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Música

Con Paquito D’Rivera el jazz es divertido

El maestro cubano ofreció una lección de humor, técnica y ritmo en un concierto donde convivieron Chopin, Mozart y el espíritu de Dizzy Gillespie con un quinteto de lujo y un repertorio con la energía del mejor jazz latino

Paquito D’Rivera junto a su quinteto en la 44ª edición del Cartagena Jazz Festival.

Paquito D’Rivera junto a su quinteto en la 44ª edición del Cartagena Jazz Festival. / Iván Urquízar

Paquito D’Rivera, el veterano saxofonista y clarinetista cubano, volvió, cuatro años más tarde, en formato de quinteto al Cartagena Jazz (la ciudad de Isaac Peral) para ofrecer una clase magistral del mejor jazz latino. En forma a sus setenta y siete años, no para de girar por el mundo. Traía un trabajo titulado La Fleur de Cayenne, realzado con el onírico vibráfono del colombiano Sebastián Laverde, quien se sumó en Cartagena a los excelentes instrumentistas de la denominada Madrid–NY Connection Band: el contrabajista Reinier Elizarde, ‘El Negrón’, el baterista Georvis Pico y el pianista, director artístico y arreglista Pepe Rivero, todos cubanos. El repertorio se alimentó de bebop, estándares, raíces latinas..., entre lo clásico y lo popular. Tarareando melodías del joven Mozart terminó el público, ‘dirigido’ por Paquito.

El Maestro salió sonriendo, con su saxo alto bajo el brazo y un clarinete con el que, a modo de catalejo, oteó al público. "¿Están ustedes bien? Pues dentro de un ratito van a estar mejor". Su gran naturalidad para conectar con lo mejor del jazz afrocubano, su técnica impecable como instrumentista y su uso del humor, cercano al de Dizzy Gillespie, le permitieron conquistar al público. El quinteto respondió bien a la propuesta de un líder que mostró una técnica incontestable, especialmente al clarinete.

Brillaron sobre todo el piano de Rivero y el vibráfono de Laverde, que se movían cómodos en el lenguaje propuesto, y resultó muy eficiente la sección rítmica. Los músicos intercambiaban ideas con velocidad y buen gusto. Hubo mucho que saborear en el palpitante acompañamiento del vibrafonista y la brillantez al piano ‘ellingtoniano’ de Rivero. Los solos de D’Rivera mostraron una poesía desarmante.

Comenzaron con Nocturno en la celda (basada en el Nocturno Opus 9 Nº 2 de Chopin), una pieza del disco Los boleros de Chopin, arreglada por el pianista; el tumbao de Pepe Rivero encajó cómodamente dentro del esquema de Chopin, porque el groove pertenece a cualquier lugar donde pueda respirar, dando paso a un joropo venezolano tímbrico y brillante; La fleur de Cayenne, con Paquito al clarinete; aprovechó para anunciar las nominaciones del tema a un Grammy latino y un Grammy a secas. Siguió una pieza de Bebo Valdés, dedicada a su hija Miriam y titulada así, que contiene una introducción de bolero y varios giros rítmicos; una balada en la que Rivero toca un piano cálido y hermoso, y D’Rivera hilvana líneas líricas en su saxo alto sobre un lecho armónico y contenido de piano y vibráfono. Con El bajonauta, que escribió para el gran bajista portorriqueño Eddie Gómez (una pieza no para el bajo, sino contra el bajo; pocos pueden, es casi un suicidio), puso a prueba a su contrabajista, que salió bien parado, luciéndose con numerosas citas en su improvisación. Paquito se apartaba para otorgarle mayor visibilidad.

La versión brava y elocuente del segundo movimiento del Concierto para Clarinete en La Mayor de Mozart, aquel Adagio que arregló desde las filas de Irakere, iba aumentando la velocidad, mezclando una palpitante fraseología clásica con su propia elocuencia, alegre y vigorosa, al clarinete. Ahí escuchamos su toque más apasionado, y al ser tocado ‘como se debe’, demostró, como explicó, que el gran compositor no era de Salzburgo, sino de Nueva Orleans. Se lo había revelado Wynton Marsalis, que hizo algunas pesquisas («si ustedes escuchan bien, es un blues»). Puso de manifiesto que el jazz es divertido. Con él hay que oír para creer: es fantástico (le disculpamos la cita de "Hola don Pepito", que dijo era su favorita). La destreza y la concentración que requirió tocar esa pieza correctamente fueron particularmente asombrosas.

Un Paquito lanzado a tumba abierta lo inflamó todo. El fuego era eminentemente latino, como sus protagonistas, pero también jazzístico y, sobre todo, barroco, romántico y clásico. Para la siguiente pieza, Milonga gris, del argentino Carlos Aguirre, que resonó a Piazzolla, Paquito dejó que la tocaran sus acompañantes abandonando el escenario, no sin antes afirmar que era un tema muy alegre, pero que, claro, al ser Aguirre argentino, de ahí saldría el título, ya que Argentina es el único país del mundo donde a uno le toca la lotería "y se pone a llorar". Como en otras piezas, hubo un diálogo efervescente entre piano y vibráfono.

Lecuona y Celia Cruz

Paquito rehuyó el formato de líder más acompañantes. El efecto no eran fuegos artificiales porque sí; era destreza en movimiento, del tipo que invita en lugar de apabullar. Tan seguro parece estar de su autoridad instrumental que la música le fluye de los labios a borbotones, casi sin pensar, con brillantez instantánea y automática.

Hubo un recuerdo para el gran Dizzy Gillespie, al que dedicó una pieza, combinación de bolero y bossa nova, que escribiera el día de su muerte: I remember Dizzy (con cita de A Night in Tunisia); la enlazó con Dizzy spells, arreglada por el pianista. Paquito transmitió la máxima de Ellington: "Arreglar es recomponer. Yo pienso que a Dizzy le hubiera emocionado escuchar esto". Llegando al final, ligaron otro homenaje al maestro Ernesto Lecuona, que compuso páginas inmortales de la música cubana y española. Este año se cumplen además 100 años de "la artista cubana más monumental de todos los tiempos; Celia Cruz", y les dedicó a ellos un fragmento de la Suite Andalucía de Lecuona (no podía estar ausente en el repertorio) que terminaron fundiendo con Siboney, impregnada de misterio exótico a lo Duke Ellington, pero manteniendo el carácter del original.

El encore fue una pegadiza y bailona Pa’ Bebo, homenaje al gran Bebo Valdés de Pepe Rivero, un tema con clave de chachachá, de un groove sólido que hizo de epílogo. En Cartagena, Paquito D’Rivera y su quinteto demostraron que una melodía de Chopin puede incorporar un tumbao, que un movimiento lento de Mozart puede transmutar en blues, y que un público entusiasmado puede cantar sin miedo a equivocarse. En eso consiste el gran jazz.

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