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Cuadros para una exposición

Miguel Fructuoso, experimentación sin falsas pretensiones

No hay certezas, seguridades ni certidumbres, solo el goce que procura un instante compartido o el recuerdo fijado, para siempre en el cuadro, de un momento irrepetible

Miguel Fructuoso. Proyecto. 2015. Acrílico sobre lienzo. 80x60 cm

Miguel Fructuoso. Proyecto. 2015. Acrílico sobre lienzo. 80x60 cm / La Opinión

Pedro Manzano

Pedro Manzano

El arte-en-el-arte es arte 

El fin del arte es el arte en tanto que arte 

El final del arte no es el final

Ad Reinhardt

Quizá podría parecer que el arte, esa forma ¿idealizada? de interpretar las apariencias y los hechos, nada tiene que ver con la ciencia. El ser humano siempre ha recurrido a la ciencia como una forma de comprender el mundo, de medirse con el entorno y poder así controlar sus fluctuaciones y sus cambios; lo que no deja de ser una forma más o menos encubierta de dominio. Sí, podríamos pensar que el arte es ajeno a la cuestión y permanece puro, aureolado de misterio y trascendencia; pero todos sabemos, y reconocemos –y más aún en estos tiempos–, la imposibilidad del arte de romper sus vínculos y ataduras con la ciencia, con los aportes técnicos y saberes que ésta procura. Pero una vez reconocido el juego al que parece que estamos condenados y abocados, sin remisión, toca romper el círculo; recuperar el verdadero sentido del arte en tanto que arte y decidir cuál es el tipo de experimento al que estamos dispuestos a someternos.

Siempre me ha parecido admirable la libertad, y capacidad, de Miguel Fructuoso para poner en juego múltiples registros y abordar la experimentación sin falsas pretensiones, sin postureos recurrentes… Su facilidad, manifiestamente notable, para absorber referencias de otros artistas amigos, o de la propia historia del arte y, sin embargo, impedir que en sus piezas pueda aflorar otra manera que no podamos reconocer como propiamente suya; esa reconocible impronta que nos muestra su obra como resultado de los logros de un artista con personalidad y determinación. Resultados que, a veces, nos proponen una especie de apropiacionismo irónico, iconoclasta, que en Miguel es permitido porque resulta un componente imprescindible en sus propuestas. Me viene a la memoria, para corroborar lo escrito, la divertida y magnífica muestra, presentada en la Sala Verónicas en 2023: «Mi famosa serie blanca». Un trabajo que Fructuoso convierte a menudo en una reivindicación de la pintura, del puro y placentero acto de pintar. 

En la serie anterior, Pintar pintura, expuesta en el Palacio Almudí en 2015, Fructuoso se apropia de un espacio físico, lo analiza y deconstruye casi con la meticulosidad y la paciencia del científico, del entomólogo. Observa el afuera, se interroga sobre presencias y fenómenos –renunciando a la posibilidad de acogerse a cualquier posible ámbito de protección–, y recompone la visión de la naturaleza, modificando su apariencia, desligándola de referentes reconocibles, sumergiéndonos en un atractivo desasosiego, perturbador y lacerante. 

Pintar pintura, una serie a la que pertenece este proyecto, en la que Miguel juega con el paisaje. Un paisaje más intuido y recreado en la memoria que real. Una ensoñación. En realidad, como ya hemos señalado, un paisaje deconstruido y recompuesto para ser transitado con los amigos. Rojos, grises y amarillos. Ámbitos para pasear y pintar: con Manolo Belzunce, con Alfonso Albacete, con Ángel Haro… Para sentir la humedad de la tormenta, para dejarnos invadir por la luz de la tarde. No, no hay certezas, seguridades ni certidumbres, solo el goce que procura un instante compartido, o el recuerdo fijado, para siempre en el cuadro, de ese momento irrepetible.

Pintar pintura, una reflexión sobre el hecho pictórico, sobre el placer que procura la pintura. Un planteamiento que casi pareciera un trasunto de las propias palabras de Reinhardt que abren el texto de esta breve reseña: el arte en el arte es arte. Sí, quizá esa sea la única verdad.

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