Conocía y admiraba el trabajo de Carmen Ramil Hernández, diseñadora de moda y complementos, y he quedado en el atelier que tiene junto a la Catedral de Murcia. Me ha recibido con un bello vestido de seda amarillo que aún resaltaba más su sonrisa y su cabello pelirrojo. El local está divido en dos estancias, una, amplia y luminosa, en la que recibe a sus clientas, con la exposición de sus creaciones: vestidos, intervenciones pictóricas, complementos, maniquíes, espejos, etc. y otra con el taller y despacho donde trabaja. La foto se la hago junto a un atrevido y singular refajo que se ha llevado a su terreno, sustituyendo el bordado por la pintura sobre textil, consiguiendo un exquisito equilibrio entre la tradición y la innovación, cosa que voy descubriendo que le gusta mucho.

Carmen lleva 19 años en Murcia, pero ella es de Madrid, donde estudió diseño en la Escuela Politécnica y luego en la Cátedra Balenciaga. Su abuelo fue catedrático de Bellas Artes y su madre una reconocida gerente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Si no hay nada mejor, en las actividades artísticas, que tener una mirada propia, en el caso de Carmen hay que subrayar que se cumple doblemente, Me cuenta que un día, de joven, un profesor descubrió que lo suyo no era por rebeldía ni por llamar la atención, sino porque tenía una tara visual de sinestesia que le hace sentir cosas cuando ve los colores. Me lo explica y le confieso honestamente que más que tara me parece una capacidad superior digna de envidiar. Me cuenta que nada más terminar la carrera, ya se quedó impartiendo clases, que fue profesora durante años y que le gusta muchísimo la enseñanza. A la medida que la conversación avanza, se me hace más agradable e interesante por momentos, compruebo su valía para la pedagogía y para enseñar, así como su dominio del idioma y del manejo de las ideas y los conceptos, cosa que uno hubiese esperado más de una profesora universitaria.

Me explica con detalle todo su proceso creativo, tanto el actual, con su marca propia y con otra conjunta con Gemma Pujalte, como el anterior cuando trabajó, como diseñadora, durante años, para importantísimas marcas de moda en Madrid y, con brillo en los ojos me detalla entusiasmada la ruta de la moda que empieza en la Première Vision de París, muchos meses antes de cada temporada, y luego sigue con la feria de Prèt a Porter, y la moda se va decantando desde los tejidos y los colores hasta las líneas y siluetas.

«Hacer lo que te gusta es fácil, pero hacer muy bien lo que no te gusta es mejor. Trabajar para la industria de la moda no sé si es arte o no, pero es tan apasionante como agotador. Durante muchos años no tenía vida, no pude dedicarme a mi familia; ahora en Murcia, con mi empresa, he podido conciliar mejor. Ahora he descubierto placeres pequeños, como tomarte una marinera con un vino blanco fresquito, sin mirar el reloj ni el teléfono. Y ello es compatible con seguir siendo una perfeccionista que ama el trabajo lleno de creatividad y alegre seriedad», dice.

Y Carmen me confiesa: «No hay sensación mejor que la de hacer felices a los demás, ver a las mujeres cuando vienen al atelier y se prueban una de mis piezas, que siempre son únicas y exclusivas, y me buscan los ojos a través del espejo, para darme infinitas gracias con la mirada. Yo soy muy cómplice de la mujer, mi objetivo es que la mujer que use uno de mis diseños sea, por ello, mucho más feliz», y cuenta la primera vez que sintió un vuelco en el corazón cuando, en el Metro de Goya, se cruzó con dos chicas que llevaban algo que ella había diseñado.

Me apasiona su visión de la creatividad: «La moda, como el arte, debe reflejar lo que pasa, el momento en que se vive. Cuando cayó el muro de Berlín se llevaban los crudos y rápidamente hubo un giro hacia los colores eléctricos. El talento sin información y sin cultura es un desperdicio», o cuando me dice: «Más es más y menos es muy poco». Embobado.