Exposición
El peso del vacío: Xavier Mascaró y la memoria de la materia
Las obras del escultor español se podrán visitar en la Sala Verónicas y Galería La Aurora hasta el 11 de enero

El Búfalo, potencia arcaica transmutada en hierro. / Joaquín Cortés
Dolores Galindo
Uno de los rasgos más significativos de la obra de Xavier Mascaró es la configuración del vacío como principio generador de sentido. Sus estructuras huecas —máscaras, figuras guardianas, paseantes o animales totémicos— actúan como espacios de contención simbólica, lugares donde la materia se convierte en huella y la ausencia en memoria. Este procedimiento encuentra afinidades con ciertas estrategias del arte posminimalista, particularmente con la noción de presencia ausente, entendida como la capacidad de conferir densidad emocional y narrativa a la ausencia material. En este sentido, pueden establecerse vínculos conceptuales con Antony Gormley, que explora la corporalidad a través del vacío, o con Doris Salcedo, cuya práctica convierte la cicatriz material en un acto de memoria.
Mascaró va más allá, desplazando esta problemática hacia un ámbito simbólico y arquetípico. Mientras en Salcedo el vacío alude al trauma histórico, en Mascaró se manifiesta como resonancia de lo sagrado perdido, una evocación espiritual inscrita en la materia metálica. El espacio interior de sus figuras remite tanto a la fragilidad del sujeto contemporáneo como a la potencia trascendente de lo invisible. El vacío se convierte en umbral de tránsito: del individuo al colectivo, del cuerpo a la memoria, de la forma al mito. Una idea que también subyace en las esculturas de Leonora Carrington, en su uso del símbolo, el mito y la figura híbrida (humano–animal) como manifestación de lo sagrado y lo arcaico.
Mascaró se inscribe en una tradición escultórica que une espiritualidad y materia, aunque su lenguaje es inequívocamente contemporáneo. Entre los referentes que sus obras evocan, pueden citarse a Julio González, precursor de la poética del hierro; a Anselm Kiefer, con su noción del material como archivo histórico; y a Louise Bourgeois, con su exploración emocional y simbólica de la forma como vehículo de reparación e introspección. En Bourgeois, como en Mascaró, la materia es memoria encarnada: ambas poéticas comparten la conciencia del cuerpo —real o arquetípico— como territorio de duelo y transformación. Sin embargo, Mascaró articula una arqueología imaginaria personalísima: sus esculturas parecen hallazgos de un tiempo ficticio, pertenecientes a una humanidad futura que estudia sus propios mitos perdidos.
El hierro como memoria del fuego. Arquetipos y símbolos
El hierro en Mascaró no es mero soporte, sino metáfora del proceso vital. En la tradición alquímica representa la energía activa y la posibilidad de transformación mediante el fuego. El artista conserva ese sentido de metamorfosis: el fuego que destruye es el mismo que da forma. La textura rugosa, el óxido y las grietas no son defectos, sino huellas del tiempo; la superficie se convierte en territorio de inscripción. Allí donde el metal envejece, el tiempo se hace visible. Sus esculturas, fragmentos de templos olvidados o restos de rituales colectivos, no representan: evocan.
El universo iconográfico de Mascaró posee una profunda densidad simbólica y se articula a través de series —Guardianes, Paseantes, Máscaras, Bustos y Bestias— que funcionan como constelaciones de arquetipos. Cada una activa una dimensión del imaginario colectivo: los Guardianes remiten a los colosos protectores de las civilizaciones antiguas, los Paseantes encarnan la errancia contemporánea, las Máscaras aluden al yo múltiple y las Bestias condensan el retorno de lo primitivo, el pulso vital que persiste en la materia.
