la memoria, el cuerpo, la herida y la ternura, el libro propone una forma de pensamiento encarnado que apuesta por la lentitud, la vulnerabilidad y la atención como modos de resistencia frente a la aceleración contemporánea.

Una mirada en silencio surge como una invitación a la pausa y a la introspección. ¿En qué momento vital nace este libro y desde qué urgencia fue escrito?

En realidad nace hace muchos años. Son urgencias de hace mucho tiempo. Surge de una manera de mirar el mundo: veo cosas que no me gustan, que no me hacen sentir bien, y de alguna forma aparece la necesidad de escribirlas. Son textos que se han transformado muchísimas veces, que vienen de una forma totalmente distinta a la original, y ni siquiera yo misma sabía que acabarían siendo un libro. Simplemente intentaba narrar una realidad que me parecía injusta. Al terminarlo me di cuenta de que el libro ya estaba hecho y que tenía sentido unir todas las piezas. Es una llamada a detenerse y a mirar, porque algo no está bien.

El libro se presenta como una ‘constelación de fragmentos’ más que como un relato lineal. ¿Por qué eligió esta forma?

Soy muy lectora de ensayo y creo que se nota la influencia de haber leído mucha filosofía y de haber estado muy próxima a formas de pensamiento como la de la Generación del 27 o Ramón Gaya, a quien llegué a través del museo. Son reflexiones que no tienen un argumento ni una historia cerrada. Al unirlas todas sí me di cuenta de que había una historia, pero no desde una narración convencional, sino desde una forma de pensamiento.

Se define como una escritura «en voz baja pero con fuerza». ¿Qué lugar ocupa hoy el silencio en un mundo saturado de discurso y opinión?

Me preocupa mucho la ausencia de silencio, tanto interior como exterior. Es un espejo de todo lo que está pasando. No tanto por mí personalmente, sino porque creo que las personas necesitan esa parada y no sabemos generar esa isla de reflexión, de entendernos, de preguntarnos por qué hacemos ciertas cosas y por qué nos conectamos con determinadas cosas.

El silencio ha desaparecido y con él nuestra capacidad de entendernos

El libro habla de ternura, fragilidad y vulnerabilidad. ¿Pueden convertirse en una forma de pensamiento y también de resistencia?

No era un objetivo inicial, pero al cerrar el libro veo claramente esa llamada a aceptar que somos vulnerables, que nos van a pasar muchas cosas y que tenemos que atravesarlas y detenernos. El problema es que solemos pensar la fragilidad como un error o una tara, como si desde ahí no pudiéramos estar operativos. Yo pienso justo lo contrario: desde la fragilidad somos capaces de afrontar lo que nos pasa, de mirarnos hacia fuera y de estar en comunión con una misma y con el entorno.

Habla de la memoria como un acto valiente y tierno. ¿Se puede escribir sobre un pasado herido sin reproducir el dolor?

He podido hacerlo gracias al tiempo. Doy gracias por no haber publicado estos textos antes, porque había un tono rabioso que en su momento me sirvió para entenderme, pero no para compartirlo. A mí me ha servido hacerlo después, desde la calma, entendiendo los procesos y la memoria. Creo que es necesario revisarla, porque si no nos quedamos enganchados una y otra vez.

En el libro aparecen el cuerpo, la herida, la infancia y la pérdida. ¿Qué papel juega el cuerpo como lugar de conocimiento?

El cuerpo es el espejo. Es como la caja negra de los aviones: registra todos los movimientos y sensaciones. O le prestamos atención o acaba manifestando aquello que no resolvemos.

Revisar la memoria con calma es la única forma de no quedarnos enganchados al dolor

Su trayectoria profesional está muy ligada a la gestión cultural y a lo institucional. ¿Existe diálogo entre esa labor pública y esta escritura tan íntima?

Intento que la parte humana e íntima esté muy presente en lo que organizo o coordino. En artes escénicas, por ejemplo, trabajo ciclos que sacan a la luz las temáticas vulnerables de las obras y las ponen en diálogo con expertos en salud mental, sociología o antropología. Se habla de herida, soledad, deseo o poder. Para mí es una forma directa de conectar mi manera de mirar el mundo con mi trabajo.

Usted apuesta por mundos más humanos, más lentos, más verdaderos. ¿Qué significa hoy vivir más despacio?

Significa poder estar, que ya es un regalo. Pero también observar que algo fuera no está bien. En esa escucha silenciosa veo muchas cosas que podrían cambiar, detenerse, hacerse lentas y no insistir tanto en una urgencia que nos acaba volviendo locos. Hoy en día la lentitud es un privilegio, tener conciencia de que la necesitamos y poder concedérnosla, y desde luego es una forma de resistencia.

El libro se lee como una invitación a volver al centro. ¿Qué significa hoy para usted habitar ese centro?

Es un paso más hacia una tranquilidad muy añorada. Significa entenderme, estar en mí. Y aunque suene curioso porque es mi nombre, significa una victoria: estar donde quería estar, donde sentía que quería estar en mi vida.

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