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En su rincón

Carlos Pardo: Beatus ille viator

El artista Carlos Pardo Gómez, cuya obra se nutre de la música y de la naturaleza que lo rodea en su nueva vida en el Cáucaso

Carlos Pardo en las dunas de Guardamar del Segura.

Carlos Pardo en las dunas de Guardamar del Segura. / Javier Lorente

Javier Lorente

Javier Lorente

Nunca ha sido amante del ruido, sino de la tranquilidad y de la música. Se retiró un día para construir una casa de piedra, con sus propias manos, cerca de la desembocadura de la Rambla del Cañar, entre la Azohía cartagenera y Mazarrón. Siempre necesitó la música; toca varios instrumentos. Carlos Pardo Gómez, con su bisabuelo, su abuelo, el hermano de su abuelo y su padre, es un eslabón más en una saga familiar dedicada al arte, desde construir carrozas, como esculturas fantásticas, o pintar los rincones de nuestra Región. Se crió en los talleres familiares y desde muy niño se fue formando en la cosa de crear con las manos y con la imaginación.

Hacía mucho tiempo que no lo veía y he aprovechado que, coincidiendo con su exposición en la sala Arquitectura de Barrio, está pasando unos días en Guardamar del Segura. A Carlos le ha cambiado la vida en los últimos años desde que conoció a su mujer, Svetlana Berezhnaya, virtuosa y mundialmente famosa concertista de piano y órgano, así como directora de ópera. Vive con ella en una casa en el Cáucaso, en un territorio ruso que linda con Armenia y con Georgia, una zona privilegiada rodeada de bosques y ríos, una zona de tierras fértiles que le permite tener amplios jardines y un huerto de hortalizas y frutales: “Me paso las horas entre los huertos y el estudio. Allí todo es inmenso, la naturaleza es desbordante, hago rutas de senderismo por un paisaje espectacular y también tengo un taller muy amplio. Lo que más me gusta es escuchar a mi mujer mientras toca el piano; me inspira. Yo siempre he pintado mientras escuchaba música, pero esto ya es otro nivel, realmente el paraíso”.

Pero el cambio de la nueva vida de Carlos Pardo va mucho más allá porque acompaña a su mujer en sus constantes viajes por todo el mundo. “De no viajar nunca, he pasado a acompañarla en sus giras y vivir temporadas en hoteles de toda Italia, Suiza, resto de Europa o Rusia. Mis conocimientos musicales me permiten ser su asistente con el órgano, pero también aprovecho para ver todos los museos y exposiciones que puedo y para pintar cosas de pequeño formato que puedo transportar. A donde más vamos es a Italia; nos la recorremos de punta a punta. Además, escucho más música que nunca, todo el día de conciertos y óperas. Cuando volvemos al Cáucaso, igual, porque allí la música es como aquí el fútbol; vas a la plaza a comprar y la mujer del puesto te canta ópera. Esto casi es como vivir un sueño musical y artístico. Allí la cultura es una prioridad; cuando ven a un niño que destaca en alguna disciplina, llaman a su familia y le ponen a su disposición los mejores profesores y los mejores centros”.

Me cuenta que está enamorado de aquellos cambios de luz y de color de las estaciones, que ha descubierto la maravilla de los bosques caducifolios, las brumas de las mañanas y del invierno, la variedad de los tonos blancos de la nieve… No lo recordaba tan locuaz, tan expresivo con esas manos poderosas… Sin duda está entusiasmado con su nueva vida, con sus viajes y con aquellas tierras del Cáucaso. Me describe paisajes, me habla de las gentes, de la gastronomía, de la facilidad de los nativos para los idiomas, de la efervescencia cultural, del mundo pictórico y escultórico que está conociendo… “No me imaginaba tanto arte y no paro de descubrir y aprender”, y me cuenta que ha hecho varias exposiciones, incluso en San Petersburgo, donde siempre aprovecha para perderse en el fabuloso museo de L’Hermitage. También ha realizado varios talleres para niños y jóvenes, así como clases magistrales para estudiantes: “Allí el arte lo llevan dentro, hay mucho nivel y no me extraña que en aquellos países surgieran las vanguardias”.

La perspectiva de ver ahora las cosas desde lejos le hace valorar de otra manera la cultura de nuestra Región: “Veo muy vital el arte en Murcia; me da mucho gusto encontrarme otra vez con mis compañeros de gremio. Ya expuse otra vez, hace dos años, en Arquitectura de Barrio. La muestra actual se llama Otoño-Invierno y son cuadros de pequeño formato que puedo transportar fácilmente en avión, junto a otros que traigo enrollados, sin bastidor. He pintado aquellos paisajes, incluso los caballos; tal vez he cambiado la paleta de colores; los grises aparecen con más solidez; el invierno es muy tostado y negro, con muchos contrastes. En el Cáucaso el invierno es otro mundo y el otoño toda una orgía de colores. Me gusta pintar del natural; salgo al campo y al bosque, y cuando no, aprovecho los grandes ventanales de mi estudio que dan al huerto”. Me cuenta que los huertos son muy importantes para aquellas gentes, que más del 40 por ciento de la verdura y frutas que consumen las familias proceden de sus propios huertos. “Lo que la gente de aquí no sabe es que gran parte de nuestras variedades frutales proceden genéticamente de aquella zona, desde la uva, el albaricoque, las peras, las manzanas… todo se generó en aquel rincón. A mí me encanta y este año hemos hecho vino con nuestra propia cosecha. El huerto es la base de la vida y una manera inmejorable para practicar la creatividad. Todo está dentro de una semilla, es la magia de la vida”.

Pardo está trabajando en el diseño de escenografías de ópera; me enseña fotos en el móvil de algunas de ellas, impresionantes; me sorprende una gran cabeza, articulada, de más de 5 metros. Trabaja con un equipo de gente: herreros, carpinteros, ingenieros… “Pero sigo necesitando la pintura para expresarme y para vivir. Me interesan y me hacen pensar los discursos creativos de comisarios y críticos, pero nada como sentir la pintura. Yo soy muy intuitivo y muy inquieto. No me gusta copiarme a mí mismo, prefiero investigar y estar siempre aprendiendo”. Estos días ha pintado en directo en su exposición, mientras Svetlana tocaba el piano: “Lo estamos haciendo por teatros e iglesias de toda Europa. Es una experiencia espiritual”.

Nos despedimos mientras me da consejos de salud: “Me quité del tabaco, tampoco bebo alcohol y hago ejercicio, salgo a correr y tengo un gimnasio en casa”. Se le nota hecho un figurín y es puro músculo y fibra. “Mens sana in corpore sano”. Le haré caso.

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