Música
Santana en Murcia, una vibración positiva
Vestido de blanco, con una imagen de John Coltrane estampada en su camisola, y sombrero de ala ancha, el guitarrista mexicano puede que no se mueva como solía hacerlo, pero sus dedos mágicos no han perdido ni un ápice de habilidad

Carlos Santana, durante su concierto en la Plaza de Tores de Murcia. / Andrés Soto
La noche prometía ser un viaje a través de la historia del rock latino, y la banda de Carlos Santana no defraudó. La gira Oneness Tour, que celebra el 25 aniversario del laureado álbum Supernatural, llegó a Murcia para demostrar que la magia del legendario guitarrista sigue tan viva y potente como siempre. A sus 78 años recién cumplidos, Santana toca con una energía envidiable, y sigue siendo el centro de todo. Vestido de blanco, con una imagen de John Coltrane estampada en su camisola, y sombrero de ala ancha, el guitarrista mexicano puede que no se mueva como solía hacerlo, pero sus dedos mágicos no han perdido ni un ápice de habilidad. Permaneció sentado en un taburete durante gran parte del espectáculo, levantándose ocasionalmente, pero aun así sonaba como hace medio siglo, durante el apogeo de su banda en los 70; sus dedos, que parecen tener vida propia, se deslizaban por el mástil de la guitarra dorada con fluidez y pasión inalterables.
En varios momentos, se dirigió al público con mensajes de amor, unidad y espiritualidad, recordándonos que su música es, ante todo, un vehículo para la "conciencia" y la oneness (unidad) que da nombre a la gira. “Rusia, China, Corea, el Middle East, quieren guerra nuclear. Y juntos tenemos la capacidad de cambiar la conciencia, con alegría, esperanza y una vibración positiva”, soltó Carlos antes de emprender, en penumbra, junto al organista, Samba pa ti, esa balada instrumental que se ha convertido en uno de sus temas más celebrados. Su guitarra llevó la melodía de manera expresiva, con un tono melancólico y apasionado; momento relajado de pura poesía musical, un solo de guitarra que se sintió como una conversación íntima entre el maestro y el alma de cada espectador, y que empalmó con Europa (Earth's Cry, Heaven's Smile).
Carlos Santana, uno de los últimos de la generación de Woodstock, sigue siendo un mago con la guitarra. A pesar de que pasó la mayor parte del tiempo sentado delante de la batería, conjuró el encanto de su instrumento en un coso de La Condomina petado de gente, ritmo y buenas vibraciones.
Las canciones no sonaron idénticas a las grabaciones de estudio, ni siquiera a cualquier grabación en directo que hayas podido escuchar. Para cada canción hay improvisaciones diferentes, solos, momentos de percusión enérgica, teclados que fluyen como descargas eléctricas en las manos de David K Mathews, y una sensación de optimismo y alegría inigualables.
Aquí se repasó toda una carrera musical, recreada por una banda de 10 músicos que incluye a dos cantantes - el propio Carlos canta algunos estribillos-. Desde que salieron al escenario no se andaron con chiquitas. No hay preámbulo ni preparación (bueno, unos vídeos con imágenes de tribus del mundo); simplemente se lanzan a un frenesí de cuerdas, batería y teclados. Son una de las pocas bandas que verás en las que las voces a menudo parecen casi opcionales. Hay una gran cantidad de cosas sucediendo a la vez, pero milagrosamente, nunca suena caótico -todo lo contrario-. En todo caso, el espectáculo de Santana es una fiesta callejera con pinceladas de virtuosismo.
Desde el primer acorde de Soul Sacrifice, nos vimos transportados al espíritu de Woodstock (ya lo propiciaban las imágenes en la pantalla). El pulso tribal de la percusión, liderado por la formidable baterista Cindy Blackman Santana (esposa de Carlos), sentó las bases para un espectáculo de alta energía ininterrumpida. La banda, un verdadero conjunto de virtuosos, funcionaba como un solo organismo, un latido colectivo que se movía al ritmo de la guitarra de Santana, situado en discreto segundo plano, pero de sonido inimitable, abriéndose paso entre las percusiones en un alegre rompecabezas de canciones festivas. Soul Sacrifice sonó en sus 10 estruendosos minutos, dando paso a Jingo. Sin perder el ritmo, la banda se deslizó en el atemporal groove de Black Magic Woman. Carlos Santana, siempre el icono, tocaba con una mezcla hipnótica de elegancia y arrogancia, masticando chicle mientras extraía pura emoción de las cuerdas de su guitarra. Abrazando su guitarra con fuerza contra el pecho, es como si estuviera tocando las cuerdas de su corazón.
