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Rosario Guarino: "En el pasado se encuentran las claves necesarias para abordar el presente y el futuro"

Como ya hiciera el pasado año con A la intemperie (2021), Guarino ha vuelto a recopilar sus perlas veraniegas del suplemento Sinfín de La Opinión en un libro: Vuelo de palabras (2022), esta vez con la colaboración de José Luis Montero, que se ha encargado de ilustrar cada texto

La profesora y escritora Charo Guarino. Juan Perez de Lema

Cuando llega el verano, Rosario Guarino cuelga su bata de doctora (si es que las doctoras en Filología Clásica llevaran bata, pero el símil se entiende). Lo que se pretende decir es que, durante el periodo estival, durante ese impasse entre cursos que sirve para coger aire, Charo –porque a ese nombre responde fuera del ámbito universitario– deja a un lado la árida verborrea académica para dejarse llevar, si cabe más que nunca, por las palabras. Porque estas no son su trabajo, sino su pasión, y con arrebato las disecciona, las analiza, las cuestiona..., como una científica, pero de letras, claro. Rebusca entre sus acepciones, en sus orígenes, en sus historias; las rastrea, busca y encuentra en los lugares más insospechados. Y durante 62 días –los que van del 1 de julio al 31 de agosto–, publicó sus conclusiones en La Opinión. Diariamente, sin falta alguna. Ahora ha recuperado aquellos textos en un libro titulado Vuelo de palabras (2022) y que ha contado con José Luis Montero para redondear una preciosa edición de Áurea con ilustraciones construidas, a partir de las propias palabras, con letras.

 

¿Escribe diferente en verano?

Creo que escribo bastante parecido siempre, aunque el registro de la prensa es distinto al académico, y el verano es un tiempo proclive al ocio y a la evasión, lo que por fuerza ha de verse reflejado en la escritura. Por otra parte, depende también del género. No es lo mismo la prosa que la poesía, como es obvio, ni el relato que el ensayo. Cada género tiene sus propias claves.

A esta recopilación de artículos le dio forma día a día, en ‘tiempo real’, como dice Ángel Montiel en el epílogo. ¿Qué aprendió durante el proceso?

Aprendí a dosificar y a sintetizar, pues me propuse que la extensión de cada artículo diario no superara las 250 palabras. Y lo conseguí, aunque después en su publicación como libro pulí algunas cosas y de la revisión surgió una versión corregida y aumentada en la que además incluí los términos en griego o en árabe, que en la versión para la prensa aparecían transliterados a caracteres latinos.

José Luis Montero. L. O.

¿Qué espacio ocupó la escritura de estos textos en su vida durante aquellos 62 días?

La verdad es que me tomó mucho más tiempo del que en un primer momento preveía, y el hecho de que el compromiso fuera diario me obligó a hacer ‘horas extra’ en ocasiones para poder tener un respiro de vez en cuando, pero incluso en medio de las vacaciones estivales, en el mes de agosto, no pocas veces tuve que andar en busca de Wifi para poder cumplir con los envíos. No negaré que puntualmente resultó algo estresante, pero, si se me permite la falta de modestia, creo que el resultado mereció la pena.

¿Cómo eligió las palabras?

En principio traté de que fueran palabras de actualidad, y a esa idea responden no pocas de ellas, sugerencia en parte de Ángel Montiel y también de José Luis Montero. Pero después me dejé llevar por otras motivaciones, como el que fueran palabras con una historia que pudiera despertar el interés de los lectores y que les enseñara algo. Y también que pusiera en evidencia la importancia del griego y el latín clásicos, tan injustamente denostados y maltratados en los sistemas educativos, que los condena bajo la denominación despectiva de ‘lenguas muertas’ cuando atesoran en germen saberes que gozan de plena vigencia y nos ofrecen lecciones absolutamente actuales.

En cierto modo, sus textos son reivindicaciones de una continuidad histórica en la lengua. ¿Corren peligro los significados de las palabras en el mundo de las ‘fake news’?