El búfalo, animal central en sus esculturas recientes, posee un linaje iconográfico milenario. En las cuevas de Altamira, Lascaux o Chauvet, los bisontes fueron símbolos de energía vital, fertilidad y poder. No eran meras representaciones de la caza, sino actos rituales destinados a propiciar la abundancia y la continuidad del ciclo vital. En el Búfalo de Mascaró, esa potencia arcaica reaparece transmutada en hierro: el artista sustituye la carne por el metal, el impulso vital por la estructura vacía. La figura resultante, mitad reliquia industrial, mitad tótem paleolítico, no celebra la dominación técnica del hombre sobre la naturaleza, sino que la cuestiona. Este animal de hierro, inmóvil y hueco, parece contener el silencio de una civilización que ha olvidado sus dioses.
Genealogías y afinidades
Xavier Mascaró se reconoce dentro de la tradición de la escultura en hierro, heredera de una línea que une espiritualidad y materia. Entre los referentes que sus obras evocan, pueden citarse a Julio González, precursor de la coherencia entre técnica y poética; a Anselm Kiefer, con la idea del material como archivo histórico; a Louise Bourgeois, con la dimensión emocional y simbólica de la forma; y a Leiko Ikemura, con su visión del cuerpo femenino como territorio de metamorfosis entre lo humano y lo cósmico. En todas estas afinidades, Mascaró construye una arqueología imaginaria única: sus esculturas parecen reliquias de un tiempo futuro, vestigios de una humanidad que contempla su propio pasado desde la materia redimida.
El soporte como extensión simbólica
En su escultura, el soporte adquiere una relevancia insólita: no actúa como pedestal, sino como parte constitutiva del organismo escultórico. Estas estructuras, soldadas o ensambladas en hierro oxidado, prolongan el lenguaje matérico de la obra. No buscan disimular su función, sino exponerla como signo. En lugar de monumentalidad clásica, aparece una fragilidad estructural: las piezas parecen suspendidas entre el peso y la caída. En el Búfalo de hierro fundido, el soporte —una red de patas metálicas— genera una tensión entre peso y levedad, entre cuerpo y estructura. Mascaró convierte el pedestal en andamiaje arqueológico, metáfora del ser humano: una estructura que sostiene lo que, por su peso histórico y existencial, debería colapsar.
La mujer en Xavier Mascaró: arquetipo, geometría y memoria
La obra de Xavier Mascaró, presentada en la galería La Aurora, utiliza la figura femenina no como retrato individual, sino como arquetipo simbólico ligado al orden, la memoria y lo ancestral. En las Cabezas Nubias, de resonancias egipcias, la mujer aparece como figura intemporal y guardiana, asociada a lo africano y a una materia fértil y oscura. En la serie Eleonora, el artista ofrece una visión más contemporánea: una geometría reticulada transforma el rostro en un mapa simbólico donde se confrontan racionalidad y emoción, luz y sombra, vida y muerte. Aunque austeras, estas cabezas expresan una pluralidad de significados femeninos vinculados a la memoria. El cabello recogido de Eleonora introduce una identidad sobria y ritual, reforzada por materiales que combinan resistencia y fragilidad. Según la comisaria Cristina Carrillo de Albornoz, Mascaró dialoga con los orígenes míticos y rituales del arte, algo que se manifiesta en el proceso pictórico libre y espiritual de estas obras. Así, lo femenino en Mascaró se convierte en símbolo mágico y atávico, una memoria abierta, siempre en estado de invocación.
En resumen
La obra de Xavier Mascaró habla con voz ancestral. Cada pieza es una plegaria muda, un intento de reconciliar al ser humano con el peso del tiempo y la densidad de la existencia. Su escultura invita a contemplar la fragilidad a través de la fuerza, demostrando que incluso el metal más pesado puede convertirse en símbolo de lo etéreo y lo espiritual. En su Búfalo de hierro, en sus Guardianes o en sus mujeres de mirada interior late una misma pregunta que atraviesa la historia del arte: cómo puede la materia —tan efímera y pesada a la vez— conservar el alma del mundo.
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