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La Opinión de Murcia

La cápsula del tiempo

La playa de los Cocedores

Playa de los Cocedores Loreto López

En los confines del sur de nuestra costa regional, lindando con la vecina provincia de Almería, con la que comparte este pequeño espacio, la Playa de los Cocedores nos brinda un espectacular paisaje con tintes misteriosos. Este rincón maravilloso, poco conocido para muchos de nuestros paisanos, ha sido el elegido por mi buena amiga Charo Guarino para guardar en la Cápsula de hoy.

No vamos a entrar aquí en dilucidar las disputas que existen entre los ayuntamientos de Águilas (Murcia) y Pulpí (Almería) sobre la pertenencia de este territorio costero, en estos momentos compartido, aunque he de apuntar que ya en el siglo XVI pugnaban por ella los ayuntamientos de Lorca y Vera; desde entonces hasta ahora siempre ha habido un tira y afloja por esos lindes entre los municipios vecinos.

La playa de los Cocedores, llamada también Calacerrada, junto con Calarreona, La Higuerica y La Carolina forma el conjunto natural protegido por la red europea Natura 2000 denominado Cuatro Calas y el humedal de Cañada Brusca, por su relevancia tanto por las singularidades del paisaje como por la flora y la fauna características del territorio; una vegetación baja propia de los saladares mediterráneos compuesta por garbancillos, sosas jaboneras, siemprevivas, cuernicabras y otros matojos, en los que apenas reparamos en nuestro caminar, asientan este árido suelo de areniscas y conglomerados volcánicos, dando cobijo a la lagartija colirroja y a multitud de pequeñas aves, como el alcaraván, la carraca, la terrera, o al no tan pequeño halcón peregrino.

Pero volvamos al paisaje de los Cocedores, donde el intenso color amarillo albero de la arenisca destaca potente sobre las aguas turquesas, que se remansan plácidamente abrazadas por las cerradas paredes de esta pequeña cala, creando una estampa pictórica de gran belleza.

Esa costa, erosionada por las mareas a lo largo de miles de años, ha dado lugar a formas extravagantes y orificios más o menos profundos que el hombre de otro tiempo aprovecho para hacer cobijo en él. Luego, la misma serenidad del mar en su resguardo, hizo práctico su uso para la labor de cocer el esparto, con la sencilla intervención de formar balsas con piedras para evitar la pérdida del material.

Cuando menos desde el Neolítico, la fibra del esparto, planta natural de estas latitudes, ha sido utilizada para la fabricación de numerosos enseres, cordelería, cestas y alfombras, alpargatas, etc. y hasta bien entrado el siglo XX, con la llegada de los nefastos plásticos, supuso una parte muy importante de la economía de la zona, ya que no solo se manufacturaba para el empleo cotidiano de las gentes del entorno, sino que la solidez y calidad de la cordelería de esparto aguileña la hacía ser demandada en toda la península.

Cuentan que precisamente la cocción del esparto en agua de mar era la que favorecía las cualidades del material y hacía tan preciado el producto. Esa tarea artesanal, casi olvidada en nuestros días, se realizaba tras la recolección de esta planta, entre los meses de junio y julio, tras lo cual se dejaba secar al sol antes de almacenarse. La salobre agua dotaba a la fibra vegetal, introducida en ella durante casi un mes, de una resistencia y flexibilidad increíble.

Hoy, cuando todo eso es apenas una anécdota en el paisaje y nombre de los Cocedores, queda una historia que contar en esta página o para turistas curiosos que buscan la explicación de los restos de piedras que conforman las balsas donde el baño es, si cabe, más placentero.

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