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Entrevista | Vanesa Muela Música

Vanesa Muela: "La tradicional es una música para jugar con ella"

La vallisoletana regresa veinte años después a Barranda para repasar hoy, junto a Rodrigo Jarabo, la rica tradición musical de Castilla y León:rondas, jotas, seguidillas, fandangos, romances..., pero siempre a su manera

La multiinstrumentista vallisoletana Vanesa Muela.

La multiinstrumentista vallisoletana Vanesa Muela. / L. O.

Enrique Soler

Enrique Soler

El Museo de la Música Étnica de Barranda (Caravaca de la Cruz) acoge hoy una nueva cita del ciclo ‘Conciertos sentidos’. En esta ocasión, la invitada es la cantante y multiinstrumentalista vallisoletana Vanesa Muela, que estará acompañada de Rodrigo Jarabo y ofrecerá un espectáculo bautizado como Cantares en madera y piel.

Muela, que ha consagrado su vida a reivindicar el papel de las mujeres en la música tradicional, bebe directamente de la savia de la raíz, de la pureza de las músicas de antaño. Es capaz de mantener y compartir el alma de las canciones tradicionales que ha aprendido directamente de otras generaciones en cada uno de sus conciertos.

La reputada artista transmite como nadie esa magia, esa energía y ese sentimiento que tiene la música del pueblo, esa sabiduría ancestral que la castellanoleonesa es capaz de compartir de una manera divertida, amena e interesante.

¿Qué nos ha preparado para este concierto en Barranda?

Va a ser un concierto muy especial, y esta vez voy acompañada. En Barranda, en ese mismo museo, estuve cantando sola hace ya como veinte años, pero el domingo se subirá conmigo al escenario un gran músico como es Rodrigo Jarabo, que es experto en instrumentos antiguos de cuerda pulsada: toca vihuela, cítola, el laúd barroco... Y hemos preparado un repertorio muy bonito de músicas tradicionales de Castilla y León: rondas, jotas, seguidillas, fandangos y romances. Cuando voy sola, canto y toco mis instrumentos de percusión tradicional, de cocina y de parche de piel, pero como esta vez viene Rodrigo conmigo, hemos llamado al concierto Cantares en madera y piel.

Lo sencillo que es hacer música, ¿no? Unas simples cucharas pueden valer; usted lo demuestra en cada una de sus actuaciones.

Sí, me gusta siempre llevar este tipo de instrumentos, que son los que se han tocado toda la vida en prácticamente cualquier rincón de España. La gente que no tenía dinero quizás no podía encargarle a un artesano o lutier una guitarra, o una dulzaina o una gaita, pero igualmente cantaban y tocaban con lo que tenían a mano. A mí me gusta tocar con esos pequeños instrumentos de percusión, que algunos estudios llaman «doméstica»; otros dicen que son «los instrumentos pobres de la tradición», pero yo no estoy de acuerdo con esta afirmación. También me gustan mucho los instrumentos de parche de piel, que son la pandereta y el pandero, muy habituales el día del baile, que eran los domingos por la tarde; ¿cuántas veladas habrán animado en los pueblos de nuestra tierra?

Esas veladas eran, además, un alivio después de largas jornadas de trabajo. La música daba un respiro a las clases populares.

Y te acompañaba durante toda la vida. Te cantaban desde que nacías: te recibía tu madre con una nana y, a la hora de la muerte, también te acompañaban cantando. La música nos ha acompañado siempre como seres humanos –pues la creatividad y el arte son cualidades únicas de las que solo gozamos nosotros–, y, por supuesto, también cuando trabajábamos. En definitiva, las canciones conformaban y conforman para nosotros un calendario vital, marcando las etapas: el nacimiento, la infancia, la adolescencia, el rito de paso al casamiento, la vejez... Pero luego es que tenemos también un ciclo anual: durante cada mes se cantan unas canciones diferentes. En fin, creo que todos los seres humanos somos un poco músicos y nos gusta mucho cantar y tocar.

Además de las músicas tradicionales, reivindica el papel de la mujer como transmisora de la tradición oral.

