Alberto Chessa: "No soy filósofo ni pretendo serlo: mis aforismos son los de un poeta"
Poeta de ideas y traductor minucioso, Chessa condensa en estos 300 bordones una poética de la incertidumbre; aforismos que se contradicen, se iluminan entre sí y reclaman un lector cómplice capaz de pensar sin prisa

El escritor Alberto Chessa. / Victoria Sancho
Alberto Chessa (Murcia, 1976) poeta, traductor, locutor y ensayista, ha construido una obra reconocida por su precisión verbal y su pensamiento poético, distinguida con premios como el Adonáis (accésit), el Internacional Dionisia García o el Premio Amaltea de Traducción. En Elefantes de Nubereúne 300 bordones —su particular nombre para los aforismos—, un género que concibe como campo de tensión entre la intuición y la paradoja. En ellos reivindica la duda, la perplejidad y el humor como motores de su escritura. Hoy presentará el libro en el Museo Ramón Gaya,
Elefantes de Nube reúne 300 bordones. ¿Qué distingue un bordón de un aforismo tradicional?
Antes que nada, habría que definir qué es un aforismo, y eso no es sencillo. El aforismo es un género mestizo; bebe del pensamiento, la poesía, la emoción, de la sentencia, a veces del humor, otras veces de un tono más grave. Mis bordones participan de estas distintas vertientes —aforismo, greguería, apotegma, proverbio—, y por eso decidí darles un nombre distinto. Además, 'bordón' evoca la vibración grave de la sexta cuerda de la guitarra, esa cuerda más gorda que vibra con contundencia y un poco desconcierta. Esa idea de vibración, de resonancia, es lo que buscaba para estos textos: son breves, autónomos, pero con profundidad, capaces de resonar en distintos registros.
Dice que el aforismo es "un artefacto verbal con profundidad bajo apariencia leve". ¿Cómo se construye esa doble capa?
Esa es exactamente mi idea. Los bordones buscan condensar ideas con enjundia, ofrecidas con humildad y a veces con cierto desenfado, vacunadas de solemnidad y dogmatismo. Nacen de la perplejidad, el asombro y la duda; son sentencias que se cuestionan a sí mismas y que invitan al lector a participar en ese juego, a poner en entredicho lo dicho. Quiero que exista un pequeño desafío: que el lector, al leer, sienta que reflexiona y se asombra al mismo tiempo.
Usted ha dicho que escribir un aforismo es como hacer largos en una bañera. ¿Qué revela sobre su proceso creativo?
Es un juego para pensar desde la metáfora, para desnudar la realidad de una manera inesperada. En mis bordones, cada idea debe poder sostenerse por sí misma. La escritura se convierte en un ejercicio de libertad, de asombro y de precisión, como nadar largo tras largo en un espacio pequeño, concentrando la energía y la atención.
¿Cómo se organizan los 300 textos? ¿Existe un hilo conductor?
Son textos autónomos que permiten una lectura libre, incluso traviesa: se puede saltar de uno a otro, volver atrás, leer de manera fragmentaria. Sin embargo, también hay una linealidad posible: los bordones contienen temas recurrentes, obsesiones que atraviesan el libro y que funcionan como variaciones musicales sobre un mismo motivo. Cada tema se aborda desde múltiples facetas, sin buscar domesticación ni cierre definitivo. Me interesa dejar un halo de misterio, que la idea no se agote y que siempre haya espacio para la reflexión del lector.
¿Cuál fue la parte que más le interesó mientras escribía?
Los bordones autoreflexivos, los que piensan sobre el acto mismo de pensar o escribir. Creo que las ideas se despiertan pensando; escribirlas permite que se revelen en toda su complejidad. Para mí, reflexionar sobre lo que uno piensa es un ejercicio esencial, porque muchas personas dejan que otros piensen por ellas, y yo no quiero delegar mi pensamiento.
¿Cómo es su rutina al escribir aforismos? ¿Surgen como ráfagas o hay trabajo metódico?
No soy metódico durante la creación, aunque sí lo soy al revisar y corregir. Llevo siempre un cuaderno conmigo para captar cualquier idea en el momento en que surge. No salgo a ‘pescar aforismos’, sino que les concedo espacio desde el primer instante. Es un proceso intuitivo: aparecen, desaparecen, vuelven y, con el tiempo, se convierten en un texto más elaborado.
El libro está ligado a la editorial La Nube de Piedra y a Luis González-Adalid. ¿Cómo influyó eso en la obra?
Ha sido un privilegio. Admiro mucho tanto la obra plástica como la labor editorial de Luis, su dedicación y su visión para concebir libros como criaturas, no productos. La ilustración de Rubén Rubio Egea aporta un toque desconcertante y embriagador, que complementa la propuesta de los bordones. Todo esto refuerza la experiencia estética y conceptual del libro.
Usted también es poeta, traductor, ensayista, locutor… ¿Influye cada disciplina en los bordones?
Todo lo vivido y soñado acaba vertiéndose en la escritura. La diversidad de experiencias aporta riqueza y complejidad a la voz del libro. Mis textos reflejan, de algún modo, la fragilidad de la identidad y la fragmentación del yo, preocupaciones que atraviesan mi vida y mi escritura.
¿Hay ideas que nacen como verso y terminan como aforismo, o al revés?
Puede ocurrir, pero no es lo habitual. Concedo autonomía a cada forma. Los aforismos requieren su propia estructura, independientes del poema, que necesita equilibrio y armonía. Un verso contundente podría eclipsar un poema; por eso, cuando una idea demanda autonomía, la traslado al formato de bordón.
¿Qué verdad puede albergar un aforismo que quizás no puede contener un poema?
La verdad del aforismo se construye a menudo por contraste y oposición con otros aforismos. Dispara, plantea contradicciones y ofrece múltiples perspectivas sobre un mismo tema. Un poema, en cambio, tiene espacio para desarrollarse y profundizar, y su verdad se despliega de manera diferente, con fidelidad a su estructura y propósito.
¿Siente que el aforismo dialoga especialmente bien con el lector contemporáneo, acostumbrado a una lectura más fragmentada?
Refleja la mentalidad contemporánea, fragmentaria y veloz. Pero no se trata de brevedad por sí misma: lo relevante es que el texto sea enjundioso. Incluso breve, un aforismo puede ser profundo o superficial; depende de la densidad de pensamiento que contenga. Borges hablaba de "la charlatanería de la brevedad", y tenía razón, desde la brevedad también se puede ser un charlatán. La concisión no garantiza profundidad. Y Goethe decía de Victor Hugo que "debería haber escrito menos y trabajado más", una observación brillante que señala algo esencial: la paciencia del verso, del pensamiento depurado. En un buen aforismo no vale la ocurrencia fugaz; exige un trabajo minucioso, casi artesanal. Me gusta pensar que mis bordones, aunque breves, buscan decir algo con peso real, asumir el riesgo de pensar sin caer en la inanidad.
Finalmente, ¿qué le gustaría que quedara resonando en el lector tras cerrar Elefantes de Nube?
Me gustaría que quedara una sonrisa inteligente, cómplice de una conversación amena y desenfadada. No una sonrisa boba ni un ceño fruncido, sino la sensación de haber participado en un juego de ideas, divertido y reflexivo a la vez.
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