La primera parte del concierto, dedicada a su primera época, más hippie, incluyó también Evil Ways, Gypsy Queen y Oye Cómo Va, que el público coreó con una devoción casi religiosa -todavía hoy, Abraxas representa uno de los más excitantes prototipos del rock latino-. El repertorio mantuvo un magistral equilibrio entre los clásicos de los 70 y los éxitos que redefinieron su carrera a finales de los 90. Supernatural lo devolvió a la cima de las listas. Maria Maria inyectó un toque de cadencia hip-hop, y Corazón Espinado (un himno bañado por el sol, entre el encanto pop y la vena latina) hizo que su melodía contagiosa y su ritmo alegre iluminaran el coso, despertando sonrisas, caderas que se movían y un mar de brazos ondeantes. A medida que el espectáculo se acercaba a su clímax emocional, Santana presentó Put the Lights On; miles de teléfonos parpadearon, creando una galaxia de estrellas eléctricas. Fue un momento de elevación colectiva, una sinfonía visual que convirtió la oscuridad en algo deslumbrantemente esperanzador. No es fácil ser tan caliente y a la vez tan cool, pero la banda lo logró con aplomo. También hubo una evocadora interpretación de De La Yaleo y un dúo de guitarra y batería tan poderoso que es como un conjuro. Las pantallas mostraban bailes tribales africanos que también le dieron a la actuación un ambiente maravillosamente espiritual y antropológico.
Atrápalo si puedes
La música de Santana trascendió generaciones, convirtiendo a la multitud en una gran ola de ritmo y memoria compartida. El final llegó con el bis de Toussaint L'Ouverture, con un guiño al While my guitar gently weeps, de George Harrison - en otros momentos hubo también citas de Fool on the hill de los Beatles, incluso Chin chin cheree de Mary Poppins, y a nadie se le se le escapó ese instante en que la banda atacó el riff de "Iron Man" de Black Sabbath como recordatorio a Ozzy Osbourne, que buena parte del público recibió levantando la 'cornuda'-. Un apoteósico Smooth, híbrido del pop latino más ineludible de esa década, cerró el círculo con su irresistible melodía, convertido en un clásico moderno.
Pese a la ausencia de los vocalistas originales de Supernatural, los cantantes Andy Vargas y Ray Greene, que también soplaba el trombón, tuvieron a la multitud sin parar durante la mayor parte de la noche, con profesionalidad y carisma.
Fue un espectáculo que combinó la nostalgia del pasado con la vitalidad del presente, un recordatorio de que la música, en las manos de un maestro como Carlos Santana, puede ser una fuerza curativa y unificadora. Aquello no fue solo un concierto; fue una experiencia espiritual, una celebración del poder eterno de la guitarra y del espíritu humano; también un escaparate para el resto de la banda. El bajista Benny Rietveld, que acompañó a Miles Davis en los 80, deleitó al público con un solo electrizante que navegó entre el jazz-fusión y el funk, mientras que el solo de batería de Cindy Blackman Santana fue una demostración de poder y técnica que dejó a todos exhaustos. Cada músico tuvo su momento para brillar, demostrando que la banda es un colectivo de talentos extraordinarios.
Carlos Santana es un maestro cuya música trasciende el tiempo - las caras han cambiado, pero el compromiso con su arte permanece, y el bigote también-, y cuya llama no muestra signos de desvanecerse. Fue el Santana de siempre, pero con un repertorio mucho más aseado. El impulso afrolatino dominó frente a las posteriores veleidades melódicas de su dilatada carrera. El público bailó, disfrutó... No fue para menos. Con su mezcla inigualable de Afro-Latin-Blues-Rock, Santana, que nos deseó “amor, capital, paz en la mente y alegría en el corazón (y, si quieren marihuana o Tequila)”, sigue transmitiendo verdad. Atrápalo si puedes.
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