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La Opinión de Murcia

Los dioses deben de estar locos

Dorothea y la luz del dolor

y la luz del dolor Dorothea y la luz del dolor JOSÉ ANTONIO MOLINA GÓMEZ Profesor titular de Historia Antigua de la Universidad de Murcia

Goethe escribe Hermann y Dorothea en un momento, decisivo para él personalmente, en que ha adquirido plena conciencia tanto de su misión poética como de los tiempos históricos en que vivía. La obra es concebida como un gran monumento literario a la humanidad en una época marcada por los conflictos y la revolución. Goethe habla de las penosas consecuencias de las guerras revolucionarias para la población civil, que abandona sus hogares precipitadamente en columnas humanas inundando los caminos, torrentes de refugiados que anegan las poblaciones vecinas, formados por personas aterrorizadas, hombres, mujeres, niños, ancianos, que huyen vestidos con cualquier cosa y llevan los pocos enseres que han salvado a toda prisa.

De esta circunstancia particular surge una obra literaria universal. En este poema épico Goethe elige ser un nuevo Homero que describe pueblos en marcha y a la fuga ante los acontecimientos históricos que fuerzas ocultas han desatado. La catástrofe es el escenario para la historia de amor entre Dorothea, una mujer refugiada, y un aldeano de buena posición llamado Hermann.

Una comunidad entera de personas desplazadas cruza por la aldea del joven. La curiosidad rodea a los suplicantes que imploran refugio. La desgracia humana aparece primero como un espectáculo de entretenimiento, que poco dice en principio de la bondad ante el dolor de nuestros semejantes. El egoísmo de quienes aún no han sufrido nada parecido aflora ante el panorama de calamidades. Aquel que está solo en la vida, sin cargas familiares y vive, si no cómodamente, al menos sin grandes apreturas, piensa en su monótona existencia vacía como en algo afortunado al echarse en cara la zozobra ajena, y se complace por no tener que alimentar a hijos hambrientos, o asistir a esposa alguna, obligada a parir hacinada entre otros prófugos, sobre una carreta desvencijada cruzando un país extraño.

Esta actitud apática e insolidaria solivianta a Hermann, quien hasta el momento nunca había dado muestras de interés por las cosas del mundo, ni tan siquiera por la convencional y cotidiana preocupación de construirse un porvenir sobre el que fundar una familia. Sin embargo, la visión de la desgracia excita las fuerzas de la humanidad que residían como aletargadas en él. El dolor, paradójicamente, le llama a la vida; su espíritu despierta, y de la conmiseración pasa a la acción. Idéntico cambio comienza a darse en muchos habitantes de la aldea, pues rápidamente proveen de ropa, alimentos y cobijo a los refugiados que habían cruzado sus lindes en situación tan apurada.

La historia de amor se desarrolla más allá del idilio romántico. Resulta una declaración de principios a favor de la dignidad humana. Dorothea se encuentra, como los demás, en un estado de necesidad angustiante, pero si es palpable su postración, no hay humillación en ella. Antes bien, esta mujer brilla con una dignidad sublime, encara las desgracias con entereza, ayuda a todos con su ejemplo, con su disposición y con sus propias manos. Ha reconocido en Hermann no al joven burgués que busca esposa conveniente a su clase, ni al varón condescendiente que pretende darse un capricho sentimental bajo el heroico pretexto de la compasión. En el muchacho palpita el sentimiento compartido de amor por la humanidad doliente, vemos en él la fraternidad que une a las gentes, y la repulsa por tantas cosas terribles que los seres humanos pueden hacerse entre sí en nombre de nobles ideales o simplemente por gozarse en hacer el mal.

Dorothea es la verdadera protagonista y sea cual sea la escena por donde ella pase, deja una impronta indeleble cuando se ha marchado, como cuando la poderosa luz del sol ha quedado fija en nuestra pupila al envolver un objeto, que continuamos viendo todavía sobrepuesto en todo aquello que miramos. No falta, en nuestro mundo una luz semejante de dignidad, dolor y desdicha, brillando en las tinieblas, por más que no haya ojos para querer verla porque mundo y tinieblas la rechazan.

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