En su rincón
Ramón Pagán: La naturaleza tiene derecho a existir
Químico industrial de formación, es activista y divulgador entregado a la defensa del Mar Menor y su biodiversidad

Ramón Pagán en Los Alcázares . / JAVIER LORENTE
Es aficionado a la pintura al óleo y su tema preferido son las marinas, pero la labor cultural por la que traigo hoy aquí a Ramón Pagán González es su dedicación al Medio Ambiente y, en especial, a nuestra querida y herida laguna salada. Es portavoz de Pacto por el Mar Menor, una asociación fundamental en la defensa de este paraíso natural hoy en peligro. Ramón es un luchador y un divulgador ambiental incansable que saca horas de donde no las hay para dar charlas y conferencias que conciencien a los vecinos, a los alumnos de centros educativos y a colectivos de todo tipo. También asiste a asambleas y actos reivindicativos, en los que siempre coge el megáfono y se dirige a los participantes. Ama al Mar Menor desde que era un niño y pasaba los veranos en una casita que le dejaban a su abuelo cerca de la Base de Hidroaviones, no muy lejos de donde hoy le hago la foto.
Nació en La Unión y su padre era tornero en la Maquinista de Levante. Su abuelo era el responsable del grupo electrónico de la Base de Los Alcázares; le llamaban "Ramón el de la familia numerosa", porque tenía 13 hijos, y por eso le dejaban aquella casa en la playa: "Así que yo tenía 6 o 7 años cuando descubrí esta playa. Recuerdo que me regalaron unas gafas de buceo, un poco toscas, que me descubrieron un mundo mágico de peces, caballitos de mar y algas submarinas. Entonces no teníamos TV; la veíamos en mi calle, tomando el fresco, porque un vecino sí tenía, pero no las había en color, con lo que yo no había visto la belleza submarina ni en un documental".
Ramón Pagán estudió Química Industrial en la Universidad de Murcia; gracias a una beca podía alojarse en la Residencia de San Buena Ventura, que primero fue de la Hoac y después pasó a ser autogestionada por los propios estudiantes. Era el año de 1973, los últimos coletazos del franquismo, y aquello era un enclave de gentes comprometidas en los movimientos sociales: "Organizábamos actividades culturales, recitales, charlas… y claro está, estábamos bastante vigilados por la policía". Las prácticas las hizo en Española del Zinc y después estuvo en una cerámica en la carretera de La Palma. Finalmente, lo seleccionaron para un puesto de delegado representante en una empresa de industria farmacéutica, donde ha trabajado hasta su jubilación. "Me ofrecieron ascender, yéndome a Madrid, pero decliné por no separarme de mis hijos, ni de mi mujer, que ejercía aquí de maestra. Pero ser representante farmacéutico me ha aportado mucho y me ha permitido conocer mucha gente".
Siempre ha sentido pasión por la naturaleza, desde niño. De joven escribía cartas a la redacción en los periódicos contra los vertidos en la bahía de Portmán: "Me metía en fregados porque alguna gente decía que le quería quitar el pan a sus hijos". Desde su época universitaria entró en contacto con Anse y en 2015 participó en la creación de la Plataforma Ciudadana por el Mar Menor. Fue entonces cuando se enfocó en dar charlas en centros de mayores, en asociaciones de mujeres y en centros educativos. Impactó su conferencia en el Puerto de Tomás Maestre, titulada Biodiversidad del mar Menor y causas del estado de degradación de la laguna. Se vinculó al recién creado Grupo de Coordinación del Pacto del Mar Menor.
Me habla con pasión pedagógica de todo el proceso de su lucha por la laguna. En 2016, sucedió aquella eutrofización total, aquella sopa verde y la desaparición de la pradera marina; se convocaron manifestaciones, se hicieron notas de prensa y se reunieron con todos los partidos políticos y agentes sociales. En 2018, se aprobó en la Asamblea Regional la primera de varias leyes ambientales que luego no se pusieron en marcha como la Ley de Medidas Urgentes: "Siempre ha habido muchas presiones por el lobby del sector primario". Pacto por el Mar Menor estuvo dos veces en Bruselas, junto a Anse y Ecologistas en Acción, demandando el cumplimiento de la legislación ambiental, pero "la Unión Europea nunca realizó un apoyo determinante. Luego vino, en 2019, aquella crisis por la DANA, aquella anoxia y aquella mortandad masiva de peces que fue portada en toda la prensa mundial. Entonces todo empezó a cambiar".
Seguimos hablando y me cuenta que el Mar Menor, desde tiempos históricos, siempre ha estado rodeado de agricultura de secano, cosa que cambió con el trasvase y la agricultura intensiva: "El problema no son las explotaciones familiares, los agricultores tradicionales, sino las macroempresas que se han establecido y que han explotado el Campo de Cartagena con la mayor avaricia y falta de escrúpulos. Luego también están las granjas porcinas y la gran cantidad de balsas de purines sin impermeabilizar. Para rematar la situación están las lluvias torrenciales que descontrolan los vertidos de aguas negras…".
Ramón lo tiene muy claro: "El 80% del desastre es por el mal uso de la agricultura; los vertidos urbanos, mineros, etc., son el otro 20%. Hay toda una maquinaria propagandística y un lobby muy potente de las grandes empresas agrícolas que quiere echar balones fuera y comprar a los políticos. Estaríamos bien con dos cosechas anuales, sería sostenible, pero no podemos sacar tres o cuatro cosechas. El agua no es el problema; es un bulo que se vaya a terminar el Trasvase; tal vez por el cambio climático habrá que compaginar con desaladoras y con la reutilización de las aguas. El problema son los fertilizantes, su abuso, y los análisis recientes demuestran que aún no se ha reducido significativamente su uso. Lo que hay que hacer es cumplir las leyes actuales, pero ya hay quienes quieren volver a lo de siempre: suavizarlas o derogarlas. El agricultor de verdad, el de siempre, ya no es competitivo contra esas grandes empresas que, cuando esquilmen el territorio, se irán a otros lugares, como pasó con la minería, y aquí nos dejarán el desastre".
Terminamos hablando de otras cosas, de cine con No mires arriba o de la reciente de Nuremberg, que nos hablan de un mundo preocupante, de un futuro incierto, de que no hemos conjurado el peligro de repetir la historia. Me confiesa: "Yo antes creía que la naturaleza debía estar al servicio del hombre, pero sería el fin". Tiene un barquito de 7 metros, La raya azul, hace bici y senderismo. Un buen guardián del Mar Menor.
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