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Entrevista | Erik Harley Artista

Erik Harley: "Murcia tiene esa mezcla única de locura, ingenio y despropósito que define muy bien el espíritu del Pormishuevismo"

El responsable de los perfiles virales de @preferiria.periferia acaba de publicar ‘Rotondas & mamotretos’, un libro en el que, por supuesto, habla de nuestra Región

Además, este próximo sábado será uno de los ponentes protagonistas del festival Mu-tantes

El artista especializado en urbanismo Erik Harley.

El artista especializado en urbanismo Erik Harley. / Patricia Rubio

Asier Ganuza

Asier Ganuza

Son muchos los escritores, dramaturgos y cineastas con vis cómica que, en alguna entrevista, conferencia o discurso del tipo que sea, han argumentado que el humor es una herramienta tremendamente efectiva a la hora de llamar la atención del lector o el espectador sobre cuestiones más serias, incluso sin una pizca de gracia. Sin embargo, seguro que no son tantos los urbanistas que tiran de jajas a la hora de poner de manifiesto los desmanes arquitectónicos y, sobre todo, políticos que, vinculados a la ‘cultura del pelotazo’ –pero también en la actualidad–, han convertido nuestras calles en una sucesión de obras mastodónticas inacabadas y aberraciones verticales que obedecían más a la ostentación que a la ordenación del territorio. Erik Harley es uno de ellos —o el único—, y en los últimos años se ha convertido en toda una celebridad en redes gracias a su magnético carisma y su incisivo sentido del humor. Por si no lo conocen, se le suele encontrar en redes como @preferiria.periferia, ha acuñado el término ‘Pormishuevismo’, acaba de sacar un libro llamado Rotondas & mamotretos (Anaya Touring, 2025) en el que la Región es protagonista y este sábado será uno de los protagonistas de la nueva edición del festival Mu-tantes. Aprovechamos la coyuntura para charlar con él.

Lo ha explicado mil veces, así que le pido perdón de antemano, pero..., a fin de situar al lector (a los más despistados), dígame: ¿qué es el Pormishuevismo?

El Pormishuevismo es una forma de entender el territorio —y la vida— basada en el impulso, el ego y la falta de reflexión. Es el «hagámoslo porque podemos», el «ya veremos luego», el «esto va a quedar precioso», aunque luego arruine media costa. Es una corriente no declarada oficialmente, pero perfectamente reconocible: un urbanismo impulsivo, de decisiones tomadas más con el hígado que con la cabeza. Y, aunque yo lo analizo con humor, detrás hay una mirada crítica sobre cómo se ha construido este país y qué idea de progreso hemos confundido con prosperidad.

Este -ismo, además, es muy español, ¿no? ¿Qué hay en el agua —o en el aire— en la ‘gran piel de toro’ para que este ‘movimiento’ calara tanto entre nuestros políticos (más que entre los arquitectos, incluso)?

Totalmente. El Pormishuevismo es tan español como las tapas y el «ya si eso». Es el resultado de mezclar picaresca, improvisación mediterránea y una cierta fascinación por el pelotazo como forma de éxito. En España no solo hemos querido tener un edificio emblemático: hemos querido tener el más grande, el más alto o el más caro. Y sí: curiosamente, el fenómeno no surge de los arquitectos –que a menudo son víctimas de estas decisiones–, sino de la política y la gestión, de esa manera de gobernar a golpe de ocurrencia y titular, sin pensar en el territorio como un organismo vivo, sino como una pizarra sobre la que dejar huella.

"En España no solo hemos querido tener un edificio emblemático, sino también tener el más grande, el más alto o el más caro"

Erik Harley

— Artista

En honor al provincianismo, le quiero preguntar por Murcia. ¿Qué tiene esta Región que la hace tan fértil para el Pormishuevismo?

Murcia es, lamentablemente, una joya pormishuevista. De La Manga a la Ciudad del Vuelo en Alhama o los resorts de Polaris World. Es impresionante cómo un territorio puede concentrar tantas cicatrices urbanísticas. Pero también es un laboratorio: aquí se ve con claridad cómo un modelo de crecimiento mal entendido puede alterar para siempre el paisaje y la identidad de un lugar. Y no lo digo con desprecio: lo digo con fascinación y tristeza a la vez. Porque lo murciano tiene esa mezcla única de locura, ingenio y despropósito que define muy bien el espíritu del Pormishuevismo.

En su último libro, Rotondas & mamotretos, nos dedica unas cuantas páginas; además, con especial atención a las rotondas, que es algo que por aquí nos fascina. ¿Qué le ha parecido nuestro particular catálogo de ‘horrotondas’?

