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Música

Gustavo Santaolalla abriendo chakras en el Cartagena Jazz Festival

El músico argentino convirtió El Batel en un templo sonoro de introspección y calma, en un concierto tan místico como hipnótico, donde el virtuosismo rozó el trance

Santolalla durante el concierto en El Batel.

Santolalla durante el concierto en El Batel. / Ayto. Cartagena

Gustavo Santaolalla, el experimentado hacedor de scores cinematográficos, galardonado con múltiples Oscars y Grammys, miembro fundador de Bajofondo Tango Project, que ha trabajado con el aclamado director de cine Ang Lee y con músicos como Jarvis Cocker, Trent Reznor o Eric Clapton, aterrizaba en el Cartagena Jazz. La expectación era total por parte de los numerosos fieles que llenaron El Batel (probablemente la mayoría gracias a The Last of Us). La energía suave y radiante que emana de él es inmediatamente perceptible. Su música conmueve el alma y transporta al oyente, y tiene un hilo directo increíble con su público.

En las últimas décadas, el músico y productor argentino se ha labrado una reputación como una paradoja musical: tradicionalista progresista que fusiona influencias de todo el mundo, trayendo la esencia de su tierra natal. En su cautivador álbum Ronroco, que con motivo de su 25º aniversario constituyó el pretexto para salir de gira, Santaolalla parece tender un puente entre mundos estilísticos con una fluidez asombrosa donde surgen melodías agridulces y formas folclóricas reconocibles, pero el mayor impacto del álbum reside en su espíritu etéreo y experimental. Se trata de un poema tonal atmosférico que trasciende géneros y suena como un sueño de música del mundo con los límites difusos.

El ronroco como puente entre mundos

Santaolalla abrió los oídos del mundo a las posibilidades creativas del ronroco —un primo mayor del charango andino; cuenta con cinco órdenes de dos cuerdas, y el orden central a menudo se afina en octavas, lo que contribuye a la rica resonancia y el sustain por los que es famoso— gracias a su interpretación sensible y luminosa, y a sus composiciones intuitivas pero complejas. Su ronroco se ha convertido en un vehículo evocador de lugares y viajes, de emociones universales, con un sonido inconfundiblemente suyo. Jugó con los límites de los sonidos, con la armonía, en un giro hacia rincones más íntimos. Para sus admiradores, un sueño; para sus sufridores, que también los hubo, un sueñecito.

Cuando se apagaron las luces, pasó un tiempo antes de levantar el telón, y sonó una intro de lluvia. Sigilosamente, en la oscuridad, entraron al escenario Santaolalla y sus acólitos en fila india, como los monjes tibetanos caminando hacia el templo de 'El hombre que pudo reinar', o los ciegos del Ensayo de Saramago, todo muy solemne, en medio de un silencio sepulcral.

Ceremonia de luz, calma y sonidos eternos

Santaolalla fue llevado con ayuda a su asiento. Una vez sentado, sus compañeros se quedaron detrás, en la penumbra, mientras él comenzó a tocar cuencos tibetanos. Todo orbita a su alrededor. El set donde a modo de púlpito se sentaba su divinidad —larga melena y espesa barba blanca, tocando y compartiendo pensamientos— estaba iluminado con un foco cenital. Todo muy zen, muy relajante. A mitad de la primera pieza, también se unieron y se sentaron los demás músicos con los que colabora desde hace tiempo (Nicolás Rainone al violonchelo y al contrabajo, Javier Casalla al violín, Barbarita Palacios, sentada en el suelo de su pequeño escenario, tocando guitarras y diversos instrumentos de percusión —teclados, glockenspiel—, y Juan Luqui a la guitarra, el ronroco y el charango), algunos descalzos, como en una comunidad yóguica.

Durante los siguientes 90 minutos, el repertorio incluyó principalmente música de los álbumes Ronroco y Camino, pero también hubo muestras de sus bandas sonoras para Babel, Brokeback Mountain y, por supuesto, The Last of Us. Los músicos de Santaolalla intercambiaron instrumentos de vez en cuando, pero él interpretó casi todo con su ronroco. Cuando no lo tocaba, entraba en un estado meditativo; también sopló un gran tubo como si fuera un didgeridoo, cantó una pieza de León Gieco (Canto en la rama), incluso practicó el gutural canto difónico.

