Quedo con la galerista Eva Hernández Calderón en su Two Art Gallery de Murcia. La galería está repleta de obras, en un maravilloso desorden: este verano ha cerrado por vacaciones y están aprovechando para hacer un traslado a un nuevo local, aún más amplio, que ya es decir. La fotografía la hacemos en uno de los almacenes con obras de Marc Sijan, que casi hablan. Cerca, otras figuras bizarras y misteriosas, piezas del escultor Thomas Kuebler, de una muestra que Eva tituló De brujas, monstruos y asesinos. La galería viene organizando unas muestras sorprendentes con los mejores artistas del mundo: arte figurativo contemporáneo, que no deja a nadie indiferente ni aburrido, mezclando el humor, el ingenio e incluso el mensaje crítico.

Nos tomamos un café en una terraza de enfrente y vuelvo a disfrutar del encuentro de una persona agradable, inteligente, muy preparada y con una conversación de las que hacen que el tiempo te parezca fugaz y a la vez eterno, mientras las neuronas se divierten. No soy nada original, porque le pregunto lo mismo que todo el mundo le dice: «¿Cómo una galería con un proyecto tan importante está en una ciudad de provincias en lugar de estar en Málaga, Madrid, Barcelona o Berlín, aunque a algunos nos venga como un regalo que estéis aquí?». Se ríe y me contesta: «Hoy día el mercado internacional del arte está tan conectado que se puede trabajar como nosotros: con grandes artistas del ámbito internacional y con coleccionistas y clientes de otros países. De hecho, nuestras ventas están en otros lugares de Europa o América. En Murcia no hay apenas coleccionismo y las instituciones tampoco apoyan el arte contemporáneo, sino que se limitan a seguir repitiendo el arte regional y así no es extraño que la generación joven se esté desligando de la cultura y el arte, porque lo ve aburrido y nada actualizado».

Eva quiso estudiar Publicidad, siempre le interesó todo lo concerniente a la creatividad, pero también le gustaban las matemáticas, tal vez por darle entretenimiento y retos a su cerebro inquieto. Finalmente hizo Historia del Arte, «aunque todos me advertían que eso no tendría salida, pero mira por donde, enseguida trabajé en varias galerías, en la Galería Clave y hasta dirigiendo algunas revistas de Arte», me dice. Y hablamos de todo el proceso de concebir, organizar y montar una exposición: «Cada exposición es una aventura infinita. Yo ya estoy trabajando en exposiciones que haré dentro de tres o cuatro años, no es nada improvisado, tengo que imaginar la muestra, pensar en los artistas más idóneos a nivel internacional, ponerlos a trabajar y luego diseñar el montaje que, hasta el último día, está abierto al cambio, la propia exposición te va guiando, como esos personajes de una novela que van llevando al propio autor, hasta que todo queda redondo». Y me cuenta cómo un montaje puede ensalzar la obra de un artista o hundirlo: «El montaje de una exposición es como la obra de un arquitecto, puede hacer maravillas con los mejores materiales o puede hacer un edificio horrible. En cierta manera, nuestra labor es muy creativa y toda una responsabilidad».

Le confieso que sigo con interés sus publicaciones en La Opinión y su importante participación en otros ámbitos, como sus programas en la radio o su Vicepresidencia en la Asociación de Mujeres Empresarias de la Región y me contesta: «Hay que pisar suelo y echar una mano para que ciertas cosas mejoren en tu entorno, aunque lo bueno y necesario del Arte es que te puede elevar a mundos imaginarios y los hace posibles y reales».

Y volvemos a analizar el momento: «Las instituciones nos están ofreciendo arte mediocre, como una sanidad y educación con pocos medios, pero en Murcia pagamos impuestos como para que aquí se hiciese una política cultural como la que hay en Málaga, o más. Aquí se practica la política de la desidia y lo consentimos. Sin ir más lejos, mira ahí enfrente, como está la ermita de los pasos de Santiago. Nadie hace nada porque nos han anestesiado. Somos unas máquinas absurdas de mirar pantallas y teléfonos». Me habla de sus años en Portugal y en Córdoba, de su ansia de naturaleza y retiro… pero eso lo contaré otro día que me vuelvan a mirar sus ojos verdes.