Murcian@s de dinamita

Paco el Cuervo: hostelero al que bautizó Párraga

Paco el Cuervo.

Paco el Cuervo. / Ana Martín

Pascual Vera

Pascual Vera

No todo el mundo puede presumir de haber sido bautizado (un bautizo laico, pero bautizo al fin) para la hostelería y para la vida por uno de los más geniales y genuinos artistas que ha dado esta tierra. Paco el Cuervo nació como nombre artístico, y ya apelativo para siempre, hace casi casi medio siglo de la mano y de la genialidad del pintor José María Párraga cuando, acuciado por la necesidad de poner nombre a su negocio, el artista hojeó las páginas de un libro de arte y se detuvo en un motivo: la negra silueta de un cuervo. «¿Por qué no le pones de nombre El Cuervo?».

La idea no acabó de convencer al joven Francisco Serra Carrilero, pero hoy, transcurrido medio siglo, nadie le conoce como Paco Serra, y sí que todos lo saludan como Paco el Cuervo. Aquella tasca histórica, una de las precursoras de aquellas eminentemente universitarias que dio nombre a una suerte de establecimiento que nació y fue proliferando en los 70, aplacó la sed y el apetito de muchos estudiantes de la vecina Universidad de Murcia. Pero sobre todo sirvió de lugar de encuentro, esparcimiento y mejora teórica del mundo (una especialidad tan extendida entonces y puede que hoy) para dos generaciones de murcianos, entre los que se encuentra este cronista.

Todo era entonces mucho más nuevo y el mundo más prometedor que lo que dejábamos atrás. O así nos lo parecía. Y las sobrasadas de El Cuervo, trasegadas con aquel vino dulce que muchos no hemos olvidado, nos suponían un oasis placentero, un hueco entre las labores estudiantiles y otros menesteres, que dejábamos atrás nada más atravesar aquel enorme portalón de madera pulido por avezadas manos de otro tiempo, aquellas mesas oscuras en torno a las que nos arracimábamos los universitarios -también quienes no lo eran- para contarnos las anécdotas de la jornada.

Cuando atravesábamos aquella puerta noble, allí estaba invariablemente, al fondo de la barra de madera, Paco, dispuesto a recibir a quien lo requiriera con un requiebro, con un comentario inteligente, con un humor socarrón que marcaba la diferencia, con un sucedido a contrapelo, como esos aventis con los que disfrutaban los amigos de un Juan Marsé niño en torno a una hoguera en su barrio de Barcelona. Pero los aventis de Paco nos resultaban más cercanos y verosímiles a aquellos clientes que, ya en los 70, visitábamos su local.

La tasca El Cuervo estaba aderezada por viejas imágenes, suelos históricos y vigas antiquísimas que Paco había ido recuperando de aquí y de allá, de viejos caserones en los que la paleta (llegaban nuevos tiempos, renovarse o morir parecía ser el lema para todo) había dado buena cuenta y que Paco, con un gusto exquisito, había reciclado y dado nueva utilidad.

Paco (todavía no el Cuervo) había nacido para el mundo de la restauración en el Rincón de Pepe, donde el gran Raimundo le había enseñado algunas de las reglas básicas que observaría para el resto de su vida, y que se resumían en el respeto ante todo y en saber estar en cada momento.

Con él comenzó Paco sus incursiones en un mundo en el que se sintió desde el principio como pez en el agua. Paco había nacido para eso, y así lo sentía. Nunca se sintió un empleado de aquellos hosteleros murcianos de toda la vida dedicados a dar de comer a nuestros paisanos. Él siempre fue -así lo sentía- un miembro más de la familia.

Con el tiempo, y tras hacer sus cálculos, le quedó claro que la aventura de emprender un negocio en solitario podía ser rentable. Y, sobre todo, interesante. Y a ello se dedicó hasta conseguir inaugurar en 1976 un local en aquel circuito cercano al viejo campus de la Merced, que empezaba a llenarse de tascas, hasta el punto de recibir ya para siempre la denominación genérica de la ocupación que ostentaban la mayoría de locales: la Zona de las Tascas.

Pasear con Paco por Murcia es como una salida de Tarzán por la selva: como el rey de la selva se asía de liana en liana, la gente va saludándolo y celebrando su presencia con alborozo sin cesar. Son los frutos recogidos después de medio siglo de dedicación a los clientes que pasaron a ser amigos.

Hijo de un ferroviario, que había sido adepto a la República, pero al que no pudieron echar, sencillamente porque no tenían otro personal para sustituirlo, Paco tiene claro dónde está: con los más desfavorecidos.

Paco es un pozo de sabiduría, y sobre todo de anécdotas sin fin capaz de desgranar una tras otra, aderezándolas con nombres y detalles en los que, aún hoy, con más de 80 años, no titubea a la hora de enumerar.

Y habla sin nostalgia y con risa, como suele hacerlo siempre, de aquella generación inolvidable de artistas con los que compartió generación y vivencias sin cuento: del inolvidable Cacho, de Párraga, de Esteban Linares... Hoy de aquellos tiempos le queda el recuerdo y algunas obras que le sirven para rememorarlo a diario en su piso de Santa María de Gracia. Pero sin estériles nostalgias, con alegría y agradecimiento (probablemente no sepa a qué ni a quién, pero agradecimiento al cabo) por haber vivido tantas cosas que le ha deparado la vida a lo largo de estas ocho décadas y celebrando el presente rodeado de amigos con la alegría que siempre le ha caracterizado.