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Literatura

Manuel Moyano: "Proponer que el mundo acabará, y en viernes, tiene un matiz casi humorístico"

En su nueva novela, ‘El mundo acabará en viernes’, se imagina un apocalipsis anunciado y explora cómo reaccionan los seres humanos en equilibrio entre humor y elementos trágicos, épicos o metafísicos

Manuel Moyano, escritor de la novela ‘El mundo acabará en viernes’.

Manuel Moyano, escritor de la novela ‘El mundo acabará en viernes’. / Marta Moyano Piqueras

Manuel Moyano regresa con una novela marcada por el humor, la ironía y una mirada lúcida sobre el comportamiento humano. En El mundo acabará en viernes, el autor imagina un apocalipsis anunciado con fecha exacta y lo aborda desde un tono que mezcla lo cotidiano con lo fantástico, un sello muy suyo. La obra nace de un clima colectivo de incertidumbre y de su interés por explorar cómo reaccionamos cuando la normalidad se quiebra.

Su novela parte de una premisa fulminante: el mundo acabará en viernes. ¿Qué vino antes, la idea del fin del mundo o la elección del día concreto?

Bueno, en esta novela, de forma inhabitual, tuve antes el título que la propia novela, porque normalmente es al revés: escribes una novela y luego le das veinte mil vueltas al título. En este caso el título ya lo tenía, y contenía una especie de símbolo, casi una broma. Esa oposición entre "el mundo acabará", que suena a algo solemne, y "en viernes", que tiene un matiz casi humorístico. El título original era "en jueves", aunque la trama me llevó a cambiarlo a viernes, lo que además añade otra pequeña broma.

La chispa inicial surgió durante la pandemia, cuando la atmósfera era bastante apocalíptica.

Yo tenía esa idea inicial y quería relatar un apocalipsis en otra época. Y de repente, sin buscarlo, apareció el caldo de cultivo adecuado: vivimos días y meses con un cierto sabor de apocalipsis, calles vacías, animales volviendo a las ciudades… Y además teníamos más tiempo para escribir. De hecho, la escribí casi entre la mitad y el final de la pandemia. Pero como la pandemia acabó provocando hartazgo, borré cualquier rastro que pudiera recordarla en el libro.

Aunque borrase esas referencias, ¿marcó la pandemia el tono o el enfoque?

Sí, sin duda influyó. Para los que vivimos en la actualidad en un lugar sin guerras —hablo de España, Europa occidental—, lo más parecido a un apocalipsis que hemos vivido es eso. Quien vivió una guerra vivió algo mucho más duro, claro, pero la pandemia generó el estado de ánimo adecuado para escribir la novela.

En la obra conviven personajes muy dispares: un psiquiatra en Idaho, una técnica en Tel Aviv, un paparazzi en Londres. ¿Por qué elegir miradas y escenarios tan distantes para narrar un mismo fin del mundo?

Por la propia definición del tema. Lo lógico era acercarse desde distintos rincones del globo, con historias distintas que se ven afectadas por el anuncio del apocalipsis. Y no solo afectadas: algunos personajes incluso tienen un papel en ese apocalipsis.

El humor es una marca reconocible en su narrativa. ¿Qué papel juega cuando habla de algo tan serio como el fin de los tiempos?

Creo que, en una novela fantástica como esta —basada en el Apocalipsis bíblico, que Borges consideraba parte del género fantástico—, la ironía y el humor hacen más creíble lo extraordinario. Si lo cuentas totalmente en serio puede sonar demasiado "peliculero". El humor y la distancia irónica aproximan la historia a cómo es la vida, donde nos movemos entre la tragedia y la comedia. Aunque el humor está presente, no me gustaría que se pensara que es una comedia. Tiene un equilibrio entre humor y elementos trágicos, épicos o metafísicos.

En la novela dialogan la Biblia, lo fantástico, la sátira… ¿Cómo se equilibra todo eso sin perder verosimilitud?

