100 veranos en la Región

La Caja de la Rusa: El viejo molino del viento

"Siendo por el Quijote mundialmente conocidos los molinos manchegos, conviene recordar que, sin embargo, en nuestra Región los hay en mayor número"

Molino de Viento, Campo de Cartagena.

Molino de Viento, Campo de Cartagena. / Javier Lorente

Javier Lorente

Javier Lorente

No podían faltar en la Caja de la Rusa ilustraciones y fotografías de nuestros molinos de viento. Durante siglos han sido fundamentales para las gentes, y durante el siglo XIX y hasta mediados del XX fueron imprescindibles para la subsistencia y desarrollo económico de la zona. Es sabido que estos ingenios que Cervantes popularizó como nadie en su gran novela sirvieron para moler el cereal, para trasegar agua y moler la sal en las salinas, para machacar la fibra del esparto y, en nuestros campos sedientos, para sacar agua del subsuelo.

La energía proporcionada por el viento, hoy de nuevo en valor, era mucho más barata y potente que la generada por las mulas o los asnos que hacían girar las norias. En esta zona no hay ríos sino ramblas, casi siempre secas, que arrastran agua solo en limitadas ocasiones, pero es bajo tierra donde discurren verdaderos ríos subterráneos que van a dar a nuestra querida laguna salada. Desde tiempo inmemorial, el ser humano buscó estas corrientes e inventó la manera de extraer el preciado líquido.

Al principio, nuestros molinos se parecían a los de La Mancha, con sus características aspas (hay ilustraciones de la silueta de Cartagena que así lo atestiguan), pero, con el tiempo, y aprovechando las velas triangulares que impulsaban las embarcaciones de los pescadores, en muchos lugares del Mediterráneo (desde aquí a Grecia) se impusieron estas velas latinas para hacer girar sus mecanismos.

Siendo por el Quijote mundialmente conocidos los molinos manchegos, conviene recordar que, sin embargo, en nuestra Región los hay en mayor número. Aunque también es cierto que están en peor estado. En aquellas tierras que recorrieron el caballero de la triste figura y su fiel escudero es casi imposible encontrar un molino sin restaurar y mantener, pero en las nuestras sucede lo contrario. De los más de doscientos cincuenta molinos que aquí hubo (más que en La Mancha), se pueden contar con una mano los que no están desmoronados o a punto de caer.

No sabemos cuál es el molino que aparece en esta ilustración, pero bien podría estar en la zona de El Algar, que es donde más abundan. Parece que a su lado hay, además, una noria, y eso le hace pensar a Pedro Esteban, cronista de El Algar, que podría tratarse del molino del Tío Mideor (‘medidor’) o molino del Agrimensor, que tal era el oficio del dueño. La noria cercana servía para seguir sacando agua en los días que faltaba el viento. Los motores de gas pobre, y después eléctricos, dejaron en desuso estos gigantes que poblaban los campos. Debió ser todo un espectáculo verlos girar, por decenas, cuando mirabas al horizonte. No es de extrañar que haya sido un tema favorito por poetas como Carmen Conde o por pintores y fotógrafos.

Es lógico que, en esta caja de maravillas de nuestro patrimonio, veamos que los habitantes de la casa de la Rusa no fueron ajenos a la belleza e importancia de los molinos de viento. Deberíamos aprender de otros lugares de España y del mundo y restaurarlos con otros usos más actuales: alojamientos rurales, hostelería, museos, centros de interpretación, visitas turísticas… Su belleza sin igual podría ser rentable a cualquier emprendedor y a la industria del turismo cultural.