Murcian@s de dinamita
Manuel Moyano, literatura para vivir
"Concibe la escritura como una manera de vivir la realidad de manera intensa y plena"

Manuel Moyano. / Ana Martín
No sabe Manuel Moyano si la literatura es la quintaesencia de la vida, si constituye un don o una insoportable enfermedad. Esta seguro, sin embargo, de que la vida no sería tal sin su presencia. Sin ese sentirse atrapado por las historias de los autores que ha acabado admirando a fuerza de embeberse en sus creaciones.
Don o maldición, señal de vida saludable o deplorable enfermedad, ejercicio de funambulismo libertario o condena de galeote atrapado en su esfuerzo, sabe Moyano que la vida no sería plena sin su presencia, como un barco con suelo de cristal, por el que se pudiera contemplar esa otra realidad que complementa la que vemos en la superficie. Y es que, asegura, la literatura nos aporta otra dimensión. Leer y escribir son, asegura, actividades absolutamente irrenunciables.
No concibe Moyano la literatura como mera evasión, como puro ejercicio de escapismo, sino, muy al contrario: como una manera de vivir la realidad de manera intensa y plena.
Le gusta visitar las tumbas de los escritores a los que admira, y ha llegado a recoger, él, que de fetichista tiene lo justo tirando a nada, guijarros de las tumbas de autores que le estremecieron con sus historias, como Tolkien, Borges y Cortázar. Le motiva moverse por enclaves por los que deambularon antes Rabelais, Quevedo, Dickens, Goethe y Fray Luis de León, escritores todos ellos que le inocularon en algún momento una pulsión de la que nunca se ha podido desprender desde que, siendo apenas adolescente, escribía cartas a su primo en las que introducía cuentos imitando el estilo de autores que le habían entusiasmado.
Uno se imagina a Manuel Moyano atento a la realidad para percibir en ella ese hilo conductor que le permitirá construir historias con las que sabe conmovernos. Quizás por eso, a este autor tardío –así se define, a pesar de que ha publicado 25 libros desde que, con 35 años, lanzó El amigo de Kafka, prologado por Luis Mateo Díez– le gusta llevar siempre con él cuadernos que llena de anotaciones. Porque Manuel Moyano escribe hasta cuando no está escribiendo. O lo imagina.
Le gusta apuntar nombres y apellidos eufónicos con los que se topa en la vida. Posee largas listas de nombres de todas procedencias, y a ellas acude cuando necesita bautizar literariamente a un personaje. Y también ideas. Las ideas de ficción para las acciones de sus obras provienen de otras lecturas, de películas, de noticias, de sucedidos que le cuentan… porque las historias se pueden hallar, agazapadas, en cualquier lugar, prestas a saltar al papel si se les invoca convenientemente. A veces un viaje literario en solitario por Sierra Morena a bordo de un viejo coche, o remontando el río Segura hasta su nacimiento, o el periplo de oeste a este de Estados Unidos acompañado por su familia pueden constituir un excelente material literario.
A Moyano una historia le atrapa solo si ve en ella rasgos absolutamente originales y percibe que nunca ha sido contada. Eso y el hallarle un tono adecuado a lo que cuenta son sus secretos. Confiesa que, para él, lo más importante es dar con el tono que la obra necesita, y que éste suele venir con las primeras páginas, con las primeras frases, incluso. Una vez encontrado, sólo tiene que dejarse llevar por él, el tono lo lleva en volandas a través de la historia. Es Manuel Moyano autor de brújula, no de plano. Nuestro autor huye de las historias minuciosamente planificadas, y sin embargo disfruta enormemente cuando el propio libro lo conduce por caminos inesperados. Tan inesperados como esa literatura tan suya con la que sabe sumir al lector en una sorpresa continua.
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