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Entrevista

Curro Carreres: "La belleza de 'La Traviata' no debe ocultar su tragedia, incluida la prostitución"

Con una carrera que abarca ópera, teatro musical y docencia, Curro Carreres transforma los grandes clásicos en experiencias actuales y accesibles para públicos diversos, como la célebre obra de ‘La Traviata’ de Verdi , que se estrena en Almería

El director de escena Curro Carreres tras el telón de un teatro.

El director de escena Curro Carreres tras el telón de un teatro. / Curro Carreres

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J.M. Lax Asís

J.M. Lax Asís


Curro Carreres (Murcia, 1969) es director de escena, docente y gestor cultural, y uno de los nombres más versátiles de la lírica española. Formado en dirección teatral y con una amplia trayectoria en ópera, zarzuela y teatro musical, ha desarrollado producciones en algunos de los principales escenarios del país, además de impulsar proyectos pedagógicos y de gestión artística. Tras su etapa al frente de la programación del Auditorio Víctor Villegas, Carreres alterna la dirección escénica con la docencia en Murcia y con colaboraciones en instituciones como el Teatro de la Zarzuela. Su sello combina el respeto por la tradición con una lectura contemporánea de los clásicos, una filosofía que aplica ahora a su puesta en escena de La Traviata, que debuta en Almería con un montaje que reivindica la ópera de calidad desde la periferia cultural.

Usted ha dicho en alguna ocasión que le gusta "refrescar las obras para un público de hoy y del mañana". ¿Cómo se traduce esa filosofía en esta Traviata?

La Traviata es hiperconocida, casi una catedral de la ópera italiana. He buscado un código intermedio, mezclando tradición con guiños contemporáneos y cinematográficos, en una ambientación atemporal donde los personajes cobran nueva vida. La obra sigue resonando hoy: la cosificación de la mujer, la hipocresía social, las masculinidades tóxicas… Igual que Verdi llevó la historia a su contemporaneidad, ahora se puede resignificar para un público actual.

¿Cuál es el principal desafío al dirigir una obra tan conocida?

Intentar estar a la altura. Son piezas magníficas y cada montaje debe nacer de nuevo. Se pueden hacer lecturas muy innovadoras, pero aquí busco un equilibrio entre tradición e interpretación contemporánea. Por ejemplo, comparo el final romántico de Pretty Woman, inspirada en la novela, con la crudeza original de La Traviata: la obra es durísima, habla de prostitución, enfermedad y sacrificio, no solo de belleza.

¿Qué lectura personal ha hecho de Violetta?

Subrayo su estigma social. Es una Violetta consciente de su final, que renuncia por amor y enfrenta una sociedad hipócrita. Me interesa la unión entre amor, muerte y enfermedad, algo que ya estaba en Dumas en La dama de las camelias.

Almería recibe La Traviata con un nivel artístico muy alto. ¿Qué opina sobre la descentralización de la ópera?

Es fundamental que la periferia cultural tenga proyectos de calidad. Aquí contamos con un reparto internacional, presencia local y el apoyo de Cajamar, lo que permite producir y no solo exhibir. Trabajar fuera de un centro habitual tiene dificultades, pero se compensa con la profesionalidad y el entusiasmo del equipo artístico.

¿Cómo ha sido trabajar con la directora musical y el resto del equipo creativo?

Compartimos un código profesional muy exigente. Adaptarnos a las circunstancias y lograr los mejores resultados posibles ha sido intenso, pero estoy contento con el trabajo y el resultado final será digno.

A lo largo de su carrera ha dado nueva vida a obras poco representadas. ¿Qué pesa más al aceptar un proyecto?

Factores profesionales y humanos: el equipo, el lugar, el entusiasmo de quienes lo impulsan. Con Clasijazz ya había trabajado y su energía es contagiosa. Hacer Traviata también es un sueño: es emblemática y siempre supone un reto apasionante.

"Dirigir ópera es combinar teatro, ballet y concierto a la vez: no hay nada más grande"

Usted es docente y gestor cultural. ¿Influyen esas facetas en su dirección de escena?

Sí, sobre todo en la parte ejecutiva: organizar equipos, medios, recursos. En lo artístico procuro mantener independencia. Dirigir ópera es combinar teatro, ballet, concierto y exposición a la vez; es lo más grande que se puede montar.

Se habla mucho de atraer nuevos públicos a la ópera. ¿Qué cambios cree necesarios?

Se ha trabajado mucho. Invitamos a asociaciones juveniles y alumnos al ensayo general y las funciones se agotaron en meses. El reto es competir con el ocio digital, invitando al público a concentrarse en la experiencia en directo y sentir la vibración de la música. Las referencias culturales modernas ayudan: cuando los jóvenes conocen fenómenos como Rosalía o ABBA, luego se abren a otras formas de música en vivo.

En los últimos años, artistas como Rosalía, Lady Gaga o incluso Queen han incorporado códigos sinfónicos o vocales propios de la lírica. ¿Ese cruce entre lo popular y lo operístico puede ayudar a derribar prejuicios?

Sin duda. Las fronteras entre géneros son cada vez más porosas y eso favorece a la ópera. Cuando un artista ‘mainstream’ utiliza voces mixtas, armonías complejas o estéticas cercanas a lo escénico, el público joven se acostumbra a escuchar de otro modo. Esa puerta de entrada es valiosa: la ópera también puede ser un ritual contemporáneo.

Como director artístico en la Región de Murcia, ¿cómo valora la lírica en nuestras fronteras?

El público existe, pero falta producción propia de nivel. Lo que se programa es exhibición; producir ópera requiere voluntad política y presupuesto. Proyectos como el de Almería acercan la ópera al público regional y muestran que se puede hacer producción de calidad fuera de las capitales.

¿Cómo le gustaría que evolucionara su carrera en los próximos años?

Quiero alternar repertorio conocido con obras menos habituales o contemporáneas. También me interesa el formato pequeño, más distribuible y accesible para programadores y nuevos públicos que aún no están acostumbrados a una ópera completa.

¿Hay más presión al trabajar con un clásico tan conocido?

Más que presión, hay referencias muy claras: todo el mundo tiene una Traviata en la cabeza. Es una obra cruda y revolucionaria; no se puede romantizar el drama. Nuestro objetivo es que el público reciba el mensaje auténtico, más allá de la música y el vestuario.

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