Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Literatura

"La culpa no desaparece solo porque cumplas una condena"

Este almeriense afincado en Murcia acaba de publicar ‘Abatido por una mariposa’, un libro desprejuiciado en el que narra su paso por la cárcel de El Acebuche

El periodista Miguel Ángel Santiago, autor de ‘Abatido por una mariposa’.

El periodista Miguel Ángel Santiago, autor de ‘Abatido por una mariposa’. / Juan Carlos Caval

Asier Ganuza

Asier Ganuza

«Me llamo Miguel Ángel Santiago y estuve en la cárcel por mis malas decisiones. Me condenaron a seis meses de prisión y pasé los primeros tres encerrado en El Acebuche, la cárcel de Almería. Los otros tres los cumplí en tercer grado, con una pulsera en el tobillo, volviendo a casa cada medianoche, como Cenicienta». Así se presenta este joven periodista, no muy diferente a cualquiera de los más de cien que cada año se gradúan en Murcia, entre la pública y la privada. Él estudio en la UCAM, y acaba de regresar a la capital del Segura después de que la vida le cambiara por completo hace un año, en enero de 2024, cuando ingresó en prisión tras «perder la razón» como consecuencia de lo que él mismo define como una «relación tóxica». Una vez allí, dice que se puso a escribir para no volverse loco, y el resultado es Abatido por una mariposa (Círculo Rojo, 2025), «un libro para quienes han estado al borde del abismo, para los que quieren entender la vida en una cárcel más allá de los tópicos y para los que saben que el peor encierro es el que llevamos dentro». Lo presentará el mes que viene en El Corte Inglés, pero antes ha hablado con La Opinión.

¿Cómo se siente el tener por fin su primer libro en la calle?

Pues tengo emociones encontradas. Por un lado, siento un profundo alivio: esta historia, que ha estado latente dentro de mí durante tanto tiempo, ya no es solo mía; ahora pertenece a los lectores, y eso es liberador. Sin embargo, también siento vértigo: hacer público lo que viví no es sencillo, especialmente porque este libro es completamente honesto y sin filtros.

Supongo que no es fácil lidiar con el juicio ajeno…

No. Por eso no todos se atreven a hablar abiertamente sobre haber estado en prisión. Además, yo vengo de un pueblo pequeño de la provincia de Almería, y confieso que me incomoda sentir miradas y murmullos a mis espaldas. Sin embargo, escribir este libro ha sido terapéutico para mí, como una forma de avanzar y superar lo que viví, que fue extremadamente duro... Jamás imaginé verme en entornos delictivos, rodeado de criminales. Me sentía fuera de lugar, no podía creer cómo había acabo allí.

¿Cómo definiría este libro? ¿Es una crónica periodística, un ensayo en base a esa experiencia...?

Es una mezcla de géneros, pero, si tuviera que definirlo en pocas palabras, diría que es una ‘crónica testimonial’. Es una historia real, contada con la mirada de un periodista, pero también con la emoción de alguien que la ha vivido en primera persona. No es solo una narración de lo que pasó, sino un intento de comprender cómo llegué hasta ahí y cómo se vive realmente una experiencia como esta.

¿Cuál es su historia? ¿Por qué acabó en El Acebuche?

Fui condenado a seis meses de prisión por quebrantar una orden de alejamiento. Todo empezó con una relación que se volvió tóxica, absorbente, destructiva. Lo que en un principio parecía amor terminó convirtiéndose en una obsesión que me arrastró hasta el límite. Cuando me di cuenta de que había cruzado una línea ya era tarde...

¿Qué encontró allí? ¿Es la cárcel como se la imaginaba antes de entrar en ella?

Para nada. No es violencia y tensión constante, como en las películas; es, sobre todo, rutina, y el desgaste que ello conlleva. Es tu tiempo que se detiene mientras el mundo sigue avanzando ahí fuera. Y encontré muchas formas distintas de afrontarlo: había presos que asumían su destino con resignación, otros que no se arrepentían de nada y muchos que simplemente intentaban sobrevivir al día a día. 

¿Qué fue lo que más le impactó?

La jerarquía interna, los códigos no escritos, la forma en la que la cárcel crea su propio mundo con sus propias reglas. Y, en lo personal, encontré una versión de mí mismo que no conocía.

Ahora hablaremos de usted, pero, para escribir esta historia, entrevistó a funcionarios y presos. Empecemos por los primeros: ¿cómo se tomaron su iniciativa?

Los funcionarios, al principio, fueron cautelosos. No es común que un preso haga preguntas como periodista, y menos aún que quiera documentar lo que sucede dentro. Pero, poco a poco, algunos empezaron a hablar, sobre todo los que llevaban años allí y habían visto de todo. Querían contar cómo es realmente su trabajo, sin los tópicos de siempre. Supongo que como yo estaba en un módulo educativo vieron con buenos ojos mi iniciativa. De hecho, no solo entrevisté a funcionarios, sino también a psicólogos, trabajadores sociales…, incluso al director de la cárcel y hasta al cura.

¿Y... los segundos, los reclusos? ¿Colaboraron?

Con los presos fue diferente. En la cárcel la confianza se gana con el tiempo. Al principio nadie habla demasiado, pero cuando ven que no buscas morbo ni traicionar su historia, empiezan a abrirse. Diría que muchos tenían la necesidad de contar su verdad y de que alguien los escuchara sin prejuicios. Y cuando les enseñaba lo que había escrito sobre ellos, muchos se emocionaban al ver su historia reflejada sin adornos.

¿Cómo se acerca uno a un narcotraficante o a un asesino para pedirle una entrevista?

