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Entrevista

Benito Rabal: "Lo mío es contar historias, de la manera que sea"

El aguileño –porque solo se le puede definir así, aunque realmente naciera en Madrid– acaba de publicar, a sus casi setenta años, la que es su primera novela, 'Ayer, mañana' (2023), sobre aquella generación que, inspirada por el Mayo del 68, se enfrentó al miedo

Benito Rabal.

Benito Rabal. / L. O.

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Asier Ganuza

Asier Ganuza

Cuenta Benito Rabal (Madrid, 1954) que lo suyo es contar historias, y que lo mismo le da el soporte. Que igual si esto le hubiera pillado unos cuantos años más joven, Ayer, mañana (Algaida, 2023) hubiera sido una película, pero que ya no está para andar peleándose para sacar adelante un proyecto de esta magnitud. Así que la cosa se ha quedado en novela; en su primera novela (después de decenas de escritos, entre guiones, obras de teatro, cuentos y poesías). Aunque no está del todo de acuerdo con lo que dice de ella la editorial, reconoce a regañadientes que sí, que tiene «tintes autobiográficos», y que en ella hay cierta voluntad de reivindicación de una generación olvidada y de una idea de libertad un tanto revolucionaria (y no precisamente por novedosa...). El hijo de los añorados Paco Rabal y Asunción Balaguer, que esta tarde (19.00 horas) presenta su último trabajo en la librería Libros Traperos de Murcia, atiende a la llamada de La Opinión desde su refugio junto al mar.

¿Cómo está, Benito? En Águilas, imagino.

En Águilas, sí. Yo de aquí no me muevo (salvo que no quede más remedio y por trabajo).

Siempre ha mostrado cariño hacia la que es la localidad de origen de su padre, aunque no se vino hasta hace nueve años...

Claro. Es que yo realmente nací en Madrid, pero como si lo hubiera hecho aquí. De hecho, yo siempre digo que mi madre me dio a luz en el ‘Consulado Aguileño’ [Risas], porque la clínica era de un aguileño, la comadrona que atendió el parto era aguileña... Y luego me he criado por todo el mundo, pero siempre me he sentido de aquí. Y siempre he querido venirme, pero no fue posible hasta hace unos pocos años... Las nuevas tecnologías, el poder trabajar a distancia, han ayudado a ello. Y, la verdad, me encuentro muy a gusto.

¿Le inspira Águilas?

Qué duda cabe de que el clima, la tranquilidad y la generosidad de la gente hacen que en Águilas todas las puertas de la naturaleza estén abiertas a la creación.

Se lo pregunto porque, a sus sesenta y algunos, acaba de publicar su primera novela...

Sí. Y justo esta mañana he acabo la segunda.

Algo había oído (de que andaba ya trabajando en un nuevo libro)... Más adelante le preguntaré por ella, pero, centrémonos en la que ahora nos ocupa, Ayer, mañana. ¿Por qué ahora?

Bueno, este es un proyecto que llevaba tiempo acariciando; sobre todo porque entiendo que es de justicia hablar de esta generación.

¿Y por qué una novela? Ha escrito guiones, obras de teatro, cuentos, poesía..., pero nunca se había animado a hacer algo así.

Imagino que en otro momento de vida, en alguno en el que tuviera algunos años menos y fuerzas para pelear, hubiera hecho una película, pero lo que realmente me apetecía era escribirla. Y ha llegado ahora y no antes porque... estaba ocupado, simplemente. Pero lo mío es contar historias, de la manera que sea. Y pretender ser mejor persona cuando las termino, y lo mismo con quienes las disfruten. Qué cursi me ha quedado... [Risas].

Bueno, como dice aquel, la cuestión es intentar apuntar lo más alto posible, hacia una idea –por ejemplo, la ‘perfección’– que es, por definición, inalcanzable, pero que igual nos puede dejar cerquita de ese imposible.

Correcto. Hay que ser ambiciosos. Pero bueno, yo con rozar la belleza me conformaría [Ríe].