Las palabras evolucionan no solo fonéticamente. También lo hacen desde el punto de vista semántico. Son reflejo del mundo, al tiempo que lo modelan, así que sus acepciones van variando, y algunas de ellas caen en desuso, mientras se crean otras. También hay otras que periclitan, y para sustituirlas el lenguaje se puebla de neologismos (para los que no es extraño el recurso a las lenguas clásicas), así como de préstamos o adaptaciones de otros idiomas. Es algo natural. La etimología es una disciplina fascinante porque da cuenta del origen de las palabras y nos cuenta historias que resultan muy enriquecedoras, llenas de curiosidades y anécdotas que nos hablan de nosotros mismos, de una forma de mirar la vida, de relacionarse, de ser, de estar, de pensar... En definitiva, de existir.

Usted suele defender la importancia de mirar al pasado para obtener un cierto resuello que nos permita afrontar el futuro.

Sí. Estoy plenamente convencida de que en el pasado se encuentran las claves necesarias para abordar el presente y el futuro. No creo que haya que quedarse anclado en ese pasado, ni que haya que mirar a él con melancolía, sino que es preciso contemplarlo como el fundamento, la raíz, de la que toma savia el árbol que nos da sus frutos precisamente porque la sustancia que lo nutre es rica y lo hace fértil.

Se extrae de estos textos la idea de que los significados que usted apunta no son definitivos. ¿En qué momento se considera que el uso de un término puede comenzar a ser norma?

La lengua la modifican los hablantes, y es el uso el que hace la norma, como bien saben los académicos. Es tan absurdo resistirse a ello como necesario cuidar la corrección y evitar el maltrato que en muchos casos experimenta. Si despreciamos el medio que nos permite expresarnos, la comunicación sufrirá, y con ella las relaciones interpersonales. Hemos de ser conscientes de las consecuencias si de verdad queremos progresar y evolucionar. Y vivir en paz y armonía. La palabra es un arma muy poderosa.

¿Cuándo surge la idea de incluir el trabajo de José Luis Montero?

Desde el principio del proyecto; o incluso antes. Cuando solo era una idea en ciernes, José Luis se implicó sugiriéndome términos, y pronto fue más allá, ilustrando algunas palabras por medio de grafías. Recuerdo que la primera fue la dedicada a la siesta. Cuando me la enseñó me sorprendió la forma en que a la vista de la inicial de la palabra, y con el auxilio únicamente de letras y glifos, podía deducirse el significado de la misma. Fue entonces cuando me aconsejó que entre las 62 palabras hubiese al menos una de cada letra del alfabeto, y poco a poco se configuró una especie de diccionario ilustrado con mucho gusto y acierto. Lo tomó como un juego que a mí me motivó y me sirvió de acicate, y la verdad es que ambos disfrutamos mucho con una tarea en la que nos complementábamos. Y así se fue modelando el libro, con una correspondencia entre el texto y la imagen que para mí resulta necesaria e imprescindible.

¿Por qué él?

Porque además de ser un magnífico diseñador gráfico, entre otras muchas cualidades que le adornan, volamos juntos. Quiero decir: somos pareja desde que nos conocimos gracias a otro trabajo literario, En el nombre de Ovidio (2020). Aquella era una edición antológica de poemas dedicados al vate de Sulmona que surgió como homenaje por el bimilenario de su muerte y que vio la luz en plena pandemia bajo los auspicios de la Fundación del Teatro Romano de Cartagena, y gracias en particular a la doctora Elena Ruiz Valderas, que lo incluyó en la colección Diálogos del Mundo antiguo. Pero, volviendo a José Luis, tanto él como yo somos, más que bibliófilos, bibliómanos, y ha sido una experiencia de simbiosis muy gratificante poner en común nuestros acercamientos individuales en el ámbito de la palabra escrita en el que puede decirse que ha sido nuestro segundo hijo.

¿Qué tiene entre manos para este verano?

Pues aún no lo tengo definido..., pero, como de costumbre, ando dando vueltas a ideas y palabras. El mes de mayo ha supuesto un paréntesis forzoso en mi vida debido al repentino e inesperado fallecimiento de mi madre. Poco a poco iré tomando de nuevo el pulso a los quehaceres. Así que algo saldrá, seguro.

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