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Tribuna libre

Luces y sombras

Mujeres como Frances Benjamin Johnston se abrieron paso en la fotografía y la creación; otras quedaron eclipsadas por sus maridos

Frances Benjamin Johnston  en ‘Autorretrato como nueva mujer’  (1896).

Frances Benjamin Johnston en ‘Autorretrato como nueva mujer’ (1896). / L.O.

EVA HERNÁNDEZ

No sé si os pasará, pero cuando veo algún tipo de imagen del siglo XIX me da la sensación de que todo está envuelto en una especie de glamurosa veladura que te hace imaginar escenas elegantes de gentes refinadas en contextos ciertamente románticos. Romper esa imagen bucólica no es fácil sobre todo cuando la información que de manera colectiva nos ha llegado no va más allá de esas escenas cotidianas donde el rol de la mujer y el hombre están perfectamente acotados. La cosa cambia cuando se profundiza —ya sabéis, conocer la historia es comprender el presente que vivimos— y es en ese instante cuando vidas y nombres surgen aportando nuevos matices que cambian nuestra visión final.

En el siglo de la industrialización, de esa sociedad que caminaba hacia la modernidad contagiada por el eco del movimiento cultural e intelectual surgido en el XVIII —aquel que quiso cambiar superstición por conocimiento, progreso y libertad—, la fotografía surge para ser testigo vivo de una época. Aunque en ese ambiente de cambio no sólo hubo luces sino también muchas sombras que hoy descubrimos desde diferentes perspectivas, no sólo sociales sino también de género.

Desde los primeros daguerrotipos de 1839 que, presentados por Daguerre en la Academia de Ciencias de Francia, demostraron a través de un proceso químico cómo se podía capturar una imagen o el calotipo con sus formas en negativo, asistimos a una auténtica revolución en la forma de representar la realidad, la identidad y la memoria. Un nuevo modo de expresión profundamente marcado por las estructuras sociales, culturales y de género propias de la época, un contexto donde el papel de la mujer fue complejo y ambivalente: por un lado, quedó relegada con frecuencia a la condición de objeto visual y modelo; por otro, algunas mujeres lograron abrirse paso como creadoras, fotógrafas y profesionales, desafiando los límites impuestos por la sociedad. Y en medio de ese escenario otras se vieron eclipsadas por la figura de su marido, quedando su trabajo cuestionado como el de un simple ayudante del fotógrafo.

Al igual que en las artes plásticas, en la fotografía la figura de la mujer como modelo ocupó un lugar preferente. Desde esos primeros daguerrotipos hasta los retratos de estudio más elaborados, el cuerpo y el rostro femeninos fueron utilizados como símbolos de belleza, virtud, maternidad o exotismo. La fotografía heredó muchos de los estereotipos presentes en la pintura académica, reforzando una imagen idealizada de la mujer como figura pasiva, decorativa y silenciosa. En los retratos burgueses, las mujeres aparecían cuidadosamente vestidas, inmóviles, con gestos contenidos, reflejando los ideales de respetabilidad y moralidad propios de la época. La pose, la iluminación y el encuadre contribuían a construir una identidad femenina asociada a un entorno domestico y delicado.

Sin embargo, no todas las representaciones femeninas respondían a este modelo normativo. En ciertos ámbitos, como la fotografía artística, el cuerpo femenino fue también objeto de una mirada erotizante y, en ocasiones, claramente sexualizada. Estas imágenes revelan la desigualdad de poder existente entre quien mira y quien es observado, situando a la mujer como objeto de consumo visual. Aunque también hubo muchas mujeres que participaron activamente en estos retratos, negociando su imagen y utilizando la fotografía como una forma de afirmación personal y social, especialmente en el caso de actrices, bailarinas o mujeres vinculadas al mundo artístico.

Paralelamente a su papel como modelo, la mujer comenzó a ocupar un espacio, aunque limitado, como fotógrafa. Desde los primeros años del medio, algunas se interesaron por la fotografía atraídas por su carácter técnico y artístico. No obstante, su acceso a la profesión estuvo condicionado por factores sociales como la educación, la clase social y la dependencia económica. En muchos casos, las mujeres se iniciaron en la fotografía a través de negocios familiares o como colaboradoras de padres, esposos o hermanos fotógrafos. A menudo, su trabajo quedaba invisibilizado o era atribuido a figuras masculinas, y una gran parte de esas imágenes quedaron destruidas como consecuencia del paso del tiempo.

A pesar de estas dificultades, no son pocas las mujeres que lograron destacar como fotógrafas en el siglo XIX, nombres que se van recuperando y volviendo a la luz. Un ejemplo significativo es Julia Margaret Cameron, con 48 años se inicia de forma casual en la fotografía convirtiéndose en uno de los referentes más destacados de su historia. A pesar de las dificultades técnicas a las que se enfrentó, su primera fotografía fue un retrato de Annie, la hija del poeta William Benjamin Philpot, tema en el que estaba especialmente interesada como un medio de búsqueda de la belleza interior de cada persona.

Otras mujeres notables fueron la americana Bertha Wehnert-Beckmann (1815–1901), considerada la primera fotógrafa profesional; Constance Talbot (1811-1880), casada con el inventor del método fotográfico de positivo-negativo, fue la primera mujer en tomar una fotografía aunque la historia quitó valor a su nombre en pos de su marido, o la francesa Geneviève Disdéri (1817-1878) encargada del estudio familiar en París.

En ese deambular entre modelo y creadora, entre objeto pasivo y activo, encontramos la figura de la fotógrafa Frances Benjamin Johnston (1864-1952), cuyo trabajo combina esas dos facetas al colocarse ella misma como modelo de sus imágenes. Su ‘Autorretrato como nueva mujer’ sentada frente a una chimenea, mostrando sus enaguas, con un cigarrillo y una jarra de cerveza, anticipan nuevos roles para la mujer apartados de esa imagen tradicional de delicadeza y fragilidad. Pionera y primera mujer fotorreportera en Estados Unidos, fue una gran defensora de la participación de la mujer en el ámbito de la fotografía y un referente en el uso de este medio para la denuncia social.

Mirando desde una perspectiva contemporánea, con nuestra experiencia vital de fondo, habrá quien piense que no hay huella de rebeldía alguna en el simple acto de coger una cámara o de posar desde el otro lado. Los grandes cambios comienzan con pequeños gestos, quizás ese momento de exposición, de dejarse ver, de permitir que otros las miraran, de mostrar cómo entendían el mundo con sus imágenes, fuera para ellas un íntimo acto de reivindicación de su propia persona, una voz con la que consiguieron decir: «Aquí estoy, desde un lado y de otro». Sólo el hecho de poder elegir si hacerlo o no ya llevaba implícita una cierta libertad.

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