Kiosco

La Opinión de Murcia

Senza fine

El sueño americano de Murnau

Murnau comenzó a hacerse visible en el mapa cinematográfico a principios de los años 20 convirtiéndose muy pronto en uno de los máximos referentes del expresionismo alemán. Su cine, a pesar de transcurrir en un mundo idílico, siempre estaba amenazado por unas criaturas fantasmagóricas, un fiel reflejo de lo que estaba sucediendo en la Europa de aquellos tiempos. Pero, sin duda, su principal virtud como creador era su espíritu poético, la enorme facilidad para encontrar la belleza bajo cualquier circunstancia por muy perversas que pudieran ser sus historias.

Ese estilo tan apabullante hizo que William Fox, presidente de la Fox Film Corporation, le ofreciese a Murnau la posibilidad de trabajar en Hollywood bajo unas condiciones de ensueño para cualquier director: tema libre, alto presupuesto y la promesa de mantener a los productores a varias millas de distancia para su siguiente proyecto. De esta manera se forjaron los cimientos de Amanecer (1927), una obra capital en la historia del cine que sorprendió por los movimientos fluidos de cámara y, ante todo, por ese tratamiento de la luz que llega a convertirse en un estado de ánimo como nunca se ha visto en una gran pantalla.

A pesar de su gran valor artístico la película no fue bien recibida por el público y supuso un desastre financiero para los estudios. La Fox retiró de inmediato los privilegios a Murnau y para sus siguientes títulos, Cuatro diablos (1928), un tesoro perdido del que no se conserva ninguna copia, y El pan nuestro de cada día (1930), le cortaron las alas ejerciendo un mayor control sobre su trabajo. La ruptura entre ambas partes no tardó en producirse y en su cuarta producción norteamericana nuestro hombre decidió lanzarse por su cuenta y riesgo.

En esta nueva aventura Murnau se asoció con Robert Flaherty, el cineasta que le había dado alma al género documental con obras tan iniciáticas como Nanuk, el esquimal (1922). De esta unión surgió Tabú (1931), una historia centrada y rodada en los exóticos mares del sur. Se intuye en la película un cierto enfrentamiento entre ambos autores. En sus primeros compases se retrata la vida de un grupo de indígenas en la isla de Bora Bora donde todo es armonía y belleza, pero a medida que avanza la trama termina imponiéndose la visión tenebrosa de Murnau. Una sombra sobrenatural cae sobre los protagonistas, dos amantes que huyen de unas leyes divinas que impiden su matrimonio, dejando un poso de amargura en aquel paraíso terrenal y la idea de que nadie puede esquivar las fuerzas del mal dominantes en el mundo.

Ni siquiera Murnau fue ajeno a dichas corrientes demoniacas. Unos días antes del estreno de Tabú un accidente de tráfico terminaba con su vida a los 42 años y con una de las miradas más sentimentales del pasado siglo. Quedarán para siempre en el limbo cinéfilo las películas que nunca filmó y la idea de que su sueño americano fue, en realidad, un terror nocturno tan siniestro como uno de sus mejores guiones.

Compartir el artículo

stats