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La Opinión de Murcia

En su rincón

Belén Orta: Piedra, papel, semillas

Belén Orta en su taller. Javier Lorente

En la unionense localidad de Roche vive la artista Belén Orta Núñez, escultora, gestora cultural y profesora de Arte. Quedo con ella en su casa, donde tiene su taller y un jardín y patio llenos de flores, macetas, plantas aromáticas y verduras de todo tipo que ella cultiva de manera ecológica para el consumo y disfrute familiar. No es de extrañar que cuando hizo aquella extraordinaria muestra con tecnología holográfica en el Museo del Teatro Romano el tema se centrase en las semillas y en el poderío de la mujer, siempre fuente de vida, que desde tiempos ancestrales las ha recogido, conservado y cultivado. Muy interesante este proyecto de su Museo Contemporáneo Holográfico BON, patrocinado por el Ayuntamiento de Cartagena y por el Ministerio de Cultura y que la está llevando a otras ciudades españolas y europeas. 

Belén Orta tiene una consolidada trayectoria artística y es encantadora y locuaz, siempre activa y comprometida en multitud de iniciativas culturales de Cartagena, La Unión, la Región de Murcia y, anteriormente, en Valencia, donde estudió Bellas Artes, residió y luego trabajó durante unos años. Miembro de colectivos como ArtNostrum y C3 Gallery, siempre inquieta, incansable y desbordante de imaginación, ha participado en multitud de proyectos y exposiciones personales o colectivas, y cada vez se vuelca más en llevar el arte a la calle y a nuevos y sugerentes espacios. De entre sus muchas facetas de gestora cultural, es muy conocida por ser una de las fundadoras del Festival de Arte Emergente Mucho Más Mayo, en el que trabaja, desde su primera edición, llevando novedosas instalaciones, performances y variados talleres y actividades artísticas a las calles y los barrios del municipio.

«Soy de culo inquieto, una luchadora, como todas las mujeres. Me costó convencer a mi padre, que no quería que estudiase Bellas Artes, sino arquitectura. La carrera me la pagué trabajando en C&A y cuando empecé el doctorado ya trabajaba para la Universidad Popular del Ayuntamiento de Burjasot. Ahora compagino mi trabajo artístico y la gestión cultural con mi dedicación a la crianza de los hijos, el cuidado del huerto, mis clases de Plástica en Bachiller y ESO… ¿Quién dijo aburrirse?», me dice, y le respondo que con razón sigue manteniendo ese tipito de adolescente: «Sí, y eso que, como ves, no me pongo a dieta, como sí tiene que hacer mi marido de vez en cuando, yo soy una lima comiendo», añade mientras nos tomamos un té moruno con pastelitos que ha preparado. Por cierto, me dice que el secreto de mantener unida la pareja es poder complementarse y respetarse siendo distintos, y le confieso que siempre los veo encantadores cuando van juntos y que me hace mucha gracia el letrero que él le puso un día y que se puede ver en la entrada exterior de la casa: «Hippies, usad la otra puerta», una broma cariñosa de un hombre más «formal» que ella, siempre tan espontánea, pizpireta y de aspecto hippie. 

La conversación nos va llevando de los efectos de la pandemia, la preocupación por los mayores y la importancia de las vacunas, a la situación de los artistas: «Hay una gran precariedad por esta nueva crisis y todas las ayudas son pocas. Si no tienes otra ocupación, es imposible subsistir. A nuestra Región y nuestros ayuntamientos hay que seguir insistiéndoles en que apoyen a los artistas plásticos», me dice y yo le pregunto si también se refiere al de Cartagena: «Es cierto que esta ciudad está haciendo una importante apuesta cultural desde hace años, con un montón de iniciativas en todos los ámbitos artísticos, es verdad que se han dado unas necesarias ayudas a los artistas, pero también es verdad que la precariedad, tras la crisis del 2008, la pandemia y ahora la guerra, está hundiendo a los artistas plásticos que, además, están desorganizados y deberían aprender de las artes escénicas y de las musicales, mucho más organizados y con más peso específico ante la Administración, que tú sabes que siempre hay quien dice que se invierten más recursos públicos en la música que en las artes plásticas, pero hay que ponerse las pilas, que no nos lo van a dar hecho».

Le gustan los retos y dominar todos los materiales y procedimientos para expresarse tridimensionalmente. Le apasiona utilizar la piedra «porque no me permite equivocarme», pero también la sutileza del papel y de los libros (heredados de su madre, una gran lectora). Le gusta investigar nuevos materiales y ahora anda con el lápiz de 3D, y resolver su complicidad. Coincidimos en que «son necesarias salas para todos, una programación con criterio. De todas maneras, a mí cada vez me gusta más llevar el arte a otros ámbitos, sacarlo de la caja blanca y los espacios oficiales, llevarlo a la calle, a los espacios públicos, a instalaciones reutilizadas o industrias abandonadas… Yo empecé exponiendo en las cafeterías de Valencia y lo mismo me encanta hacerlo en las cuevas de Rojales que en una fábrica abandonada. Actualmente tengo obra en un nuevo espacio de Bruselas, una antigua fábrica de papel. En nuestra tierra debiéramos aprender de estas iniciativas europeas y ocupar espacios en desuso o abandonados, para promocionar el arte», lo cual, le digo, coincide con una de las demandas de las conclusiones del Congreso Cartagena, Cultura y Municipio: la necesidad de una Casa de las Artes.

Se nos acaba el tiempo, «tenemos que seguir hablando, que estamos muy dispersos desde que empezó la pandemia», y me cuenta algunos de los proyectos en los que está inmersa: Mucho Más Mayo, varias colectivas con artistas españoles e italianos, proyectos relativos al reciclaje y el medio ambiente, trofeos y, como siempre, el tema de la inclusión y el de la igualdad. Lo suyo no es, ni por asomo, arte decorativo. 

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