En el teatro es fundamental el trabajo de los iluminadores, y si no existieran harían falta más actrices con luz propia, como es el caso de Raquel Torres, que, cuando sale a escena, tan radiante, todo se ilumina, incluso las caras del público. Alfredo Ávila, su compañero de vida y de la compañía La murga teatro, me confiesa que ella «es un ser de luz» que le ha iluminado la vida. 

Conociéndola, muchos de vosotros pensaréis que esta maga de las tablas debe haber nacido en algún país de las maravillas, en un bosque encantado o en una isla pirata, pero Raquel Torres Vidal es hija del Campo de Cartagena. Su madre procede de Miranda y la familia de su padre, de Las Palas. Raquel se crió en el cartagenero barrio de Los Dolores y desde allí ha llegado muy lejos, siempre con la maleta hecha, llena de sueños, llevando su alegría, su sonrisa contagiosa y su mirada cómplice por los teatros, las plazas y los colegios de toda España. Como muestra, un botón: el sábado por la noche estuvo, como anfitriona, en la inauguración de la exposición conmemorativa de los 40 años de trayectoria de La murga (el grupo teatral más longevo de la Región) y nada más terminar, con unos bocatas en la furgoneta para la cena, se puso en marcha con los compañeros hacia Ávila, donde actuaron ayer. Raquel es incombustible, trabajadora incansable y una bendición para quienes la acompañan en el camino, siempre insuflando buen rollo y entusiasmo, a la vez que entrega y amor al oficio bien hecho. 

La foto se la hago en el almacén que tienen, desde hace años, alquilado en Pozo Estrecho a Antonio el Cartero. Está repleto de decorados, trajes y atrezo del centenar de montajes que La Murga ha hecho en su historia. Raquel es una de las clown más reconocidas del mundo teatral y, como tal, se caracteriza para la fotografía, pero ha querido que la saque con el ordenador: «Mi trabajo no solo es actuar, también me encargo del papeleo de la empresa, de redactar proyectos, memorias y facturas, al mismo tiempo que soy una de las profesoras de nuestra escuela de teatro… La verdad es que no sabría decirte qué me gusta más, soy una disfrutona de mi trabajo y me vuelco en que todo funcione como un reloj», me dice mientras nos vamos a seguir la conversación al bar de al lado: «Los Fermines es nuestra segunda casa, aquí nos tomamos los cafés, descansamos del trabajo en la nave, hablamos, preparamos ideas y recuperamos fuerzas comiendo o cenando».

Me cuenta: «De niña yo era muy artista, éramos siete hermanos y la familia no iba muy sobrada, pero me apunté a unas clases de sevillanas en el colegio Gabriela Mistral, sin contar con mi madre. Me dijeron que se acababa el plazo y que si quería bailar me tenía que apuntar en ese mismo momento. A mi madre le dijo la profesora: «Su hija vale mucho, que no deje el baile», así que me apunté a la Escuela Municipal de Danza, con Cari Sancho. Yo quería ser bailarina, pero en el instituto me apunté a unas clases de teatro, a ver si me ayudaban a superar la vergüenza que me daba el escenario (cosa que nunca he superado, si no fuera porque me camuflo detrás de los personajes y nadie se da cuenta)», y añade: «Yo no tenía mucha cultura teatral, la verdad, pero me di cuenta que me atraía el poder hacer sentir cosas a la gente, emocionarlos. Luego tuve problemas físicos con un tobillo y poco a poco me fui centrando en el teatro» y me cuenta que Chusa Alcaraz la preparó para las pruebas de Arte Dramático. «De mi paso por la Esad recuerdo grandes profesores, como Antón Valén, que me marcó y me introdujo en el clown, impartiéndome clases durante tres años. También aprendí mucho con César Bernal y Virtudes Serrano, cuyas asignaturas me apasionaban». Y allí conoció a Alfredo, que iba unos cursos por delante: «Pero nuestro flechazo fue en Cartagena, en aquel bar Directo, viendo un espectáculo de La Fura del Baus».

«Así que mi primer trabajo profesional fue con La Murga. Enseguida empecé a compaginar la oficina con los espectáculos de calle y, después, con la labor de profesora en la escuela de teatro. A partir de ahí todo ha sido trabajar, trabajar y más trabajar… por suerte», y me sigue hablando de su trayectoria, de sus trabajos para las concejalías, los colegios, la Región de Murcia y el Centro Andaluz de las Letras, con los cuentacuentos: «En aquel entonces yo era casi una pionera, así que fui aprendiendo sola, de ahí que mi estilo sea muy personal. Yo nunca me limité a leer, sino que llevé la interpretación y la gestualidad del mimo y del clown a los cuentacuentos. Todo esto me ha dado muchas satisfacciones, al igual que dar clase». Y se emociona hablándome de cómo ha ido viendo crecer a sus alumnos y cómo muchos de ellos, con problemas, han ido superándolos gracias al teatro. 

Le pregunto sobre sus aficiones y me insiste: «Nada me gusta más que hacer teatro, aunque me encanta cuando logro tener un domingo por la tarde libre y me pierdo, en el sofá, con un libro, sobre todo me gusta leer novela. Pero sobre todo me gusta estar con la familia, disfrutar de mis hijos», y se vuelve a emocionar hablando de cuando adoptaron a sus hijos, Amina y Saúl, dos niños excepcionales provenientes de Etiopía: «Alfredo y yo pensamos que no necesitábamos que nuestros hijos se nos pareciesen genéticamente, sino hacer nuestros a quienes están desamparados y es lo mejor que nos ha pasado en la vida».

Le preocupan los dramas que vive el mundo en la actualidad y cree que la cultura debería ser apoyada por todas las sensibilidades: «La cultura y el teatro es una bendición para la humanidad, necesaria como el comer, y no debería haber bandos en ello, ni utilizarla contra nadie». Me cuenta que, además de la Asociación de Empresas Teatrales, también han constituido una Asociación de Espectadores para hacer tertulias, debates y motivar al público. Con Alfredo, me dice, forma «un equipo inmejorable, discutimos artísticamente, pero nos complementamos. Aunque todo no son rosas, hemos pasado momentos duros, incluso nos hemos arruinado, pero de todo se sale». Con un ángel como ella, por supuesto.