Me fascinan. Murcia es un parque temático del arte rotondil. Hace años hice un reportaje para El Intermedio sobre ellas y no había manera de abarcarlas todas. El monumento a los dentistas, la ‘araña’ de colores que resulta ser una ninfa, la mezcla entre el cuerpo de menina y alma de muñeco Michelin que hay en Ceutí, un planeta hecho de jamones en Alhama… Es un universo paralelo. Las rotondas murcianas son pura narrativa: cada una cuenta una historia de orgullo local, de presupuesto sobrado o de «mi primo es escultor». Son un patrimonio del disparate que merece estudio. Y no es casualidad que Murcia haya sido el caldo de cultivo de las muchas irregularidades del ‘Caso Rotondas’.

Pregunta comprometida: ¿Puede ser Murcia la ciudad con las rotondas más feas de España?

La belleza es un concepto relativo y la estética es un constructo social del que intento evitar hacer juicios de valor, pero el estilo murciano es innegociable. A mí me encantan porque son únicas. Ahora, si alguien me dice que son feas, no seré yo quien le lleve la contraria: el Pormishuevismo no busca gustar, busca llamar la atención y, en esto de las rotondas, Murcia es una campeona.

"Las rotondas de Murcia son pura narrativa: cuentan historias de orgullo local, presupuestos sobrados o de 'mi primo es escultor'"

Erik Harley

— Artista

¿Hay alguna otra oda murciana al Pormishuevismo —más allá de las rotondas— que le fascine especialmente?

La Ciudad del Vuelo, en Alhama, me parece sublime: una urbanización que en lugar de calles proyectó pistas de aterrizaje y, en lugar de garajes, hangares para avionetas. Era el sueño de llegar volando a casa después del trabajo. La realidad, claro, se encargó de aterrizar la idea... Pero me interesa mucho porque representa esa mentalidad de los años del exceso, cuando todo parecía posible y el territorio era solo un tablero del Monopoly. Lo mismo que pasó con Polaris World o con tantos desarrollos que convirtieron el paisaje en un decorado. Hay un dicho masái que dice que no hemos heredado la tierra de nuestros padres: la hemos tomado prestada de nuestros hijos, y no me quiero ni imaginar la bronca que nos van a echar cuando vean lo que hicimos con ella.

En unos días le tendremos por aquí dentro del festival Mu-tantes, ¿qué tiene preparado?

Una sorpresa. Si lo cuento, ya no sería pormishuevista...

Cambiemos de tercio, entonces. ¿Cómo lleva la fama? Tengo la sensación de que sus perfiles en redes han cogido mucho peso en el último año y pico y cada vez es más habitual verle como invitado en otros canales, medios, etc.

Honestamente, echo de menos el anonimato: coger un tren sin pensar si alguien me va a reconocer o poder charlar con amigos en un bar sin sentir que hay alguien escuchando la conversación. Pero entiendo que forma parte del camino. Sí, gracias a eso conseguimos que el urbanismo entre en la conversación pública –que se hable de cómo nuestras ciudades afectan a la vida, a la salud o el clima–, entonces merece la pena. Solo intento mantener un equilibrio: que lo público no se coma lo personal. Mi familia, mi marido, mis amigos, mi casa…, eso es sagrado y absolutamente privado.

¿Cuál es el problema urbanístico que más le preocupa ahora mismo? Algunos dicen que lo que hay que hacer es seguir construyendo más y más...

La vivienda. Sin duda. Se habla mucho de construir más, como si el ladrillo fuera una solución mágica, pero los datos no acompañan esa lógica. En ciudades donde la población ha bajado, los precios siguen subiendo. Eso demuestra que el problema no es de oferta y demanda, sino de especulación y de mal uso de lo existente. El verdadero reto no es edificar más, sino repensar cómo habitamos lo que ya existe. Tenemos viviendas vacías, barrios degradados y un parque público insuficiente. Y mientras tanto, seguimos entregando suelo público a la iniciativa privada como si el urbanismo fuera una herramienta para generar rentas en lugar de garantizar derechos. El artículo 47 de la Constitución dice que todos tenemos derecho a una vivienda digna y adecuada, pero lo trata como un principio inspirador, no como una obligación jurídica. Y ahí está el error. Ese artículo debería ser de cumplimiento efectivo, no una declaración de buenas intenciones. Porque el acceso a la vivienda no es un privilegio: es la base material de la ciudadanía. Sin vivienda, no hay igualdad, ni arraigo, ni libertad real.

Una última cosa, Erik: son muchos los -ismos que hoy entendemos como algo del pasado, ¿el que usted ha acuñado también o no vamos a tener esa suerte?

Ojalá pudiera decirte que es historia, pero el Pormishuevismo sigue vivito y coleando. Porque no solo habla de cómo construimos, sino de cómo pensamos. Mientras sigamos creyendo que generar riqueza implica destruir naturaleza, o que más siempre es mejor, seguirá existiendo. El día que entendamos que la verdadera modernidad está en cuidar, no en acumular, ese día –y solo ese día– podremos decir que el Pormishuevismo se ha terminado.

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