Llegó a casa acompañando a su madre, Cari ‘La Bicho’, con la que había quedado para hacerle unos retratos. Durante la sesión, Noa estuvo todo el tiempo en un segundo plano, pero muy atenta a lo que pasaba, por lo que cuando acabé de fotografiar a su madre, les pedí permiso a ambas para poder hacerle también algún retrato a ella, a lo que no tuvieron inconveniente. Solo Cari, al ver cómo iba a posar su hija, con todo el pelo cayéndole por delante de la cara, pretendió recogérselo, aunque, afortunadamente me opuse, pues entendía que aquel pelo era una parte importante de su retrato. Sí, estaba claro que esa mirada de Noa necesitaba un contexto, como un escondite que justificara aquella intensidad que reflejaban sus ojos, entre sorprendidos e interrogantes.

 Muchas veces me han dicho que fotografío el alma de las personas. Y claro, aunque uno entiende a qué se están refiriendo cuando me hablan de esa capacidad mía, casi mística o mágica, para captar la imagen de algo tan inefable como es el alma, lo que en realidad sucede es que es la propia persona la que nos está ofreciendo un instante suyo que nada tiene que ver con la pose ‘activa’ a la que nos tienen acostumbrados. Solo así, desprendiéndose de toda iniciativa, de todos aquellos recursos faciales con los que en cierta manera nos ‘protegemos’, podemos mostrar eso otro que verdaderamente somos. A partir de aquel instante, el devenir del tiempo seguirá marcando nuestra evolución; Noa se hará mujer y terminará recogiéndose el pelo, pero aquella su mirada entrelazada de niña que se asoma al mundo, habrá quedado fijada para siempre en la memoria de lo que fue.