Jazz San Javier

Steffen Morrison: celebrando el amor y la vida

Noche de doblete desigual en la 26ª edición del Festival de Jazz de San Javier: mientras que el homenaje a Bebo Valdés dejó una sensación de agridulce frustración, Steffen Morrison y su banda pusieron a los asistentes a bailar desde las primeras canciones de su repertorio

El cantante Steffen Morrison en San Javier.

El cantante Steffen Morrison en San Javier. / Pedro Sáez

De nuevo al aire libre y el con el sabor de la victoria de La Roja, velada con programa doble: propuestas diferenciadas y resultado desigual en Jazz San Javier

Fue desilusionante el primer concierto, en el que recordaban al gran Bebo Valdés su nieto –el pianista cubano Roberto Carlos Valdés ‘Cucurucho’–, el contrabajista Javier Colina –que colaboró con Bebo y tiene un feeling divino–, la cantante portuguesa Alana Sinkëy y el percusionista Moisés Porro. La noche, sin embargo, acabó gozosamente a ritmo de soul y funk, con el vocalista Steffen Morrison, que volvía al festival a presentar su nuevo album, Legacy (2024).

Dionisio ‘Bebo’ Valdés falleció en 2013, a los 94 años; su legado discográfico abarca medio siglo. En 1952 estrenó un nuevo ritmo con potencial para derrocar al mambo: el batanga. Y 50 años más tarde llegó su gran éxito: la celebérrima Lágrimas negras (2022) junto a Diego El Cigala –incomprensiblemente, no sonó en este homenaje–.

Todos, con mayor o menor fortuna, dedicaron sus talentos a recrear la música de Bebo

El contrabajista Javier Colina, de sensibilidad extraordinaria, fue el mejor compañero de diálogo del gigante Bebo Valdés. Recuperando parte del repertorio grabado a dúo con Bebo, sonaron además otros temas del acervo popular cubano, así como algunas composiciones brasileiras, incluso un tango, que se supone tienen en común añejas texturas musicales de la isla caribeña.

 ‘Cucurucho’ Valdés, tercera generación de una de las sagas de músicos cubanos más célebres, ha formado parte de agrupaciones musicales de diversos estilos, como Los Van Van; también tocó con su tío Chucho Valdés y con su abuelo («gran pianista, mejor abuelo»). Podría haber sido una noche dedicada a magnificar a Bebo, y muchas cosas más, pero esta vez las musas no aparecieron y el concierto quedó algo insulso, sin mucha emoción, discreto.

Las musas no aparecieron y el concierto quedó algo insulso, sin mucha emoción

Aunque sonó francamente bien, con un empaque y prestancia notables para tan poco ensayo como se adivina y menor recorrido, Cucurucho, pianista de corazón más bien caprichoso, reivindicó su parte protagonista en Guajira, de sabor romántico, y construyó solos que terminaron con un resultado algo plano, de puro escrupuloso; dio la impresión de pulsar las teclas a manos llenas sin saber dónde se encontraba armonicamente, y pareció algo errático. Las imprevisibles notas racheadas mudaban las atmósferas sin explicaciones. Tuvo su mejor momento cuando, con la mano izquierda, inició un danzón (Tres lindas cubanas) con la asistencia del percusivo ritmo del contrabajo: «Les dejo en manos del maestro Colinas. Haz lo que tú quieras» , dijo, y habría sido lo mejor para evitar el naufragio.

Por su parte, Colina, bailando con el contrabajo, ensanchó su radio de acción con intervenciones salpicadas de citas. Todos, con mayor o menor fortuna, dedicaron sus talentos a recrear la música de Bebo, que se merece todo y mucho más. El sencillo gesto de Colina ayudó a disipar cualquier poso de tristeza. Finalmente, el percusionista realizó la pequeña proeza de pasar desapercibido a pesar de su baqueteo delicado y lleno de sentido común. Y la cantante invitada tiene un timbre bonito, visible en la interpretación de sus versiones de Caetano Veloso (Vete de mí) y Vinicius de Moraes (Eu sei que vou te amar), pero resultó algo monocorde.

