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Mujeres poetas | En un claro del bosque

Margarita Ferreras: imaginario poético cargado de sensualidad

Vivió un tiempo breve en la calle Calderón de la Barca número 1 en Murcia en 1939, al final de la Guerra Civil, un dato que hace volar la imaginación sobre las motivaciones que la trajeron aquí y sobre las relaciones sociales que tuvo en esta ciudad

Margarita Ferreras.

Margarita Ferreras. / L.O.

María Encarnación Carrillo García

Durante este tiempo en el que los rigores del verano me han mantenido confinada y un tanto aletargada para protegerme de la climatología, la lectura de los poemas revelados en este claro del bosque me ha proporcionado la suficiente compañía como para olvidar un poco el calor estival.

Hoy, en esta no despedida, pues la poesía no nos abandona y siempre estará ahí, salgo al encuentro de Margarita Ferreras, la última poeta de la temporada. Su único poemario, Pez en la tierra (1932), es una apuesta lírica evocadora dedicada a Juan Ramón Jiménez con prólogo de Benjamín Jarnés que fue un éxito de crítica al publicarse.

Según algunas fuentes, Margarita Ferreras vivió un tiempo breve en la calle Calderón de la Barca número 1 en Murcia en 1939, al final de la Guerra Civil, un dato que hace volar mi imaginación sobre las motivaciones que la trajeron aquí y sobre las relaciones sociales que tuvo en Murcia. Margarita fue una persona sensible que se prodigó por los ambientes culturales de su época, pero sufrió las atroces consecuencias de la Guerra Civil: el exilio, las penurias económicas y la enfermedad mental.

El título de su poemario inspira la antología de mujeres poetas del 27 editada por Pepa Merlo, Peces en la tierra (2010), y fue entre los maravillosos poemas de estas poetas donde la descubrí. Fran Garcerá en la introducción de la reedición de Pez en la tierra en 2016 reveló datos de interés sobre ella y su obra.

En su familia la cultura estuvo siempre presente. Su padre, Francisco Ferreras Lorenzo, fue interventor de Hacienda en Palencia, y su madre, Abelisa Lorenzo García, había obtenido el Diploma de Honor Escolar en 1878. A la muerte de su padre la familia se trasladó con unos familiares a Madrid y asistió a la Residencia de Señoritas dirigida por María de Maeztu, frecuentó el Lyceum Club Femenino y fue socia del Ateneo.

Participó en numerosos eventos literarios y publicó en revistas. Tuvo relaciones con muchos intelectuales, escritores y políticos de la época; las cartas que dirigió a Miguel de Unamuno o María de Maeztu hablan del dinero que su amante, el infante don Fernando de Baviera, le debía, a la vez que se quejaba de que había sido recluida en un sanatorio debido a la psicosis exógena que padecía.

Manuel Altolaguirre, el que fuera editor de su poemario junto a su mujer, Concha Méndez, narra en sus memorias, El caballo griego: reflexiones y recuerdos (1927-1958), que se encontró a Margarita en Valencia en 1937 —curiosamente el año que se celebró el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, al que Altolaguirre asistió— y la encontró con ropas desgarradas y viejas y muy aquejada de sus nervios por los acontecimientos bélicos. Y cuenta que había conseguido exiliarse gracias a sus antiguas amistades. Altolaguirre le pierde la pista entonces a Margarita, pero hoy sabemos que en el 39 estuvo en Murcia y en el 40 en Madrid, y las indagaciones de la profesora e investigadora Dolores Fidalgo de la Asociación El Legado de las Mujeres, indican que Margarita falleció el 26 de noviembre de 1964 en Palencia mientras estaba internada en el Sanatorio San Luis, siendo enterrada en el cementerio municipal Nuestra Señora de los Ángeles.

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