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Galería Regional | Cuadros para una exposición

Antonio Ballester: Fabricar el arte

El artista se muestra capaz de mantener anclajes en mundos en apariencia, solo en apariencia, divergentes y contradictorios, esa mezcla de diseño, arte, industria, ingeniería...

Cuadro de Antonio Ballester. Volúmenes sobre fondo amarillo.

Cuadro de Antonio Ballester. Volúmenes sobre fondo amarillo.

Pedro Manzano

Pedro Manzano

Fabricar, según la RAE, es producir objetos en serie, generalmente por medios mecánicos. Un proceso de transformación de una materia (prima) en un producto (acabado). Una definición de un asunto –producir objetos en serie– que no parece, en principio, muy cercano a la idea que tenemos del concepto de arte, cuya definición, de nuevo según la RAE, se define como la manifestación de la actividad humana mediante la cual se interpreta lo real, o se plasma lo imaginado, con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros; una actividad, un producto, realizado con finalidad estética para expresar ideas, emociones y una visión personal del mundo. 

Pero olvidémonos, por un momento, de la aparente dicotomía de las dos definiciones y supongamos que ambos conceptos, el referido a fabricar y el referido a arte, se solapan; y escojamos como ejemplo de síntesis un objeto, un producto artístico: el coche Messala, o mejor, el proceso realizado para materializarlo, para materializar una pasión. Un proceso que aquí hemos querido representar con estos VOLÚMENES SOBRE FONDO AMARILLO.

Hay mucho de cierto en la idea de que las pasiones de la infancia se prolongan durante toda la vida. Es fácil imaginar a Antonio Ballester, con apenas ocho años –la película se estrenó en España en 1960–, fascinado en la oscuridad del cine contemplando la vertiginosa carrera de cuadrigas en la que Charlton Heston, Juda Ben-Hur, derrota dramáticamente a Stephen Boyd. Messala, una hoja arrastrada por el viento del destino; un elogio del arrojo, la valentía… la libertad; un elogio de los perdedores y, también, de la voluntad de cumplir con las metas trazadas.

Antonio Ballester es, como él mismo se definió en alguna ocasión, un fabricante de imágenes. Imágenes que escapaban, en numerosas ocasiones, a registros clasificatorios: burlón, divertido, de trazo certero y sugerente, denso y profundo en su pintura cuando la ocasión lo requería… Capaz de mantener anclajes en mundos en apariencia, solo en apariencia, divergentes y contradictorios, esa mezcla de diseño, arte, industria, ingeniería, que tan bien supo conectar, fruto de su formación como estudiante en la ESAG de París, y que reflejan a la perfección su trayectoria, el perfil de un artista imprescindible en el panorama murciano. 

A finales de los años 90 Antonio se propondrá diseñar y construir una carrocería de coche –un tema presente en bastantes de sus óleos y dibujos; esas alegorías de la velocidad creadas entre 1990 y 2000, con personajes de su entorno integrados en la máquina–. El proyecto es, también, una reflexión sobre la evolución y el desarrollo de las propias formas y procesos que rigen la naturaleza. Un juego que permite experimentar con distintos materiales y procedimientos; incluso, en un guiño irreverente, con momentos relevantes en la historia del arte: Bauhaus, Futurismo, Expresionismo... y, es de suponer, dado el nombre con el que bautiza su bólido, con el recuerdo, con el impacto que tuvo que causarle aquella vieja y antigua película de romanos.

Un proyecto agotador, pues lejos de plantearlo como una utopía irrealizable siempre lo presentó como algo susceptible de ser fabricado y, por lo tanto, conducido. Nada que ver con otro constructor de máquinas y artefactos: dirigibles, coches, incluso inconcebibles alfombras voladoras de acero… como es Panamarenko. No, Antonio no hace parodia de su Messala, al que reviste de absoluta racionalidad y lógica, de cartesiana apariencia tecnológica. 

Sí, una perfecta conjunción entre objeto fabricado y objeto de arte. Y es que, aunque nos resistamos a admitirlo, el arte como la vida nunca deja de ser una hoja al albur del viento.

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