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Senza fine

Vidas rebeldes, el camino a casa

Vidas Rebeldes

Vidas rebeldes (1961) parece, sobre le papel, un proyecto de ensueño, una de esas piezas de museo del Hollywood clásico con una colección de estrellas como pocas veces se ha visto. En aquella pequeña cabaña de Reno se reunieron Clark Gable, Montgomery Cliff, John Huston, Arthur Miller, Marilyn Monroe y, si se me permite, Thelma Ritter, una costelación de otra galaxia. Pero más tarde, una vez terminado el rodaje, una especie de leyenda negra terminó apropiándose de la película.

Todo comienza con el guion de Miller, uno de los grandes dramaturgos del pasado siglo con una capacidad especial para destapar las miserias de su sociedad. Vidas rebeldes es, ante todo, un cruce de caminos de unos tipos solitarios. En algún lugar de la monótona geografía norteamericana confluyen un cowboy otoñal, un buscavidas que anda saltando de rodeo en rodeo sin demasiado éxito y una pobre chica recientemente divorciada. A medida que se va desarrollando la trama nos damos cuenta de que su autor escribió la obra en exclusiva para Marilyn, su esposa en aquel momento, con una muestra de diálogos que son verdaderas confesiones de amor y que van dando forma a un callejón sin salida con un marcado espíritu sentimental.

El siguiente eslabón de la cadena es Huston y su dirección contenida en la mayor parte del metraje. A pesar de ciertas reiteraciones consiguió mantener esa atmosfera decadente de las pequeñas ciudades de Estados Unidos. A él también se debe el gran acierto de dejar caer el peso de la trama sobre los hombros de Marilyn. No existe en toda la filmografía de la actriz una interpretación parecida. Hay un rasgo de tristeza en su mirada y en su voz quebradiza insólito, de verdad, como si esa chica se hubiese olvidado de interpretar y estuviese desnudándose delante de la cámara. Incluso en esos planos extrañamente desenfocados uno tiene la sensación de estar frente a un ser humano que se está apagando poco a poco.

La maldición de Vidas rebeldes no tardaría en llegar. Gable moría de un ataque al corazón unos días después del rodaje. Por su parte, Clift se enfrentaba a un largo declive personal. Su rostro había quedado destrozado en un accidente de tráfico unos años antes y ya nunca recuperaría su luminosidad original. En esta película está irreconocible con una expresión petrificada. Al final de esta encrucijada de pobres diablos se sitúa la muerte de Marilyn, un caso lleno de sombras con los hermanos Kennedy de por medio y que se ha reavivado recientemente con el estreno de un documental en Netflix.

Visto con los ojos de hoy en día, la última escena de Vidas rebeldes esconde un cierto misterio. Gable y Marylin conducen por una carretera. Hablan del futuro y de que tal vez ha llegado el momento de volver a casa. Sus palabras en esa noche estrellada están cargadas de fatalismo, como si ambos supiesen que su tiempo en este mundo se ha terminado y se estuviesen despidiendo de todos nosotros. Una maldita coincidencia cinematográfica.

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