Gustavo Santaolalla durante la actuación em el Cartagena Jazz.

Gustavo Santaolalla durante la actuación em el Cartagena Jazz. / Ayto. Cartagena

"Me ha interesado la mecánica cuántica, eso de que el observador modifica lo observado", reveló Santaolalla antes de invitar a la parroquia a "hacer este concierto juntos”, obteniendo un estruendoso sí por respuesta. Fue un concierto minimal, etéreo, místico, mesmerizante, ceremonial, que debe tanto a John Cage como a Satie, frágil, suave, donde compartió sus pensamientos de un futuro promisorio. El tono general era el de un folk introspectivo llevado al extremo, con un aire innegablemente hippie y esotérico. La ejecución fue pulcra, sí, pero careció de la garra o la sorpresa necesarias para mantener al público despierto y comprometido. Bueno, sus fieles estaban encantados. El concierto fue, en esencia, un arrullo muy bien ejecutado. Una banda sonora perfecta contra el insomnio. Si el objetivo era experimentar una profunda paz interior, se cumplió. Más profundo que pasar un finde en Las Alpujarras. La parte inicial la ocupó una selección de Roncoco, cuyas piezas fueron definidas como mantras. Nada mejor para romper el hielo que Gaucho; poco después sonaron piezas como Iguazú y Endless fight, que se inscriben dentro del ambiente entendido como espacio en expansión.

Nos equivocaríamos imaginando los conciertos de Santaolalla como sermones experimentales inexpugnables. Hay una liturgia, un hieratismo, pero también improvisación. El líder y su ensemble insertaron con corte quirúrgico solos planeadores sobre la madeja de digitaciones simultáneas de las guitarras acústicas en la tradición clásica de The League of Crafty Guitarists de Robert Fripp. La música como puente para la conexión con uno mismo, cuyo objetivo final, a menudo tácito, es el "despertar de la conciencia". Un principio central de esta filosofía es que el músico no crea la música, sino que se convierte en un canal para ella, destacando su carácter meditativo e introspectivo, la tremenda conexión generada entre músicos y público, y un diseño de concierto único. Los fieles se sintieron transportados por la música, abriendo los chakras; una experiencia muy especial, diferente a otros conciertos.

Un arrullo virtuoso, sin sobresaltos

Otro famoso soundtrack de Santaolalla, Diarios de motocicleta, la película del brasileño Walter Salles sobre la travesía por Suramérica de los argentinos Ernesto Guevara y su amigo Alberto Granado, condujo a la recta final. La pieza escogida fue De Usuahia a la Quiaca, nombre tomado del disco de 1985 de León Gieco. Tras los bises, la despedida llegó con la música de ese amor prohibido de Brokeback Mountain. "Nos salió bastante bien este concierto", dijo Santaolalla al concluir este recital de bucolismo ensoñador. Incluso su forma de tocar la guitarra, con el roce audible de las yemas de sus dedos sobre las cuerdas, encajó a la perfección con la sutil humanidad del juego. La repetición constante de motivos y la estructura predecible de las piezas hicieron que el concierto se sintiera eternamente estirado. Si bien el dominio de Santaolalla sobre el ronroco es innegable, la ausencia de dinámicas y contrastes convirtió el virtuosismo en un monólogo monocromático y repetitivo. Cada tema era un paso más hacia el mismo paisaje sonoro, como un bucle infinito en busca de un clímax real.

Santaolalla es un brujo. Hace que suenen las montañas, también América entera. El timonel del Bajofondo derrochó inteligencia y sensibilidad en el diálogo con sus acólitos. Tan solo una sonrisa esbozó tímidamente al final, entre la ovación de una audiencia que había quedado ensimismada y el sobresalto de los que salieron de un profundo sueño. Saludó señalando al cielo. Namasté.

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