En su rincón
Pedro Cano, el arte te protege
La Fundación que lleva su nombre celebra 15 años cultivando el legado del artista que pinta con la paleta del espíritu y la emoción

Pedro Cano en su estudio en Blanca / Javier Lorente
JAVIER LORENTE
Compartir conversación con el pintor Pedro Cano Hernández, conocido internacionalmente sin necesidad del segundo apellido, es un privilegio y un disfrute, si además el diálogo es en su querido pueblo de Blanca y en su estudio pues ya os podéis imaginar que me va a ser difícil que os hagáis una idea de tan grato momento y de tantas reflexiones personales y artísticas de uno de los creadores de más larga e interesante trayectoria de España. Lo que sí os puedo contar es un poco de lo mucho, unas breves pinceladas de esta hermosa mañana con el maestro.
He visitado sus exposiciones desde hace años, casi siempre varias veces porque a sus obras hay que acercarse sin prisas, con la paciencia y la tranquilidad de saber que no te cansas nunca de perderte en ellas. No es exagerado decir que pinta con la paleta del espíritu y la emoción. La obra de Pedro Cano es todo un viaje por el Mediterráneo, por la cultura clásica, por occidente y oriente, por ciudades invisibles y eternas ... Se cumplen ahora 15 años de la Fundación que lleva su nombre, un magnífico edificio que alberga gran parte de su obra y da cobijo a interesantísimas muestras temporales y actividades culturales que aumentan el prestigio y la utilidad de esta institución que dirige con amor y sabiduría Mari Carmen Sánchez Rojas. De entre los eventos de la efeméride, no hay que perderse la actual exposición de 140 artistas internacionales sobre el limón, ‘el rey de la huerta’.
El maestro me espera en la plaza de la Iglesia de Blanca. Me lo encuentro conversando con algunos vecinos que le hablan con respeto y a la vez con cariño, saben que es el artista vivo más grande de nuestra Región, pero saben que es uno de los suyos. Subimos por la empinada cuesta que lleva a su estudio, un rincón con un sabor de siglos, con amplios y luminosos ventanales que dan a la ciudad y a las montañas del horizonte. Enfrente hay otra casa, también antigua, de dos plantas, donde almacena varias series de sus pinturas, incluida una inédita que realizó en tiempos de la pandemia. Me emociona ver su maestría y poder evocador, las figuras que tanto te transmiten, las texturas, los colores…
Me habla de aquél niño de pueblo que amaba el cine y quería ser pintor desde que le regalaron unos óleos, de su abuelo tendero, de su padre, que perdió pronto, del comercio familiar, de la venta de pescado al que hace un tiempo le dedicó una magnífica exposición… Marchó a Madrid a hacer la mili y «aquello fue como descubrir el mundo. Por las tardes iba a clase en la Escuela de Bellas Artes y con mi amigo Alfredo Galindo, de Ávila, pintaba cuadros al alimón para uno que los vendía en el rastro y así sacábamos una perrillas. Pintábamos naturalezas muertas y abstracciones de un metro de grandes, que se vendían porque tapaban mucha pared. En clase aprendí mucho del profesorado y agradezco a una pintora que había venido a Blanca y que fue quien animó a mi madre a que me dejase estudiar Bellas Artes, como ella. Hoy día la cosa ha cambiado mucho y hay grandes artistas que no han estudiado la carrera y viceversa». Me habla también de varias de las becas que le ayudaron a completar estudios, fundamentalmente la de Roma, que le cambió la vida y le conectó para siempre con Italia, el mundo clásico y después con Grecia y todo el Mare Nostrum.
«Yo tenía poco más de veinte años y me empapaba de cultura, del cine de Fellini, Visconti, Antonioni… Me gustaba el teatro alternativo y trabajé en varias importantes escenografías». Hizo la de 'Vida de Galileo' de Beltolt Brecht y se detiene especialmente en la que hizo para Memorias de Adriano y cómo se inspiró descubriendo túneles y pasadizos de la Villa Adriana: «Fue algo realmente mágico, desde allí se veía, impresionante, la ciudad de Roma. Cada representación no podía albergar más de 300 personas. También hice el decorado con telas viejas. Recuerdo aquello como una época de gran disfrute creativo». Pedro siempre ha sido una persona imaginativa pero obstinada, me cuenta que después de haber tintado aquellas telas, en una prueba de iluminación, el director le exigió que oscureciera la tintada. Le prometió hacerlo pero no lo llevó a cabo y en el estreno le dijo: «¿Has visto como ha quedado mejor con el oscurecimiento?», y él aún lo recuerda divertido, seguro, con razón, de su buen gusto.
En Roma se casó con una italiana y trabajó durante años con Galleria Giulia, que le abrió muchas puertas y a muchos coleccionistas. Imposible poner aquí la gran cantidad de exposiciones que Pedro Cano ha realizado en Italia, en España, en toda Europa y en América, siempre con nuevos proyectos relacionados con el paisaje, las ciudades, el patrimonio, los motivos vegetales, los libros, los viajes o las gentes en tránsito. «Yo trabajo mucho, me gusta mucho pintar, pero descubrí que, además, es importante exponer, que la gente vea tu obra». Fue a Nueva York: «Viví en aquella ciudad, pinté allí y cuando regresé seguí pintando igual, mantenía mi estilo que no abandoné cegado por sus luces o sus modas. Para mí es importante que la gente te distinga aunque no vea la firma en el cuadro». No es de extrañar que un amigo suyo, de visita al Vaticano, se sorprendiera al reconocer una obra suya entre otras de Dalí o Chillida. «Aún así, no me gusta repetirme ni copiarme. Cuando hago una cosa me gusta pasar página, hacer otra distinta».
Pedro Cano no es solo un gran artista, es una gran persona, llena de sabiduría, sensibilidad, fortaleza y matices. No se deja llevar ni mangonear, pero es tan talentoso como buena gente: «Nunca tienes que olvidar quién eres y quiénes son tu gente. Yo nunca he dejado de venir a Blanca, ni de escribir a menudo cuando viajaba por América o por la India». No cabe aquí mucho de lo mejor que me dice el maestro: «El arte protege a quien lo hace y a quien lo disfruta. La inspiración es sabido que te tiene que venir mientras trabajas diariamente. Siempre hay un paisaje que nos está esperando…» Y se vuelve a acordar de su madre, agradecido de que creyera en él y lo apoyase para volar. Amén.
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