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Música

Taylor Swift no es perfecta: ‘The life of a showgirl’ es un álbum irregular de la estrella encantada de conocerse

La cantante de Pennsylvania entrega un cancionero menos efervescente de lo esperado, en el que saca poco partido de su alianza con los ‘hit makers’ Max Martin y Shellback, y que sugiere cierto estancamiento y precipitación

Taylor Swift en una imagen promocional de su último disco.

Taylor Swift en una imagen promocional de su último disco. / EPC

Jordi Bianciotto

En medio del ‘Eras tour’, en 2024, Taylor Swift se las apañó para escaparse unos días a Estocolmo y grabar un álbum con los ‘hit makers’ Max Martin y Shellback. Asombrosa productividad, la de esta creadora pop que ya había entregado cuatro álbumes en cuatro años, coronados por ya algo abusivo ‘The tortured poets department’, con 31 canciones en su versión extendida. Ahora, ‘The life of a showgirl’ resulta más manejable: 12 temas, su segundo disco más corto (41 minutos). La ambición se presenta en otros flancos, y no siempre va a juego con el resultado.

Se suponía que ‘The life of a showgirl’ era un álbum de pop extrovertido, en línea con esa vedete o ‘entertainer’ de revista a la que aluden el título y la portada, y con las credencias de sus productores y compositores: con ambos firmó en el pasado hitos como ‘Shake it off’ o ‘Blank space’. Expertos en ganchos melódicos, no acaban de definirse en este álbum, que queda a medio camino entre lo que pudo haber sido y la estela del intimismo brumoso de los recientes trabajos de Swift con Aaron Dessner y Jack Antonoff.

Un contrato con el Real Madrid

La pregunta pertinente es de qué puede escribir, y con semejante rapidez, una superestrella metida en la vorágine de lujos, adulación y agenda milimétrica de su última gira de estadios. El factor lírico es crucial en el ‘fenómeno Taylor’. No comienza mal con ‘The fate of Ophelia’, casando un ocurrente pop electrónico con el personaje de ‘Hamlet’, al que alguien (¿su famoso novio Travis Kelce?) salva de un destino trágico.

Luego la vemos fascinada por un mito en ‘Elizabeth Taylor’, otra pieza notable, con su ‘dropping names’ de referencias opulentas: Portofino, Cartier, el restaurante hollywoodiense ‘Musso and Frank’. Lo exclusivo vuelve a asomar en “Wi$h li$t’, pero con un repentino giro crítico que suena a cliché: ahí compara todo aquello por lo que, entiende, la gente corriente suspira (la “vida de yate y palas de helicóptero” o, atención, “un contrato con el Real Madrid”) con lo que la mueve a ella: “Yo solo te quiero a ti”, y “tener un par de hijos”, y “decirle al mundo que nos deje en paz”.

Los estribillos fulminantes no terminan de llegar y el álbum se va encallando, aunque ‘Opalite’ engancha a primera escucha y ‘Father figure’ despliega una sedosa dinámica con vistas (acreditadas) a la homónima pieza de George Michael. Números que podrían ir al cajón de los poetas torturados y un simpático giro disco-soul en ‘Wood’, con sus sinónimos de ‘pene’ (“varita mágica”, “árbol de secuoya”, “roca dura”). Sí, definitivamente, este es un disco de tributo a Kelce. Y un manifiesto de la estrella encantada de conocerse, “inmortal”, dice en la pieza titular, dueto con Sabrina Carpenter con micro-toques country. Un tipo de afirmación que son los demás quien deberían hacerla y que queda feo en tu propia voz. Taylor Swift, 2025.

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