Eso lo da la experiencia. Hace diez años no habría podido escribir una novela con acontecimientos de esta magnitud sin que se me fuera de las manos. En cualquier oficio, con el tiempo se adquiere pericia.

¿Necesita la ficción apoyarse en la realidad?

Absolutamente. Creo que dentro de lo fantástico hay dos vías: la fantasía pura, sin anclaje en la realidad, y el fantástico propiamente dicho —de Borges a Stephen King—, donde lo extraordinario aparece en un entorno completamente cotidiano. Ese contraste hace que el lector lo acepte. Para lograrlo, hay que crear primero un entorno muy realista.

En sus libros hay interés por la antropología, por los comportamientos humanos y por los paisajes. ¿Cómo entra esa mirada en tantos personajes enfrentados al fin del mundo?

Las inclinaciones de cada autor aparecen en todo lo que hace. Los paisajes, desde luego, porque la novela transcurre en distintos escenarios del mundo. Y la antropología, entendida como la forma en que se comporta el ser humano según su herencia cultural, también está presente.

Muchos destacan sus personajes excéntricos e inolvidables. ¿Cómo se construyen en una novela coral donde todo avanza hacia un límite temporal absoluto?

En mi caso hay una parte muy intuitiva. Crear un personaje verosímil, que tenga consistencia casi física para el lector, tiene mucho de intuición. Hay autores que planifican fichas detalladísimas, pero para mí eso es exagerado. Lo esencial es dejarse llevar por el personaje: cuando tienes clara su personalidad, su comportamiento debe ser coherente. A menudo uno se inspira en gente que ha conocido o en personas de las que ha leído. Y no, no me resulta especialmente difícil pasar de una cabeza a otra .

En esta novela aparece incluso un personaje que cree ser Hemingway. ¿Qué le atraía de él para llevarlo a tu propio apocalipsis?

Hemingway es tan interesante como escritor y como personaje. Llevó una vida aventurera y exhibicionista: estuvo en la Guerra Civil, en la Segunda Guerra Mundial —creo que incluso entró en París con los primeros tanques—, los safaris, los Sanfermines… Y además terminó suicidándose. Además yo conocía bien su figura, porque he leído mucho sobre él. Hasta donde se puede, conocía su psicología, y eso facilitó desarrollarlo.

Su literatura es permeable a lo extraño y lo inesperado. ¿Permite lo fantástico hablar de la realidad con más potencia que lo estrictamente realista?

La propia realidad es extraña e insólita. Verla desde un plano fantástico la subraya. El ejemplo típico es García Márquez: por más elementos sobrenaturales que use, refleja mejor Centroamérica o Colombia que una novela realista. Lo fantástico permite sublimar la realidad, realzarla. Pasa lo mismo con Cunqueiro y Galicia.

¿Qué papel tiene la literatura frente a temas universales como la muerte o la finitud?

Para mí ayuda a sobrellevarlos. Son realidades que no se pueden ocultar; hay que mirarlas de frente. La literatura te ofrece una forma de hacerlo, y hasta de ver la belleza que hay en lo trágico, en lo épico y en lo misterioso de la vida.

Si realmente supiera que el mundo acaba este viernes, ¿qué haría en sus últimos días?

Al final del libro hay un personaje que se emborracha, y yo supongo que haría algo parecido: irme al monte, estar con mi familia todo el tiempo y cogerme una buena cogorza, pero sin pasarme, que tampoco sería plan llegar con resaca al fin del mundo. El alcohol nos hace ver las cosas filtradas, más sobrellevables.

Combina personajes reales y ficticios dentro de un apocalipsis basado en el Nuevo Testamento: fin de los días, resurrección de los muertos, la segunda venida de Cristo… ¿Cómo digeriríamos todo eso?

Bueno, todo eso aparece en el libro. Y cada personaje —célebre o desconocido— actúa como motor de la historia. La gran pregunta es esa: cómo digeriríamos algo así. Y la novela, de alguna forma, intenta responderla.

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