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Horizonte de sucesos

Pequeñas criaturas apocalípticas

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Pedro Pujante

Pedro Pujante

Hay libros que trascienden los géneros y La última frase, de Camila Cañeque (1984-2024) es uno de ellos. La autora se puso a coleccionar frases finales de libros y reconoce que lo que comenzó como una «afición inocua» terminó convirtiéndose en otra cosa. Una obsesión que cristalizó en este libro, que es una investigación, un estudio sobre las últimas frases, una guía de lectura y también una meditación sobre el Final, sobre los distintos tipos de finales. Sobre la vida, la muerte, el vacío o el apocalipsis. También una suerte de análisis literario que podría valer para un taller de escritura. O un museo portátil de finales. Cañeque se valió de 452 últimas frases de novelas, poemarios, ensayos y obras de teatro para armar este libro. El texto escrito por la autora dialoga con las frases prestadas de otros autores, creando un maravilloso escenario en el que se representa el desconcierto de la vida (confiesa Cañeque que quiso darles un orden pero que el caos se impuso). Y la vida, ya lo sabemos, es un relato que siempre guarda una frase final. Así, el final sirve como recurso literario, para dar por terminada la obra, para cerrarla. Pero también es la metáfora de una puerta al vacío, hacia la nada, lo que hay más allá del texto (o de la realidad o de la ficción). Hay en los finales, según parece, lluvia, azar, vastedad, pero también regreso al origen. En cualquier caso, necesitamos un final, no solo para la construcción de un relato, sino porque el fin tiene sentido más allá de cualquier «giro ontológico». Y aunque hay muchas obras inacabadas siempre habrá en ellas una frase final que las remate. El escritor no solo debe saber comenzar a escribir, también debe aprender a poner un punto y final. A pesar de los vaivenes de las modas, giros y tendencias ninguna novela ha renunciado a una frase final. ¿Quizá sea Finnegans wake el único caso?

En este hermoso libro no solo asistimos a un inteligente estudio de las frases últimas, de la vida como narración, de la escritura de finales o del final como metáfora de la muerte o del vacío. También es una oda al fragmento, la cita, al goce perpetuo de la intertextualidad, entendida como una conversación infinita entre autores y libros. Es, en definitiva, un relato poético y especular que mira hacía sí mismo y habla sobre cómo ha sido construido. Está escrito con una prosa inteligente, viva, capaz de generar ideas ingeniosas y de crear, a partir de un tema tan sutil como la última frase de un libro, una reflexión sobre un nutrido número de temas, que van desde lo literario hasta lo existencial. Porque, como explica la autora, existe un enorme paralelismo entre mapear el fin del mundo y los finales novelísticos. La novela, la literatura, con sus finales ficticios, nos permite poder observar, alejados del peligro, la llegada del fin. Los finales son, como escribió Camila Cañeque, «pequeñas criaturas apocalípticas».

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