Dentro de la cárcel, el delito de cada preso deja de ser relevante en la convivencia diaria. No importa si eres asesino, narcotraficante o violador; cómo te perciban los demás tiene que ver más con tu actitud allí que con lo que hayas hecho en la calle. Además, ya nos habían juzgado fuera, ¿no? ¿Quién somos nosotros para juzgarnos los unos a los otros? Quiero decir: si alguien te cae mal no es por su delito, sino por cómo es o por cómo se ha portado contigo. Yo sé que esto puede chirriarle a aquellos que no hayan estado nunca en una cárcel, pero es así. Y por eso acercarme a ellos para entrevistarlos no fue tan difícil como pudiera parecer. De hecho, la voz se corrió y empezaron a llamarme ‘El Periodista’, y muchos presos fueron ellos mismos quienes se acercaron a mí en plan: «Oye, entrevístame. Quiero contar mi historia». No tenía que pedirles hablar, ellos querían ser escuchados.

¿Qué encontró en ellos?

Encontré seres humanos, no solo delincuentes. Vi arrepentimiento en algunos, orgullo en otros y resignación en la mayoría. Descubrí que la cárcel no cambia a la gente, solo la revela. Hay quienes aceptan su destino, quienes creen que fueron víctimas de la justicia y quienes solo esperan su próxima oportunidad.

¿Y qué encontró en usted mismo? Al margen de la culpa, el dolor y la ansiedad. Quiero decir: quitando todo eso –que parecen sentimientos lógicos para cualquier persona en esa situación–, ¿aquella experiencia le ayudó (o forzó) a explicarse o a entenderse?

Eso es: más que ayudarme a entenderme, la cárcel me obligó a hacerlo. En ese lugar no hay distracciones, solo tiempo para enfrentarte a ti mismo, y esa es la condena más dura. Me di cuenta de que no solo había perdido la libertad el día en que crucé esos barrotes, sino mucho antes, cuando mi vida dejó de estar bajo mi control. Tuve que hacer frente a mis contradicciones, a mis decisiones impulsivas, y revisar lo que me llevó hasta allí, y aprendí que el peor encierro no es el físico, sino el mental. La culpa no desaparece simplemente porque cumplas una condena, y la soledad se siente aún más pesada cuando es impuesta...

Y escribir le ayudó.

Me salvó. Abatido por una mariposa se compone principalmente de doce capítulos, y cada uno representa un mes. Pues bien, los primeros son un batiburrillo de rabia e impotencia, pero con cada palabra que anotaba en mi libreta iba encontrando respuestas (aunque no todas fueran agradables). Me forcé a mirarme sin filtros, sin excusas y sin justificaciones, y aunque ese proceso fue doloroso, también resultó ser muy necesario para mi crecimiento personal.

Se lo pregunto porque, como me decía en su mail, este libro no pretende ser una justificación ni nada por el estilo, sino el relato crudo, sin filtros, de su historia y una reflexión sobre lo que significa tocar fondo y –aquí viene el quid de la cuestión– seguir adelante. ¿Esa es su enseñanza?

Sí, esa es la enseñanza (si es que hay alguna). Y no, no es un intento de justificarme ni de buscar la redención. Es el relato de una caída y, sobre todo, de lo que viene después. Porque tocar fondo no significa quedarse ahí. En la cárcel entendí que el mayor desafío no es cumplir la condena, sino decidir qué hacer con todo lo que aprendes allí al salir. Escribir este libro fue parte de ese proceso: me obligó a reflexionar sobre quién era antes de entrar y quién salía de El Acebuche, y me permitió entender que seguir adelante no es algo que hagas de manera automática, sino una elección constante (por mí, por mi madre, mi padre, mis hermanos y el resto de gente que me quiere).

Ahora que está de actualidad lo de la prisión permanente revisable y después de esos tres meses ahí dentro, ¿cree en la reinserción?

Te voy a ser sincero: yo era de los que no creían en la reinserción. Pensaba que la cárcel debía servir únicamente para castigar. Tenía prejuicios sobre todo lo relacionado con la prisión. Pero no hay nada como estar ahí dentro para que tu percepción cambie por completo. Ahora, por supuesto, creo en la reinserción, aunque reconozco que hay casos y casos. He conocido a narcotraficantes que me decían que estaban deseando salir para continuar con su «trabajo», porque es lo único que saben hacer; en cambio, también he encontrado a otros que me contaban cómo pasar por la cárcel les estaba haciendo cambiar, ver la vida de otra manera y valorar a su familia.

¿Alguna historia que le impactara particularmente?

Pues mira, en el libro relato la historia de un recluso al que detuvieron en el paritorio mientras su mujer daba a luz. Este hombre traficaba con personas y ahora ve a su hijo crecer a través de un cristal cuando su mujer lo visita los fines de semana. Una vez al mes tienen un vis a vis familiar, donde puede abrazar a su pequeño. Él me confesó que se arrepentía de todo lo que había hecho y me aseguró que se está esforzando al máximo para conseguir permisos de salida, participando en cursos y actividades educativas del módulo e incluso trabajando como responsable del taller de arte. Por personas como él, creo en la reinserción. También conocí a un chaval de unos 20 años condenado a 22 por violencia sexual y que en el módulo se ha convertido en un ejemplo de buen comportamiento, y podría contarte muchas más historias, pero lo mejor es leer Abatido por una mariposa. Eso sí, advierto a los interesados de que, en palabras de Alberto Cerezuela, el director de Círculo Rojo, es «una lectura cruda, difícil, incómoda y sin concesiones». n

Tracking Pixel Contents