En Aljucer, frente a su casa, tiene su taller Manuel Pardo Martínez, dibujante, pintor y grabador que nació en La Albatalía y que no ha perdido aquel aire inquieto de su niñez que recuerda debajo de los limoneros, escuchando el canto de los pájaros y viendo entrar y salir a las golondrinas de sus nidos: «Mi infancia son recuerdos de aquella huerta, hoy desaparecida, que para mí era un Edén y mi conexión con la belleza. Mi padre era jardinero y ese, tal vez, sea el único antecedente artístico que yo tengo en la familia», me dice, y mientras cruza la calle para traer de casa un par de cervezas fresquitas, yo hago un recorrido por su estudio, que no es demasiado grande pero tiene el espacio muy bien aprovechado y ordenado, dividido en dos alturas, en varias zonas de trabajo y una de almacenaje de obras.

Sigo desde hace tiempo la trayectoria de Manolo y he de reconocer que me subyuga la magia de unas obras que beben en las obras de los maestros clásicos, que actualiza y recrea añadiendo gentes actuales, cambiando colores y técnicas con un dominio del dibujo, de la composición, del color y la pincelada que te introduce en una especie de espacio intemporal lleno de magia. «Yo siempre me lo he pasado genial dibujando, ya lo hacía en el Instituto Licenciado Cascales, incluso cuando empecé a trabajar, en el Taller de Antonio Roca, con la restauración de la Iglesia de San Juan de Dios. Estuve 10 años, subido a los andamios, dedicado a pintar iglesias y restaurar altares dibujados, con esa simulación de volúmenes y perspectiva de la que tanto aprendí. A partir de aquí me reafirmé en que quería ser pintor y lo compaginé con el trabajo en las artes gráficas, donde seguí dibujando, grabando y diseñando logotipos y publicidad», y añade: «Desde que cumplí los 30 me relacioné con los movimientos culturales y artísticos de la Región, fundamos el Grupo Espiral, con Paco Cánovas Almagro, Antonio Martínez Mengual, Manuel Delgado, Paco Vivo y otros. Expusimos en varias ocasiones, en la Sala de San Esteban, en Los Molinos del Río y en otros espacios». Desde entonces ha participado en numerosas exposiciones colectivas e individuales.

Manolo es un artista prolífico, me cuenta que pasa muchas horas en el estudio, que algunas veces cruza la calle en pijama y se pone a trabajar sin mirar el reloj. Me enseña muchos de sus trabajos, sobre todo los que nunca ha expuesto, como una maravillosa y amplia serie de dibujos sobre cartulina, tamaño 70 x 100, con figura humana y desnudos del natural que muestran su dominio del lápiz, el carboncillo y el rotulador, con un trazo prodigioso y composiciones muy interesantes. Me confiesa: «La obra más importante de un artista es su estudio: a mí me gusta tenerlo ordenado, repleto de momentos y de series, es una especie de retrospectiva acumulada, como un diario de viaje». Y hablando de viajes, me cuenta que cuando sus hijos crecieron y tuvieron cierta estabilidad económica, empezaron a viajar con el único objetivo de ir a ver, en directo, ciertas obras de las que estaba enamorado, estuviesen en el museo que estuviesen. De ahí nace su espléndida serie Enigmas de la contemplación. Me cuenta que ha pintado en el interior de los museos durante 17 años, por eso le fastidia tanto que en El Prado no dejen ni hacer fotografías.

Hablamos del mercado actual, de que en la Región no hay coleccionismo, y recordamos aquellos tiempos antes de la crisis de 2008: «Se vendía todo, si no fuera porque mi mujer me guardaba una obra de cada serie, no tendría ninguna ahora», y me hace una confesión: «Yo sueño las obras, despierto o dormido, y les voy dando vueltas y los voy trabajando. Cuando no sueño cuadros, me gusta ponerme a dibujar con modelos, del natural».

Y me doy cuenta de que Manolo Pardo es un ser lleno de humanidad y esperanza. No le agobian los problemas del mundo, ni cree que el cambio climático ni las guerras nos aboquen a la extinción. Confía en que salgamos de esta porque: «La vida siempre triunfará, de estos nubarrones también saldremos. La Cultura nos sanará». Que así sea.