Volviendo a Ayer, mañana, dice la editorial que tiente «tintes autobiográficos»...

Sí. Y que los protagonistas son un grupo de jóvenes de clase media. Bueno..., sí, algunos; otros son de clase trabajadora.

Sea como sea, influenciados por los vientos de cambio que trajo el Mayo del 68. Usted también era adolescente en aquel tiempo... ¿Le marcó aquella época?

¡Claro que me marcó! En España nos tocó vivir en la última gota de agua, en la que desborda el vaso. Pero lo de aquellos jóvenes, más que una actitud política –o partidista–, era una cuestión personal: todo estaba prohibido, y acabar con el miedo se convirtió casi en una necesidad vital; de hecho, no pensábamos demasiado en el futuro, sino en el ahora. Pero bueno, esta sensación recorría el mundo entero. Fueron los años del fin del colonialismo, la liberación sexual, romper con los tabúes, con la sociedad patriarcal... ¡Estuvimos a punto de cambiar el mundo! No lo conseguimos, pero no descarto que lo acabemos logrando.

Entonces, lo de los «tintes autobiográficos» es cierto; al menos, bebe de su propia experiencia.

Por supuesto que hay cosas que están inspiradas en mis vivencias o en las de mis compañeros, pero eso no significa que esto no sea ficción. Es más, creo que cuando pones la cámara o coges la pluma –o el portátil, en este caso–, por mucho que pretendas contar una realidad, siempre estás haciendo ficción.

Pero su intención con Ayer, mañana es reivindicar a una generación que, aunque quizá parezca olvidada, existió realmente.

Claro. Pero, sobre todo, a una parte de esa generación, a la que consiguió vencer el miedo. Y no es que no lo tuviéramos –por supuesto que teníamos miedo, ¿cómo no íbamos a tenerlo?–, pero, aún así conseguimos dar un paso adelante y enfrentarnos a un mundo hostil y caduco. Y, sin embargo, parece como que no hubiéramos existido. Cierto es que hablamos de una generación diezmada por la represión y las drogas, pero, de ahí a perder la voz... Es que luego hablamos de esa época y parece que esta democracia imperfecta que tenemos en la actualidad es responsabilidad casi exclusiva del rey comisionista y de Adolfo Suárez, y no: fueron muchos los que lucharon por esto; y algunos se quedaron por el camino, pero otros pudimos sobrevivir. Y creo que es nuestra responsabilidad contar lo que pasó. Además, me interesaba mucho acabar con esa imagen del revolucionario astético y sufridor, porque nosotros no éramos así; los personajes de la novela no son así. A pesar de su compromiso (en ocasiones, con ellos mismos), se emborrachaban, se drogaban, tenían contradicciones, se equivocaban... Vamos, que era gente normal.

Supongo que para quienes hoy somos jóvenes es difícil imaginar la tensión de aquellos días...

Pero también ese es uno de los motivos por los que he escrito esta novela. Porque, más que reivindicar aquellos años –no hay grandes motivos para ello–, sí creo que es importante recuperar la idea de libertad que teníamos entonces, y la certeza de que ésta no se pide, sino que se exige (y de que a veces solo se consigue de la manera en la que la persiguen los protagonistas de esta novela). También la sensación de que en el intento de conseguir la libertad ya estás siendo libre. Esto es como decía Galeano cuando se preguntaba para qué sirve el horizonte, si cuanto más te acerca a él más se aleja: pues para caminar.

Antes se refería a ésta como una «democracia imperfecta». ¿Siente que quizá por ello se hable con demasiada ligereza de aquellos años y de la Transición?

Yo creo que se habla con mucho desconocimiento. Es que hoy, cuando le cuento a gente joven cosas de aquellos años, todavía alucinan; todavía tienen problemas para creer que eso pasara de verdad. No sé..., que pudieras ir a la cárcel por comprar preservativos o que hubiera tantísimos libros o películas prohibidas en este país.

