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Exposiciones

T20, territorio de ovejas y zombis vascos cowboys

Gala Knörr se inspira en "la diáspora" de Euskadi a América en el siglo XIX y en la literatura de Laxalt para pintar "una memoria inacabada" en la muestra ‘El rápido zorro marrón salta sobre el perro perezoso’

La artista, en la galería T20, cuando se abrió su exposición.

La artista, en la galería T20, cuando se abrió su exposición. / Francisco Peñaranda Saura

Ana Lucas

Ana Lucas

La galería T20, en Murcia, es escenario hasta el próximo día 24 de septiembre de la exposición El rápido zorro marrón salta sobre el perro perezoso, en la que la artista Gala Knörr (Vitoria, 1984) se inspira en las migraciones de Euskadi a Estados Unidos y en la literatura de Robert Laxalt para pintar «una memoria inacabada», tal y como explica la autora a La Opinión. 

«Yo vengo mucho del terreno de Internet, de los memes y el humor, y me topé con un programa de cine de la televisión vasca, La noche de, que tiene una sección en la que invitan a la gente a mandar clips de películas en las que salen los vascos. En esta sección encontré un clip que me parecía en sí un meme, en el que se habla de El desfiladero de la muerte (1959): fue la primera vez que vi a los vascos representados en el lejano Oeste», manifiesta la artista, una de las creadoras más interesantes del equipo de la galería, que, con esta muestra, cierra la temporada. 

Sin embargo, la imagen que Gala Knörr se encontró en aquella película fue totalmente estereotipada: «Todos llevan boina, se comunican mediante gritos, intentan matar a los nativos americanos con la zesta-punta, que es una canasta que se ponen en la mano... Era todo un despropósito muy divertido», rememora.

«Dije: ‘Aquí hay chicha’. Entonces comencé a investigar sobre la identidad vasco-americana, y descubrí que hubo una diáspora vasca a finales del siglo XIX, cuando se fueron un montón de jóvenes al lejano Oeste y levantaron el negocio del pastoreo ellos», concreta la artista. El oficio era sencillo para un foráneo en tierra extraña, ya que «no era necesario hablar inglés, estabas solo y, con tus colegas, podías hablar en euskera, en tu idioma». 

Dado que «el cine de la época estaba interesado en otro tipo de representación masculina, como la del hombre blanco poderoso que encarnaban John Wayne o Clint Eastwood», la autora se centró en la literatura porque «me interesaba conocer historias verdaderas». Así llegó a Robert Laxalt, «hijo de migrantes vascos, cuyo padre se fue a América con 14 años; en una novela que se llama Dulce tierra prometida, narra cómo va por primera vez al País Vasco con su padre, que regresa después de 47 años porque va a fallecer su hermana y se quiere despedir», detalla. «El padre va contando cómo fue el vivir esa época tan salvaje, sin hablar el idioma, sin conocer a nadie, estando solo con su perrito y sus ovejas», desgrana la pintora, que recuerda que ella también es «una persona de origen vasco, pero con un nombre alemán».

La creadora precisa que «hay una asociación que se llama Euskal Artzainak Ameriketan (Pastores Vascos en América) y que trabaja para conservar la memoria y las historias de aquellas familias que tuvieron que emigrar durante tantos años: muchos ni siquiera regresaron al País Vasco». Tal y como explica Gala Knörr, ellos se centran en «una versión del género que me parecía mucho más humana y emocionante». En su archivo, la autora descubrió «fotos que se sacaban ellos mismos, se hacían autorretratos en el campo, con sus colegas o con los animales». 

Y en estas instantáneas se inspiró para crear. «Como todas eran en blanco y negro, me dio más libertad creativa: si alguien tiene que tener la piel azul, la va a tener», especifica Gala Knörr, que sentencia que, en su muestra, está representando «una memoria inacabada, porque muchas de estas personas ya no existen». «Las historias se van contando, se van cambiando, yo les estoy dando una historia diferente», insiste.

Tinta y laca sobre lino en obras como Zombie cowboys, The golden nipple o Ardi, esta última, «la pieza más grande, que es el retrato de una oveja, el animal que dio de comer a muchísimas familias durante muchas décadas, hasta que el negocio del pastoreo fue decreciendo, como a mitad del siglo XX, incluso en los ochenta». 

«También hay biombos, porque me gustaba la idea de sacar la pintura de la pared, de implicar al público, de que giraran alrededor de estas piezas. Y hay un retrato de Robert Laxalt, y otro retrato grupal, bastante misterioso, porque le falta la mitad», comenta la pintora, que pretende, con su trabajo, «generar un deseo en el público, que quiera saber quiénes eran estas personas o por qué este retrato está inacabado…»

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