Exposición

El Chirbes viajero, que no turista

La exposición presenta medio centenar de fotografías vinculada a su libro de crónicas de viaje titulado ‘Mediterráneos’

El edil Nacho Jáudenes (i) visita la muestra junto con Eugenio González (c) y el comisario Nacho Ruiz, en segundo término. | AYTO. CARTAGENA

El edil Nacho Jáudenes (i) visita la muestra junto con Eugenio González (c) y el comisario Nacho Ruiz, en segundo término. | AYTO. CARTAGENA

Asier Ganuza

Asier Ganuza

Rafael Chirbes (1949-2015) es posiblemente uno de los escritores españoles más vinculados al Mediterráneo. De hecho, algunas de las crónicas de viajes que realizó para la revista Sobremesa, para la que viajó como reportero durante quince años, se recogieron en 2008 en un libro bajo el título Mediterráneos. Pero, además de escribir, durante esos viajes el valenciano disparaba su cámara fotográfica, dejándonos también en herencia su testimonio gráfico. Fotografías que han sido escaneadas por la Fundación Rafael Chirbes y que ahora se exponen por primera vez en Cartagena, en la sala Domus del Pórtico, hasta el 1 de septiembre, dentro del festival La Mar de Músicas, que en su sección de arte, al igual que hace en todo el festival, hace un especial ‘Islas del Mediterráneo’.

En esta muestra, que es una producción propia de La Mar de Músicas y cuenta como comisarios con Carolina Parra y Nacho Ruiz, de la murciana galería T20, se pueden ver unas cincuenta fotos que descubren a un Chirbes casi inédito. Porque, como apuntan los responsables de este proyecto, «las cámaras están siempre presentes en esa gran belleza de libro que es Mediterráneos, pero apenas se muestran en el texto. Chirbes era fotógrafo pero, de alguna manera, secreto», señalan en una nota de prensa. No obstante, el propio Ruiz señaló ayer, durante la inauguración, al principal instigador de este proyecto: Eugenio González, director general de Cultura de la ciudad portuaria. «Gracias a su idea y a la generosidad y colaboración de la Fundación Rafael Chirbes hemos podido estudiar un material fotográfico torrencial y emocionante».

Y es que, para el comisario, el autor de Crematorio, «el más quirúrgico y honesto crítico de la cultura española», no se regía por las pautas clásicas del fotógrafo convencional, tal y como se podía esperar, «más bien disparaba de una manera compulsiva buscando conservar momentos, flashes que están en sus escritos, colores del Mediterráneo desde los barcos que lo llevan y lo traen hasta los verdes y rojos de los frutos de la tierra. No le preocupaban demasiado los encuadres ni la calidad final –apuntó Ruiz–, de hecho utilizó tanto cámaras réflex como compactas, el arma del turista de los años ochenta y noventa».

En este sentido, estas fotografías tienen una gran importancia a la hora de entender el mundo estético de Chirbes más allá de su calidad como fotógrafo; son el complemento de Mediterráneos y una forma de entender cómo veía el paisaje y como entendía esa belleza sobre la que desde Venecia escribía que tenía «un dorso oscuro del que las guías no hablan nunca y que se parece peligrosamente a nuestro propio cuarto de estar».

En esa proximidad entre esquinas de nuestro mar recorre los lugares de su infancia, donde se formó su concepto de belleza, lo que llama su «particular metro de platino e iridio con el que medir el tamaño y también la calidad de lo existente» y que tan visible es en estas fotos. Hay una evidente melancolía en muchas de ellas, no siempre fáciles de identificar en las similitudes entre extremos, de Algeciras a Estambul, y también una distancia con respecto a una forma de turismo, de esos «altivos franceses, que se tienden de espaldas a la belleza y, para no ver, queman sus ojos al sol del mediodía, adoradores del irritante calor de la nada».

Porque estas fotos sitúan a Chirbes, no como el turista que temió ser, sino como el viajero que fue porque él no aparece en la imagen. No se retrata ante el paisaje o el monumento. No practica aquella rutina pre-selfie de pedir a alguien que lo fotografiase delante del palacio de Cnosos. No quiere conservarse en sus fotos, quiere llevar consigo ese fragmento del que, al llegar al hotel, escribirá la memoria del viajero fascinado y crítico que fue.