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La Caja de la Rusa: Teatro Apolo de El Algar

Teatro Apolo de El algar

Teatro Apolo de El algar / Javier Lorente

Javier Lorente

Javier Lorente

Muchas sorpresas nos está dando esta caja de tesoros encontrada en la Feria de Antigüedades de la localidad francesa de Biévres. Sorpresa como la que se ha llevado Pedro Esteban, escritor y cronista de El Algar, cuando he ido a mostrarle la ilustración en la que aparece su querido Teatro Circo Apolo que es un lujo para el patrimonio, todo un ejemplo de buen hacer en la restauración de un edificio histórico y en la gestión posterior del mismo.

Puede que la ilustración, que me recuerda a la pintura que actualmente aún se conserva en el telón del teatro, sea un recuerdo de aquel día 4 de enero de 1907 en que los socios de La Amistad procedieron a la inauguración de este teatro algareño, obra del afamado arquitecto pachequero Pedro Cerdán.

Me imagino a la burguesía de la época acudiendo a estos eventos y alabo el gusto de quienes invertían parte de sus ganancias en el negocio de la minería en estos edificios mezcla de modernismo y eclecticismo, siempre un canto a la belleza más allá de la mera funcionalidad y el frío negocio. Recuerdo perfectamente en los años 80 la lucha sin descanso de Narciso Albaladejo y otros miembros de la Asociación de Vecinos hasta que consiguieron la restauración y puesta en funcionamiento de este teatro, cosa que tampoco hubiera sido posible sin la generosidad de los herederos de aquellos primeros promotores del recinto, que también fue cine durante muchos años.

He de confesar que mi admiración y cariño hacia este lugar se ve incrementado porque en el Apolo, ya cerrado al culto de Talía, estuve impartiendo clases de pintura en la parte superior y trasera del escenario, justamente la que ahora ocupa un interesantísimo museo que ha puesto en marcha la asociación cultural que lo gestiona y programa. En aquellos días siempre me pareció un lugar especial y hasta mágico, como tantos lugares abandonados durante mucho tiempo. Hay historias se cuentan de él y hasta os contaré una que yo viví. Por lo pronto, mi conversación con Pedro Esteban me sirve para escuchar de su boca una de las leyendas del lugar: El fantasma de Paquita.

En aquellos tiempos, además de obras de teatro, en el Apolo se hacían zarzuelas, cine, boxeo y hasta espectáculos de caballos. Se dice que cuando se quedó vacío y sin actividad, siempre rondó el fantasma de una vieja actriz que se quedó suspendida en un cruce del espacio y el tiempo y no volvió a despertar hasta que no escuchó de nuevo los aplausos, tras la restauración. Hay quien dice que se repuso una de las obras que ella había protagonizado y la actriz que ahora hacía su papel estuvo espectacular, transformada porque el fantasma de Paquita se apoderó de ella.

Hay algo que viví en aquellos días de mis clases de pintura. Ahora me atrevo a contarlo. Siempre dejábamos en la habitación las obras que los alumnos aún no habían terminado, pero un día, al volver a la semana siguiente, todas las pinturas estaban terminadas. Mis alumnos siempre lo achacaron a que el profesor se lo había terminado, yo les insistí en que no, pero nunca me creyeron. Allí se impartía también clase de piano y alguien dijo que algún gracioso lo tocaba por noches, pero nadie más tenía llaves. Hay cosas inexplicables incluso para alguien tan racional como yo.