Cartagena Jazz Festival
Tigran Hamasyan, rozando el frenesí
El virtuoso músico armenio despidió la segunda semana del festival con un concierto que se sintió con una buena sacudida, con jazz contemporáneo, rock progresivo, algo de metal, folk y electrónica

Tigran Hamasyan en El Batel. / Iván Urquízar
De la calma chicha de la jornada anterior con Gustavo Santaolalla pasamos a una tormenta desatada por Tigran Hamasyan, un pianista incontenible, experimentador nato, que encontró una recepción de estrella de rock. A nadie dejó indiferente el músico armenio, que provocó alguna espantá ya desde los primeros momentos. Fue un show inolvidable incluso para los huidos, que dejó la sensación de una buena sacudida.
Reconocido por su virtuosismo y energía en escena, el pianista armenio, que fusiona jazz contemporáneo, rock progresivo, metal, música folclórica, utillería electrónica y experimentación sonora, se ha consolidado como una de las voces más innovadoras del género. The bird of a thousand voices, su disco conceptual de elocuente título, le ha proporcionado toda clase de parabienes críticos. Repleto de influencias, maneja mil ideas; es uno de los músicos más singulares y deslumbrantes de la escena internacional, visionario, inclasificable. No escucharás nada parecido.
Un concierto de Tigran –que lucía chupa negra rockera– es energía, poder, dudas, fuerza, ganas de hacerse sentir y comunicar emociones, experimentando con compases extraños y coqueteando con el heavy metal; sus armonizaciones son más apegadas al jazz, pero los contrastes pertenecen recurrentemente a la música clásica fusionada con metal y utilizando elementos de la música electrónica. Mostró su gran erudición a través de un discurso cargado de conocimientos académicos sobre la improvisación y el bebop, y una maestría en cuanto a su concepción de los elementos rítmicos, texturas y polifonías, llevados al cenit del expresionismo musical.
El lado oscuro del metal
La actuación comenzó con The curse en lo que parecía un tema de lo más apacible. De repente, sin previo aviso, su batería y su bajista irrumpieron con una explosión de energía, revelando la complejidad rítmica de su música (la batería estableció un pulso constante durante todo el concierto), mientras el teclista tocaba una flauta lanzando melodías folclóricas. Siguieron con The quest beggins, y Tigran anunció la siguiente pieza: una canción nueva de un próximo proyecto, War time poem, adelanto de su disco Manifeste, con un toque fuerte y muy metal. ¡No hay prisioneros! No sorprendía ver cabezas batiendo en plan headbanger metalero. De la tralla pasaba a un pianismo lírico, bop y abstracto, echando mano de los sintes, percutiendo las tripas del piano, para continuar con un sonido de órgano y alcanzar un clímax brumoso, denso.
Lo de Tigran Hamasyan fue una experiencia musical fascinante y ecléctica. La actuación combinó momentos de serenidad con explosiones de emoción. Desde el primer acorde se percibió una claridad en la ejecución y una profundidad conceptual que evoca la esencia de la música popular armenia, llevada a una dimensión de exploración armónica que roza el frenesí. Cada giro melódico, cada disonancia armónica, parecía una invitación al caos controlado, donde las reglas del jazz se disuelven. ‘Death jazz’ lo llamaron algunos a mediados de la década de los 2000 con la idea de que los músicos de jazz se pasaran al lado oscuro del metal.
Encorvado sobre el piano, con la cabeza casi tocando las teclas a la manera de Glenn Gould, Tigran mantenía la mirada fija en su piano, de espaldas al público. Parecía moverse entre el trance y la meditación, como si canalizara fuerzas invisibles a través de las teclas. Su trío acompañante demostró una compenetración sublime. Arman Mnatsakanyan en la batería alternó entre la precisión rítmica más feroz y la sutileza más delicada (pianista y baterista tuvieron un mano a mano en Our film, cuyo silbido introductorio se tornó en algo parecido a una invocación al groove, de cadencia casi hip-hopera). La destreza de Yessaï Karapetian a los teclados despachó todas las emociones sonoras con aplomo imperturbable, mientras que la contundencia de la sección rítmica vino del inquebrantable bajo de seis cuerdas de Marc Karapetian, firme y creativo, sosteniendo cada transición con elegancia, cantando en ocasiones. El espectáculo dejó espacio para algunos emocionantes momentos improvisados, con Tigran de pie para tocar los dos sintetizadores a su lado, alternando entre un bajo de sintetizador chispeantemente funky y algunos solos deslumbrantes, mientras que Karapetian lo seguía nota por nota en algunas de las líneas al unísono más intrincadas y complejas; muchos en el público se quedaron sin aliento ante su audacia. Una experiencia sensorial completa con atmósferas que iban desde lo contemplativo hasta lo apocalíptico. Las pausas entre canciones servían para que el público recuperara el aliento. Tras presentar a sus músicos anunció la próxima canción, una nueva: Dardaham.
Todo culminó en Only the one who brought the bird can make it sing: su amenazante línea de bajo de sintetizador serpenteaba mientras la banda cantaba al unísono sobre el ritmo a medio tiempo, que se hizo drum ‘n’ bass, y dio paso a unos solos frenéticamente heavys. Tigran sacudía su cuerpo mientras surfeaba sobre una ola de líneas de sintetizador. En ese momento la banda realmente despegó con esta música delirante, conceptual y brillantemente ejecutada. Costó arrancarles un bis, la sala se había quedado a la mitad, salieron sin el batería, y tirando de electrónica crearon una atmósfera espacial como de score de Blade Runner a lo Vangelis, silbando y evocando pasajes de tierras armenias.
En los solos de piano de Tigran se podían escuchar ecos de Brad Mehldau, Herbie Hancock y los grandes maestros de la tradición armenia. Su técnica es impecable, pero lo que realmente destaca es la audacia con la que empuja las fronteras del jazz, y la armonía, una serie de pulsaciones que no conocen de reglas fijas. A dónde llegará es una incógnita, pero será difícil superar esto.
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