Jazz San Javier

Gregory Porter, ¡y qué banda!

La quinta noche del festival quedará para el recuerdo como un concierto de esos que abren los ojos

La voz poderosa, sensual y seductora del californiano brilló, con el auditorio a reventar, acompañada por la música de una banda que resultó de ensueño incluso para él

Vídeo | El show de Gregory Porter en el Jazz San Javier

La Opinión

Desde el primer aliento, esta quinta sesión de la 26ª edición del Festival de Jazz San Javier, protagonizada por la superestrella Gregory Porter, se desenvolvió a la máxima altura y con el auditorio a reventar. Porter, un cantante con una voz poderosa, sensual y seductora, ofreció un recital magnífico, cuajando una faena emotiva y pletórica de inspiración. Sin duda es una de las mejores voces del jazz del siglo XXI, pero además, como demostró durante su actuación, también está en plena forma; y su voz, tan increíble como siempre. Hace ostentación de negritud, y se quiebra allí donde las leyes del soul y el pop dictan.

Su destreza vocal, su intensidad emocional, su capacidad para cruzar géneros y conectar con el público, su elegancia, su imponente apariencia, su estilo atemporal… Son solo algunas de las razones por las que Gregory Porter está considerado uno de los grandes vocalistas de jazz, y no solo eso. Traspasa los límites del jazz tradicional y te abre los ojos a una música alejada de la tecnología, personal, humana, como Chet Baker o Frank Sinatra. Tiene una sensibilidad a flor de piel. Verlo en vivo es toda una experiencia. Esa naturalidad, esa fuerza... Absolutamente brillante. El material que maneja es otra clave de su atractivo: canciones sencillas y directas con peso emocional. Además, su forma de interpretar es tan fibrosa como fresca y directa.

Porter salió al escenario y de entrada se lanzó directamente a interpretar su éxito Holding on, entre aplausos de la multitud, elegantemente trajeado de blanco, y con su característica gorra. Desde el principio quedó claro que aquello adoptaría la forma de un concierto de jazz tradicional, compartiendo generosamente el protagonismo con su banda, dándoles espacio para respirar, tocar solos y brillar por sí mismos. ¡Y qué banda! Cinco músicos increíbles. Piano de cola, Rhodes y Hammond. Aunque es injusto destacar a cualquiera de los instrumentistas, los solos del saxofonista (Tivon Pennicott), el intérprete de Hammond (Ondrej Pivec) y el contrabajista (Jahmal Nichols) permanecerán en el recuerdo durante mucho tiempo. El pianista y director musical Chip Crawford oscilaba entre eufóricos solos disonantes y acompañamientos delicados, mientras que el saxofonista alto volaba por momentos a lugares remotos .

El Auditorio Parque Almansa, a reventar con Gregory Porter.

El Auditorio Parque Almansa, a reventar con Gregory Porter. / Pedro Sáez

Porter y su grupo ofrecieron 90 minutos de puro espectáculo, variado, íntimo y lleno de intensidad, de historias sinceras de amor y pérdida. Generaron conexión, emoción y ambiente íntimo en el auditorio –cuando el silencio era preciso, no se escuchaba el vuelo de una mosca–. Hicieron muchas de las canciones por las que Porter es famoso, como la sublime Hey Laura. Tiempo hubo para rendir tributo a Marvin Gaye y Nat King Cole, y versionar Papa was a rolling stone y My girl. 

A Porter puede gustarle el pop sin dejar de ser fiel al jazz, pero se apaña para hacer buen swing. Quizás el mejor ejemplo fuera Holding on, con la que arrancó el set: coescrita con el dúo inglés de house Disclosure, fue un gran éxito de clubes, con numerosos remixes. Su propia versión es contenida y acústica, pero no por ello menos conmovedora, aunque el público se entusiasma cuando, haciendo scat, intercambia coros con el saxofonista Tivon Pennicott durante Take Me To Harlem.

Actitud positiva

Porter, que domina la velocidad y tiene un formidable arsenal de fraseos en acelerado estilo bebop, se mostró inmensamente cordial, situándose a un lado y asintiendo con la cabeza orgulloso cuando, por ejemplo, su excelente saxofonista se marcaba otro solo. 

Esta actitud positiva brilló en cada canción, desde la romántica If love is overrated hasta No love dying, antes del bis, uno de los momentos culminantes, destilando todo lo que Porter intenta inspirar. Su estribillo, «there will be no love dying here for me» –«aquí no habrá amor muriendo por mí»–, resonó en el recinto hasta convertirse en una especie de mantra.

Bien rodeado de su espléndido grupo, triunfó por todo lo alto. Tivon Pennicott al saxofón, Chip Crawford al piano, Ondrej Pivec al órgano, Jamahl Nichols al bajo y Emanuel Harrold a la batería exhibieron un nivel de destreza extrema, coloreando cada parte de la composición de Porter. Aportan la faceta jazz de la etiqueta ‘soul jazz’, y Porter casi parece más un fan que un compañero, sentado un taburete cerca del piano durante algunos pasajes instrumentales, disfrutando de los duelos de solos que surgen a menudo. Su corazón góspel latió en Take me to the alley, sobre lo que es amor verdadero; también con gospel a capela empezó Liquid spirit, sobre la que también ‘scateó’. 

Se quedó a solas con el pianista para interpretar una emocionante Moon river, con cita pianística para Spain de Chick Corea, y Porter lanzó unas estrofas de la popular You are my sunshine, «my only sunshine…». También se quedó solo con el contrabajista y la mayor reacción que obtuvo Jahmal Nichols durante su solo de bajo fue cuando citó Smoke on the water de los Purple.

Hacia el final sonó apoteósica Work song, que escribieron Nat Adderley y Oscar Brown Jr. y, como propina, un Quizás quizás,quizás terrenal y aprensible, todo un guiño a Nat King Cole, despedida con el corazón latiendo rápido. 

Un concierto memorable, de esos que abren los ojos. Dios le bendiga, Mr. Porter.