Las mujeres han estado siempre en una posición un tanto ‘invisible’, porque no cobraban por hacer su trabajo. Había determinados instrumentos que tocarlos implicaba ser parte de un oficio: los gaiteros, dulzaineros o los guitarristas no tenían un teatro en el que tocar, sino que se tenían que desplazar desde sus pueblos para tocar en una procesión, hacer un baile o una romería, y cobraban por ello. En referencia a un instrumento que se toca mucho en mi tierra, Castilla y León, en lo que respecta a la dulzaina, estaba todo completamente reglado: lo que iban a cobrar, cómo tenían que vestir o lo que tenían que hacer en cada parte de la fiesta. Pero esas reglas no estaban hechas para las mujeres; a ellas no se les permitía dedicarse a estos instrumentos, pese a que también cantaban y tocaban, aunque a nivel local. Porque no salían de su pueblo, y, como digo, tampoco cobraban por hacer, por ejemplo, el baile del domingo por la tarde. Así que sí, han sido las transmisoras de este legado de patrimonio inmaterial que es la música tradicional, pero siempre han permanecido en las sombras. Pero su papel es clave: son ellas las que nos han permitido conservar esa memoria al pasarla de madres a hijas o de abuelas a nietas. Creo que es de justicia reivindicar el papel de la mujer en toda esa transmisión.

Usted es, además, licenciada en Historia, pero especializada en Estudios de la Tradición. ¿Cómo descubre este mundo?

He tenido mucha suerte, porque vengo de una familia muy folclórica. Mis padres bailaban danza tradicional y el hilo musical que se escuchaba en mi casa desde niña incluía jotas, romances, seguidillas y mayos. Además, he escuchado mucho a Eliseo Parra, al Nuevo Mester de Juglaría, a Candeal y a Jarcha.

Y el baile...

Sí. Empecé a bailar con tres añitos y con cuatro se dieron cuenta de que cantaba muy bien para lo pequeña que era; tenía muy buen oído y afinaba bien. Y empecé a cantar, claro. Con seis años ya daba conciertos yo solita –de canciones tradicionales, por supuesto– y con ocho monté mi propio grupo y grabé mi primer trabajo. Así es muy difícil no interesarme y querer saber más sobre este mundo; además, al ir cantando de un pueblo a otro, tuve la oportunidad de conversar con mucha gente y darme cuenta de la cantidad de instrumentos que no conocía, así como las diferentes formas de cantar. Porque lo pasaba muy bien cantando y me sentía muy realizada; de adolescente, de hecho, ya sabía que me iba a dedicar a esto. Por suerte, mi entorno me apoyó y por eso ahora estoy aquí; si no hubiera sido por mis padres, no habría podido.

El estudio de la tradición oral es clave para que siga viva de generación en generación, pero las variantes son casi infinitas.

Lo bueno que tiene la música tradicional es que es muy flexible; es una música para jugar con ella, y cada uno la interpreta como la siente, como la ha aprendido –dependiendo de la fuente–, etc. Al final, dentro del mismo pueblo puedes escuchar diferentes formas de cantar o de tocar el caldero o la sartén; eso, multiplicado por la cantidad de pueblos que tenemos con su propia tradición, hace que nos salgan millones de variantes. En la práctica y también en la teoría, es un mundo infinito de posibilidades.

También le gusta que sus conciertos tengan una parte didáctica.

Porque es necesario poner en contexto las cosas que se cantan. Podemos hacer un canto de trabajo y la gente joven no tiene por qué saber que quienes lo entonaban no iban con tractores. Ese tipo de cosas me gusta explicarlas. Y también hablar de la gente que me ha enseñado las canciones. Me gusta que la gente sepa a lo que viene y qué es lo que va a escuchar, y normalmente el público lo agradece un montón.

¿Por qué momento pasa el mundo de la tradición oral?

He visto muchas modas a lo largo de mi vida... Ahora mismo, si el mundo de la tradición oral fuera una montaña, estaríamos en la cúspide. Estamos de moda, es así, y hay muchos grupos muy buenos, con mucha calidad, por toda España. Las redes sociales nos han facilitado que lleguemos a muchos públicos de diferentes edades y lugares del mundo. Pero quiero pensar que no es algo pasajero, sino un verdadero enamoramiento de cada uno hacia su tierra, una reacción a la globalización. n

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