Cartagena Jazz Festival
Cécile McLorin: De la alegría al drama en un segundo
Una maestra del jazz contemporáneo que transforma cada canción en una experiencia teatral y emocional inolvidable

Cécile McLorin Salvant durante su actuación en el Cartagena Jazz Festival. / Ayto. Cartagena
Cécile McLorin Salvant es una vocalista de jazz con un talento supremo. Hace lo que quiere con su voz. Salió con los músicos directamente al micro, luciendo gafas de pasta, cabeza rapada y atuendo capisayesco estilo monaguillo —o Woopy Goolberg en Sister Act—. La banda presentaba un aspecto informal, casi como de sacados de la calle.
A Cécile difícilmente la vas a ver en lo mismo, con el mismo formato, aunque si recordamos su arriesgada actuación en el festival hace unos años, no la superó. El ritmo del encuentro fue menos decidido a lo largo de las 13 canciones que desplegó en apenas 80 minutos, paseando por diferentes veredas de la música negra, el jazz contemporáneo y el cabaret. Se hizo muy corto.
No obstante, ofreció una actuación despreocupada, llena de revelaciones. Es una creadora muy curiosa, entre la ortodoxia y la heterodoxia, y desentierra canciones raras, poco grabadas o casi olvidadas. Su presencia en el escenario va más allá del virtuosismo vocal; la han descrito como una artista de jazz que dota a sus actuaciones de profundidad teatral, carga intelectual y gran sensibilidad. Convierte cada concierto en una experiencia existencial.
La cantante llevó el concierto por caminos inesperados, alternando humor, riesgo y una expresividad que conectó de forma directa con la audiencia
El programa incluyó varias piezas compuestas por ella, y a menudo parecía divertirse por el puro poder y rango de sus habilidades vocales, moviéndose desde un bajo rugiente a un soprano altísimo dentro de una sola frase, como si fuera 'la niña del Exorcista'. La diversidad musical también es evidente en sus arreglos sofisticados. Obligation, que evidencia su sentido del humor, comenzaba con un complejo y titubeante solo de su contrabajista, Yasushi Nakamura, que parecía estar ausente. Salvant comenzó a cantar acompañada solo por el bajo antes de que el resto de los músicos se unieran. Su comunicación con el pianista Sullivan Fortner y el percusionista Kyle Poole fue cálida y constante, y notable la capacidad de respuesta de ambos apoyando las aventuras vocales.
Elegancia y virtuosismo vocal
Todo estaba allí: elegancia, tacto, control asombroso, perspicacia interpretativa, la preciosa potencia natural de esa hermosa voz, la profundidad dramática que un cambio de registro daba a esas interpretaciones, subiendo o bajando una octava, sus tempos... Los dos primeros temas le dieron a Salvant muchas oportunidades para lucir su talento de teatro musical, para la ironía y el sarcasmo punzante: se adentró en el territorio del jazz con una versión muy al estilo de Betty Carter. Devil may care, retorciendo y remodelando las líneas en un swing explosivo. Siguió un juguetón blues de vodevil, Changeable daddy of mine, compuesto por Bob Schafer y Sam Wooding.

Cécile McLorin Salvant. / Ayto. Cartagena
No es de extrañar que haya reunido un ejército de fans. Evitando el alarde vacuo, cantó sin aspavientos, favoreciendo un fraseo preciso y reflexivo que iluminó la letra y su significado. Estilísticamente, está tan cerca del cabaret como del jazz. Mostró que puede pasar de la alegría al drama en un segundo, solo con la voz. Lo hizo con un cover de Dianne Reeves, Mista, y también en un breve paso por Broadway: Ridin’ High, una de las composiciones de Cole Porter para el musical Red, Hot and Blue, que cantó Ella Fitzgerald.
Su versatilidad interpretativa le permite pasar sin sobresaltos de esa sofisticada música al cabaret de Kurt Weill, con sabor a western-swing: The World is Mean; su precisión forense dotó de una mirada penetrante a este texto de Brecht de La ópera de tres peniques. Y sorprendió cantando con una perfecta dicción en español Puro Teatro de La Lupe, provocando un terremoto emocional en la sala; más tarde recurriría de nuevo a nuestro idioma para cantar Un vestido y un amor del argentino Fito Páez.
Cautivadora sonrisa
McLorin puede convertir canciones íntimas y elípticas en jams extrovertidas; hasta ahí bien, pero tal vez deberían trabajar el equilibrio y el espacio musical. La gente quería escucharla más a ella, y le concedió mucho espacio a solos de sus músicos sin gran valor especial. El batería azotaba los parches con tal fervor que la pasión se hacía visible en su cuerpo; sacudía la batería mordiéndose el labio inferior, con las baquetas a veces bajo el brazo; alguno de sus solos fue tan extenso que el pianista se entretenía mirando al público.
Un recorrido lleno de matices sonoros que mantuvo al público atento a cada giro, desde los pasajes más ligeros hasta los momentos de mayor intensidad emocional
El contrabajista se caracterizó por su austeridad, y el pianista reveló una serena energía e hizo coros, incluso cantó en la original Second guessing, sentado al piano eléctrico, ante un micro que se iba cayendo. Aún así, el talento de la jefa es desbordante, y escucharla cantar de forma cada vez más original y atrevida es una delicia.
Concluyó el programa de Cartagena con una pieza, The trolley song, de la película protagonizada por Judy Garland Meet me in San Luis, que el pianista introdujo con un boogie vertiginoso tras los juegos vocales de la cantante mostrando su cautivadoramente agradable sonrisa.
Cécile McLorin Salvant sigue demostrando el triunfo del talento puro sobre lo superficial, su capacidad de transformación y experimentación musical dentro y fuera del jazz contemporáneo.
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