Murcian@s de dinamita
Carmen Conde: la literatura como pasión
La sinceridad, una capacidad para abrir su interior a golpe de verso, será el denominador común de su obra

La literatura como pasión | L. O.
Cuando en 1978 se convirtió en la primera mujer miembro de la Academia de la Lengua, se estaba reconociendo una de las labores literarias más importantes del siglo XX en España: una dedicación apasionada y vital a las letras que se extendió a lo largo de sesenta años, durante los cuales publicó cuarenta libros de poesía, ocho novelas, antologías, ensayos, teatro, libros para niños y hasta tratados de cine, demostrando no solo una enorme fecundidad, sino también una exacerbada sensibilidad, que fue la nota distintiva de toda su obra.
Una educación moderna
Cartagena –donde pasó su juventud y a la que volvió en la última etapa de su vida– y Madrid, fueron sus ciudades de referencia.
Durante la II República, Carmen Conde fue la adalid de una modernísima y revolucionaria visión del cine en la educación para conseguir lo que ella denominaba el arma más importante que podía aportar el séptimo arte en la educación: instruir deleitando. «El cine es la conquista de más importancia realizada por el hombre. Nada tan hermoso, tan plástico, tan vivo, tan moldeador», afirmaba. Una idea hermosa, y más para quien, como el que suscribe, ha dedicado media vida a estudiar el poder del cine en la educación, incluida su tesis doctoral. «El maestro ha visto ya en el cine el agente más poderoso de la educación. El más grato: instruir recreando. Sin esfuerzo, sin tortura. Con la avidez y la simpatía con que se juega». A Carmen Conde se debe un plan de introducción del cine en las escuelas que quedó truncado, como tantas otras cosas, por la Guerra Civil y la dictadura franquista.
Acabada la contienda, en 1940, se instala en el Escorial y más tarde en Madrid con su gran amor: Amanda Junquera, esposa de un profesor de la Universidad de Murcia. Durante un tiempo viviría escondida por un crimen que no iba más allá de haber defendido el poder legal y establecido de la II República.
La sinceridad, una capacidad para abrir su interior de par en par a golpe de verso, será, desde sus mismos comienzos, el denominador común de su obra: Iluminada tierra, Corrosión, La vida es un lentísimo río de fuego o Cráterson nuevas muestras de una literatura vivencial en la que los cánticos al mundo o los lamentos sobre el eterno acechar de la muerte comparten protagonismo con el dolor provocado por la propia existencia, el destino y la inevitable soledad. Pero también la sensualidad y la esperanza se dan cita en ellos, y, por supuesto, la vitalidad, las sensaciones carnales y el humanismo, en una perfecta conjunción entre la espiritualidad y lo puramente terrenal.
El mar, que seduce a Carmen Conde y a su poesía, será otro de los temas preferidos en su obra: «Te miro siempre, hasta durmiendo». El sol cegador de nuestra costa y la intensidad de su azul serán incluso protagonistas absolutos de uno de sus libros, Los poemas del Mar Menor.
Pasión, fecundidad, sonoridad y capacidad para penetrar en lo más profundo de los sentimientos son las constantes de una obra personal, valiosa, y casi sin parangón en nuestra literatura regional.
Cada una de sus creaciones posee una intensidad difícilmente equiparable. Una mujer que, en palabras del profesor de la UMU Francisco Javier Díez de Revenga, «desde muy joven luchó por afirmar sus capacidades intelectuales, sobreviviendo a las adversidades de la incomprensión, en muchas ocasiones por el simple hecho de ser mujer, e incluso a la incomprensión política».
Murió en Cartagena, la misma ciudad que la había visto nacer casi noventa años antes.
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