Cucurucho Valdés sentado al piano durante el homenaje a su abuelo, espectáculo que abrió la noche.

Cucurucho Valdés sentado al piano durante el homenaje a su abuelo, espectáculo que abrió la noche. / Pedro Sáez

¿Qué diría el abuelo Bebo del homenaje de su nieto? El problema es que a Bebo se le recuerda como un gigante del piano. Con Niebla del riachuelo, que grabaron Bebo y El Cigala, terminó este homenaje frustrado.

Un gran tanto

El festival consiguió salvar los muebles y se apuntó un gran tanto –otro más– con la actuación del cantante Steffen Morrison. Se notó mucho amor y respeto por él –que salió a escena con un sombrero blanco de ala ancha y una especie de esmoquin desmangado–, un sentimiento que parece ser correspondido

Junto a su Band of Brothers, cautivó a una multitud que llenó el foso para bailar desde las primeras canciones. A pleno desenfreno arrancaron con The lean on in. Al principio, la sonorización dejó bastante que desear, mostrándose excesivamente apelotonada. Por suerte, al llegar a la templada Little bit longer ya lucieron con brillantez, y el problema comenzó a solucionarse.

No hubo pausas corta-ritmos ni altibajos, con un gran derroche físico y de empatía

La banda incluía un bajista que tocaba las malditas notas más funky que podía sacarle a su instrumento. Subimos al séptimo cielo con un espectáculo de soul clásico. Morrison irradia una alegría incomparable, el magma resultante contiene bastantes músicas diferentes: grandes cantidades de funk a lo James Brown, sí, pero también libidinoso soul a lo Marvin Gaye, algo de gospel y rock a lo Funkadelic, con un toque fresco y emocionante.

Higher dejó su huella soul desde el primer momento, para más tarde interpretar la funky e igualmente comprometida Respect yourself, de groove incansable, en la línea de un alter ego de James Brown –hasta imita algunos de sus movimientos–, un frenético número en el que volcó todo su corazón en la voz. Con Soul revolution, ardoroso tema con metales pletóricos, mostró un enfoque más personal a la hora de contar historias sobre sus raíces surinamesas. Steffen quiere enviar un mensaje importante, pero lo hace bailando, como en la la saltarina Stuck on the moon, que tanto recuerda al sonido de The Tams, o la igualmente infecciosa Feels so good, con el ritmo como protagonista, combinando a la perfección el soul y el afrobeat con esa vertiente más introspectiva, muy a la manera de Marvin Gaye o Donny Hathaway.

Steffen Morrison cautivó a una multitud que llenó el foso desde el principio del set

No hubo pausas corta-ritmos ni altibajos, con un gran derroche físico y de empatía a cargo de Morrison, que se ganó el respeto y el jornal a pulso. Destacó la profundidad y calidez de Positivity, celebrando el amor y la vida, o la rotunda Movin’ on, que tanto recuerda al northern soul, con un ritmo acelerado, donde el artista mostró sus dotes de soulman. Para el tramo final guardó un popurrí con tres trallazos de consideración: Sunny, Hard to handle, Soul man, y la apoteosis final: Do it all again.

«Alguien dijo que esta noche iba a hacer mucho calor en San Javier, ¡y es verdad!», reconoció Morrison. «Estamos en el país de la pasión: la gente sabe bailar, mover los pies, comer, amar». La energía estaba a tope. El público llevaba toda la noche queriendo más, pero a esas alturas la banda también estaba on fire. Sonrisas, interacción. Morrison pidió a todos cantar «you say, you say» cuando él dijera, y luego replicarle: «What’s up, brotha?», «Oh, shit!». Tras un poco de práctica, pudo empezar Do it all again, y fue muy divertido. Supo conducir al personal a la tierra de las mil danzas.