En este sentido, la novela también intenta reflexionar sobre por qué nadie se atrevería a tratar de terroristas o asesinos a los partisanos o a los miembros de la resistencia francesa, pero, sin embargo, aquí, los revolucionarios españoles... Quiero decir: los protagonistas de Ayer, mañana participan en la lucha armada, pero es que, a veces –y aunque te mantengas firme en tu intención de no hacer daño a nadie, de no mancharte las manos de sangre–, no queda más remedio que optar por soluciones de este tipo.

A mucha gente (de aquella época y de otras; también de esta) le da respeto hablar abiertamente de política. No parece su caso.

Mira, yo creo que hay dos maneras de enfrentarse al mundo: una es pensando que es lícito vivir del sufrimiento de los demás y, la otra, oponiéndose frontalmente a esa idea. Yo soy de los segundos. Pero, ojo, mi postura no es partidista, sino puramente humanista, en pos del buen ambiente.

De la convivencia.

Mi máxima es no hacer daño a los demás y trabajar por el bien común. No es licito que cada tres segundos un niño muera de hambre habiendo comida para todos.

Yo prácticamente no viví a sus padres, pero me da la sensación de que también se crió en un clima en el que expresarse libremente era más sencillo que en el común de las familias.

Eso, por supuesto. En el libro cuento una historia inspirada en algo que pasó realmente cuando yo era joven: que, un día, el padre de un amigo vino a recogerlo a casa y, al ver la cantidad de libros que teníamos, se lo llevó de malas maneras y le prohibió volver con nosotros [Risas]. Creo que esta es una de las cosas que más hemos acusado en este país: la falta de interés por la Cultura (y el respeto al saber, el placer del conocimiento...). Yo es algo que mamé desde pequeño, así que partía con ventaja. Porque está claro que un pueblo con cultura siempre es más libre.

Al final, todo es política.

Sí. Es un término que está ahora mismo muy desprestigiado, pero yo entiendo la política como el arte de vivir en comunidad.

La novela, por cierto, también es una carta de amor al cine...

Y a la vida.

Ya, pero es que, para usted, la vida es el cine.

[Risas] Claro, por supuesto. Piensa que la primera vez que hice una peli tenia tres años, y que me dedico conscientemente a ello desde los quince. A mi edad, cuando echo la vista atrás, me da por pensar en qué hubiera sido de mí si no hubiera elegido este oficio, gracias al cual he vivido cosas maravillosas y he conocido a gente fantástica. Así que solo puedo estar agradecido. Y ha habido momentos malos, ¿eh?, pero los momentos buenos tapan todos esos recuerdos.

Le iba a preguntar qué poso le gustaría que Ayer, mañana dejara en el lector, pero... ¿qué poso ha dejado en Benito Rabal remover su propia historia?

Si te soy sincero, he escrito todo como si fuera ficción, así que he vivido todo el proceso casi como un agente externo. Cierto es que al recordar a compañeros que ya no están o al revivir situaciones que nunca más volverán a darse te entra cierta nostalgia, pero ya está. Además, estoy muy contento con cómo ha quedado la novela. Tenía miedo de que la gente acabara viendo a estos personajes como a un grupo de jóvenes borrachines que jugaban a hacer la revolución, pero, por lo que me cuenta la gente, he logrado lo que pretendía: retratar a unos personajes que, más que luchar por unos ideales, lo que pretendían era vivir libremente.

Y sobre esa segunda novela de la que hablaba antes..., ¿qué?

Pues, fíjate, ésta sí que es biográfica y, sin embargo, tampoco me ha removido demasiado. Por supuesto, me ha tocado escribir sobre mí mismo, pero lo he hecho como si yo no fuera ese Benito Rabal.

Sé que ahora toca hablar de Ayer, mañana, pero me ha dejado con la intriga: ¿Alguna pincelada sobre ese futuro libro?

Es un encargo de La Esfera de los Libros. Querían que hablara sobre mí mismo y sobre mi relación con mis padres, que son dos personas que rompieron su destino, que se rebelaron contra lo que la sociedad parecía tener preparado para ellos.

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