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Ocio

Pese al frío, Murcia se ‘Remanga’

El Auditorio Víctor Villegas se transforma en un universo de fantasía con talleres, torneos ‘gamer’, combates de sumo y encuentros con artistas, dando inicio a la segunda jornada de la feria de manga y anime más multitudinaria de la Región. Espadas imposibles, pelucas llamativas y mundos imaginarios cobran vida en la XVII edición de este evento

Pese al atípico frío con el que despertó Murcia en la jornada del sábado, nada pudo frenar la marea de aficionados que, desde las diez de la mañana, formaban colas que se estiraban como Luffy D. Monkey, el capitán pirata de la serie One Piece, frente al Auditorio Víctor Villegas. El segundo día del salón Murcia se Remanga volvió a demostrar, con sus pasillos abarrotados, sus concursos y su ambiente, que no desentonaría en Shibuya un viernes por la noche, que el mundo manga sigue más vivo que nunca.

El aire helado no impidió que los cosplayers desplegaran su mejor artillería. Glitter, pelucas gigantes, espadas imposibles, uñas que parecían armas blancas y armas blancas que parecían de juguete: todo valía. Y aunque muchos de los nombres suenen ‘a chino’ —o mejor dicho, a japonés— para los no iniciados, basta con dar un paso dentro del recinto para caer en la fantasía colectiva que convierte Murcia, por un día, en la capital mediterránea del frikismo, en el mejor sentido de la palabra.

Cosplay: arte y dedicación

Entre la marea humana, tres amigas de Alicante —María, Lucía y Elisa— parecían recién salidas de un universo ficticio. "Yo llevo interesándome por este mundillo desde los diez años", decía María entre risas. El proceso de preparación tampoco es poca cosa: "Un ratito… yo te diría dos horas, sí, por ahí", confiesa Elisa sin inmutarse. Eso sí, cada año cambian de piel: "Variando, variando, sí, sí, siempre una cosa distinta".

Tres amigas disfrazadas de personajes manga en el Auditorio Víctor Villegas.

Tres amigas disfrazadas de personajes manga en el Auditorio Víctor Villegas. / Lax Asís

La economía es otra historia. "Este año no me ha costado nada, porque me lo ha dejado una amiga, pero normalmente sí, un poquillo caro", admite María. Entre rímeles, telas brillantes, lentillas de colores y plataformas que podrían triturar tobillos, todo se une en sintonía para caracterizarse. Ellas vienen a divertirse: "Es la primera vez que venimos juntas y nos lo estamos pasando genial".

A pocos metros, un escuadrón de soldados —cosplays inspirados en Call of Duty y varios shooters tácticos— posaba entre los árboles del recinto. José Manuel rompía el hielo: "Yo ya llevo doce años viniendo". Diego Blanco asentía: "Sí, también desde que empezó, hay muy buen rollo, la gente se abre un montón".

La jornada del sábado estuvo enmarcada en la cultura japonesa tradicional

La afluencia también daba tema de conversación: "Yo es que vine ayer; lo que pasa es que vine un poco tarde y estaba muy vacío, pero hoy me alegro mucho de ver que hay un montonazo de gente". Y es que, según Diego, la magia del cosplay funciona como radar social: "Ves gente que va de una temática parecida y al final se establece un vínculo; la mayoría no nos conocíamos hasta hoy, nos juntamos todos y conectamos". Pepe remataba: "Es que es verdad. Ves a alguien que más o menos sigue tu rollo y ya no solo es lo nuestro. En general, cualquiera dice: 'Vas de Star Wars', por ejemplo, y te acercas a pedir una foto".

El trabajo detrás de cada traje, aseguraban, es muy variable: "Depende de cada persona y de los recursos que tengas". José Manuel recordaba a un chico que vio ese mismo día: "Iba casi mejor preparado que nosotros, se podría decir, y no jugaba ni al airsoft, solo recreaba, y es de admirar".

Un grupo de jóvenes vestidos de personajes de videojuegos ‘Shooters’.

Un grupo de jóvenes vestidos de personajes de videojuegos ‘Shooters’. / Lax Asís

¿Repetir disfraz? La cosa depende: "Más o menos, más o menos. Con lo que vayamos cómodos normalmente. Este año hemos elegido esta temática".

La economía, inevitablemente, también se unía a la charla: "Depende… es que al menos este mundillo tiene bastante más variedad", explicaba Axel. "Si no te quieres gastar mucho, te puedes ir perfectamente a AliExpress; es el rey. No sé, a lo mejor un chaleco te puede costar allí 30 como mucho, y está chulo. Luego depende de lo que busques". Todos coincidían en que perfeccionar el disfraz año a año se ha convertido casi en tradición.

Merchandising sin frenos

Mientras los cosplayers posaban y hablaban sobre telas, armas acolchadas y adicción a las lentillas rojas, el salón manga no paraba de lanzar estímulos visuales en cada esquina. La carpa principal vibraba con coreografías K-pop y un karaoke en japonés, cantadas casi nativo y coreadas por el público.

El exterior estaba vivo: talleres de papiroflexia, desafíos de sumo acolchado, softcombat, tiro con arco y, por supuesto, esa ruta infinita de merchandising en la que la tarjeta de crédito de alguien probablemente perdió la vida.

Entre ilustraciones, artesanía o recuerdos imborrables —literalmente, ya que también podías tatuarte— había asombrosas ofertas, como tres katanas por 135 euros.

Videojuegos y nostalgia gamer

Y, como no solo del manga vive el otaku, también se podía jugar en los salones gamers a múltiples videojuegos, circuitos de coches teledirigidos o máquinas arcade con clásicos como Metal Slug, Tetris, Sonic o Crazy Taxi, juegos jugados por los más veteranos en los antiguos salones recreativos, esta vez disfrutados por nuevas generaciones.

El bullicio tampoco daba tregua en el recinto, donde los stands de ilustradores locales y creadores independientes competían por captar la atención. Láminas repletas de personajes con ojos imposiblemente grandes, figuras de resina y pins que narraban historias de mundos de ficción. Cada puesto era una ventana al ingenio, y cada comprador, un explorador dispuesto a perderse entre papel, color y fantasía.

Un brillo de purpurina aquí, un cinturón decorativo allá. La pasión se respiraba en el aire, como un humo invisible que unía a todos bajo un mismo hechizo. Cuando un grupo improvisado comenzaba a recrear escenas icónicas de anime o videojuegos, los transeúntes se detenían. Era imposible no dejarse contagiar por la energía: el salón no solo celebraba la cultura manga y gamer, sino que convertía a cada visitante en protagonista de su propia aventura.

Al final, entre espadas que pueden atravesar el espacio-tiempo, metafóricamente hablando, y pelucas que desafiaban la física, quedó claro que Murcia se Remanga no es un salón, es un agujero de gusano al que entran mortales y salen héroes, piratas, ninjas, soldados de shooters, superhéroes, todos juntos conspirando en un combate épico y estético contra el aburrimiento.

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