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Gabriel García Sánchez, el químico luchador

Gabriel García Sánche

Gabriel García Sánche

Pascual Vera

Pascual Vera

El más de medio siglo que ha permanecido el químico Gabriel García Sánchez -Gabi para tantos amigos- en la Universidad de Murcia bien podrían haber sido otros tantos como matemático en la Universidad de Valencia. Esos eran sus planes al menos cuando en 1968 se presentó a la selectividad. Pero su precaria situación económica entonces, huérfano de padre y con un hogar en frágil equilibrio, en el que tenía que aportar lo poco que conseguía con sus clases particulares, le obligó a desechar la idea, quedándose con la tercera de sus opciones, que no era otra que estudiar Química en Murcia. Ignoramos qué habría sido de aquel hipotético matemático de la Universidad de Valencia, pero sí sabemos que la de Murcia se hubiera quedado sin un químico prestigioso en su ámbito y un luchador como pocos por las causas sociales, batallador perseverante por una universidad más justa, plural, abierta y democrática, como ha defendido siempre, primero desde sus posiciones como estudiante, luego como uno de los líderes de aquel movimiento de penenes que revolucionó la universidad española, y más tarde en diversos puestos de gestor académico, que incluyen sus diez años de decano en su facultad de toda la vida -Química- y un intento frustrado por acceder al rectorado.

Su etapa como docente comienza el 11 de septiembre de 1974, recién licenciado, en el Departamento de Química Inorgánica, en el que 20 años más tarde se convertiría en catedrático.

Su padre fue farero o farista -que ambas expresiones son correctas-, y quizás sea ese carácter aislado y meditabundo que se les supone a los fareros -o faristas-, acostumbrados a escrutar el horizonte marino y guardar los pensamientos para ellos a la espera de un interlocutor, lo que ha propiciado que Gabriel, su hijo, piense mucho y esté deseando verter sus pensamientos al exterior, antes de quedarse nuevamente aislado con el horizonte marino en lontananza. Eso es lo que ha propiciado que Gabriel García Sánchez vierta sus pensamientos al exterior en cuanto tenga la menor oportunidad de hacerlo. 

Ello le ha granjeado grandes amigos y muchos seguidores, pero no pocos detractores, que no han comulgado con sus ideas. «Mi palabra ha sido mi única arma», comenta el bueno de Gabi, que nunca ha sido partidario de la violencia ni de pensamiento, pero sí de esgrimir libremente sus ideas guste o moleste a quienes guste o moleste valga la reiteración.

Este cronista profesa un gran cariño por este profesor, que le precedió algunos años en mi entrada en la Universidad de Murcia, pero con el que siempre se ha identificado, quizás porque nuestras respectivas infancias, separadas algún lapso en el tiempo, han tenido un hogar precario como denominador común y un lugar compartido en el que a ambos se nos abrían los ojos de la fantasía y de nuestro respectivo afán lector: el local inenarrable de Perico el estafaor, cruel nombre con el que nombraba la chiquillería de nuestra infancia, a un local lleno de sueños y tebeos, con nuestros héroes El guerrero enmascarado o El capitán trueno prestos a ser cambiados por los que ya llevábamos, desbaratados y leídos, mediante el módico precio de una peseta. Una peseta era el precio de volver a soñar un episodio nuevo y tomar impulso para un nuevo curso que siempre acechaba.