En las Torres de Cotillas, en el Vivero de Empresas del Polígono de los Vientos, tiene su taller Ana Isabel del Canto Rodríguez, maestra artesana, escultora, profesora y artista de importante proyección. El taller tiene varios ambientes y mesas de trabajo, una zona para el horno, otra de soldaduras, otras de almacenaje y una para impartir sus clases particulares y cursos. Me recibe con esa cariñosa sonrisa suya que le achina los ojos y nos ponemos al día.

Es una mujer de montaña, nació en Cistierna, León, y aún gusta de hacer montañismo. Con seis años se fue a vivir a Barcelona. Su abuelo paterno era ebanista y fabricaba confesionarios. Su padre y uno de sus tíos, también tallaban en madera. Ella, de pequeña, no paraba de dibujar con unos lápices mágicos, que se chupaban, de su abuelo materno, que era minero. En Barcelona Anabel estudió Artes Suntuarias en la Escuela Massana, especializándose en esmaltes al fuego sobre metal, aunque también profundizó en el dibujo del natural. También se ha formado en repujado y grabado, y me cuenta: «A los 15 años empecé a trabajar en una empresa de reproducción de cuadros famosos al esmalte. Con ello me pagaba los estudios. Luego trabajé también en una Escuela de Pretecnología. La verdad es que nunca he dejado de trabajar, siempre me he tenido que ganar la vida, especialmente cuando, con dos hijos, me separé de mi pareja y prácticamente me quedé en la calle y sin taller».

De Barcelona se vino a Alicante, donde montó un taller con otros compañeros artistas, y en 1986 «me vine a la Región de Murcia donde fui profesora en la Universidad Popular de Alcantarilla. He sido la mujer orquesta, yendo en bicicleta de allá para acá, incluso para llevar a mis peques al cole. Aquí contacté con los Centros y las Ferias de Artesanía, donde siempre he llevado mis cuadros, mis esculturas y mis piezas de artesanía y joyería, fundamentalmente por Murcia, Lorca y Cartagena», me dice, y me cuenta que siempre ha conciliado la vida de madre con el trabajo, con el taller, con las ferias y «también con la lucha, por ejemplo cuando reivindicamos una Ley Regional de Artesanía, para regularizar la situación de los artesanos o, ahora, para conseguir que se nos rebaje el IVA de las obras al 10 % para ser más competitivos». Y me explica que no es igual un artista o un artesano, que fabrican las propias piezas, que un «montador», que sólo engarza piezas fabricadas por otros, y añade: «dar el mismo reconocimiento a tan dispares actividades y ponerlas en el mismo saco, es un despropósito y una puñalada contra nosotros. A mí me preocupa la pervivencia de los oficios, que no se pierdan y que se valore la artesanía más que el montaje de gentes sin cualificar, sin creatividad y sin formación», y me confiesa su desilusión ante los políticos: «ellos vienen y se van, salen en las fotos y pasan de largo, no duran en los cargos y los problemas siguen sin resolver, en especial todos los que tienen que ver con el arte, la cultura y, más aún, con la artesanía».

Ha hecho muchas exposiciones, es autora de hermosas rotondas con sus esculturas a tamaño gigante, y ha hecho escenografías para obras teatrales. Imparte clases: «Desde que terminé de estudiar he enseñado en colegios, escuelas de verano, centros culturales, centros de la mujer, Universidades Populares, etc. Es una actividad que me llena y me da sentido, muy placentera. También he impartido talleres en otros países, como Mozambique. Siempre me ha atraído el voluntariado y he sentido una llamada especial por África. Allí he trabajado con niños y con mujeres, enseñando esmalte y ensamblaje, haciendo juguetes y objetos para vender y que puedan subsistir…», y me cuenta que fabricaban sopletes con botes de tomate, petróleo, una mecha y un tubo para soplar. «Cuando no hay nada, la creatividad es un tesoro, por eso a mí me gusta tanto impartir talleres con materiales reciclados. Convertir la basura en arte es una magia maravillosa». Anabel no tiene una varita mágica, pero su cabeza está llena de una imaginación que da vida a través de sus manos de trabajadora.