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La Casa de la Rusa: La Torre del Negro

"Otra de las construcciones defensivas mandadas hacer por el propio rey Felipe II, para proteger nuestras costas"

La Torre del Negro.

La Torre del Negro. / Javier Lorente

Javier Lorente

Javier Lorente

De la Caja de la Rusa os muestro esta imagen de la que aún hoy conocemos como Torre del Negro, hoy en un estado muy lamentable, en las cercanías del Mar Menor. Se trata de otra de las construcciones defensivas mandadas hacer por el propio rey Felipe II, para proteger nuestras costas de las incursiones de los piratas que venían del Norte de África.

Hay en torno a este lugar muchísimas leyendas, alguna de ellas os citaré, y yo creo que no se ha terminado de caer porque la sujeta la casa anexa. Ha pasado por varios propietarios, formó parte de una finca de recreo y en la actualidad está rodeada de campos de cultivo, prácticamente abandonada, aunque custodiada por un par de grandes perros, un montón de gatos y numerosos murciélagos que salen de comilona por las noches.

Dicen que inicialmente esta torre era conocida como Torre Arráez, seguramente en honor al Morato Arráez, el corsario más famoso y temido de la época, quién sabe si para conjurar sus incursiones o porque alguna vez se apoderó de ella, que estas cosas pasaban en algunas de las ocasiones en que había moros en la costa.

Rodeada de palmeras y pinos, hoy se usa para guardar aperos de labranza y no podemos ser ajenos a la belleza que aún desprende, pese a la decrepitud. Siendo un Bien de Interés Cultural, como es muy común, poco hacen por ella, en nuestra indolente región, ni los propietarios ni la administración. Como en otros casos, ni siquiera hay un cartel explicativo puesto por el Ayuntamiento de Cartagena, con un poco de su historia, al menos.

Cuentan que lo del Negro se debe a uno de sus inquilinos pasados. Parece ser que un antiguo esclavo que había estado en galeras, después de ser liberto, estuvo viviendo entre estos anchos muros (de más de 1,5 metros). También he leído que en la época de Felipe IV vivió en la torre un viejo soldado español que había luchado en Flandes y que aquí se convirtió en herrero, alquimista e inventor. Cuentan que, muchos años antes de que se desarrollasen los trajes de buzo, soñaba con conseguir la manera de sacar a flote los restos de los barcos naufragados y poder recuperar los cañones de bronce. Se trataba de ahorrar el complicado y caro proceso de fundición que obligaba a quemar la madera del arbolado de nuestros montes.

Cuentan, también, que aquel hombre trabajaba día y noche, obsesionado por la tarea, y que llegó a enloquecer, como un Quijote, empeñado en construir aquel traje de buzo. Los pastores, los pescadores y las gentes que pasaban por los caminos estaban atemorizadas por los golpes que se oían por las noches. Un día, aquel lugar quedó en silencio. Unos dicen que el herrero murió, otros que marchó a las Américas y trabajó para el ejército de Bolívar, hay quien dice que probó su equipo en el mar y que de sus entrañas nunca más volvió, que si encontró un tesoro o que si se ahogó.

De lo que sí puedo dar fe es de un día en que fui a hacer unas fotos al atardecer y encontré un matrimonio de extranjeros que, mientras ella hacía un dibujo a pastel, el hombre estaba rebuscando los últimos melones del bancal. Puede que la historia siempre se repita sin fin, y que lo mismo hizo la marquesa de la Casa de la Rusa.